En distintas épocas de la
historia, la humanidad ha sido asistida por pensadores que han puesto de
manifiesto que más importantes que las respuestas son las preguntas. El chino Confucio, fue uno de ellos, y ya en el
siglo IV/V a.d.C. nos decía aquello de que …
si el objetivo te parece difícil, no cambies de objetivo, explora otros caminos…,
y parece que viene hoy al pelo de nuestra actividad, porque es algo parecido a
lo que nos hemos encontrado, o quizá no tanto eso sino que la ausencia de un
camino claro haga extremar la atención para no perder de vista el objetivo.
La zona de Mallaruego se compone de una serie de sierras, al este de Panticosa. Unas sierras con altivas
cotas y profundos valles, como los de la Ripera
o Yenefrito. Entre estos se alza una
montaña que reúne esas condiciones de altas y agrestes cotas, cuya mirada no da
abasto a absorber todo lo que le rodea. A pesar de su modesta altitud de 2507
m.s.n.m., pone a prueba al visitante dado que su acceso está reservado a gentes
expertas en la progresión sobre un tipo de terreno muy vertical, descompuesto y
con gran exposición, y quizá por ello carente de trazas claras de sendero para
llegar a cabalgar sobre su lomo, entrando en el bucle de pensar que es difícil
porque no hay buen camino, o que no hay camino porque hay poca afluencia de visitantes al ser difícil. De
cualquier modo, era esa una de las virtudes que hoy se buscaban, la escasa, o
mejor, nula, afluencia de personal, dado que estamos ya en una época en la que
las montañas están ya siendo pasto de masificación. Y es algo que hoy hemos
conseguido, acudiendo a una solitaria montaña, que no te lo pone fácil, pero
que la estancia en su cima compensa con creces todo el esfuerzo. La Peña d’as Cuellas cumple todos los
requisitos. Un nombre que hace referencia a los collados, y que ha derivado en
el más conocido de Pico de las Escuellas,
derivando también en el de Escuelas,
aunque nunca lo aceptaremos.
LA PEÑA D’AS CUELLAS
En una mañana que parece decidida
a aguarnos un poco la fiesta, partimos del terminal de la telecabina de Panticosa, para tomar el sendero haciéndonos
disfrutar ya desde el primer momento. Puente
la Zocha, para cruzar el río
Bolática, fuente la Campana, al
lado de su barranco, tránsito junto a campos más aprovechados antes que ahora,
son algunos de los hitos que nos encontramos en la hora y media que tardamos
hasta salir a la pista de la Ripera,
acompañados por ese ir y venir de borrascas que velan la visión de las cumbres.
La tomamos a la izquierda, en dirección bajada, y en menos de cinco minutos la
abandonamos para tomar el camino de entrada al valle de Yenefrito, o barranco
de Aulot, con el llamado Dedo de
Dios que capta toda la atención. Se trata de una pronunciada prominencia en
una rallera, fruto de unos
movimientos orogénicos ocultos a los legos. De reojo nos ve pasar, en la confianza
de que lo visitaremos a la vuelta. Trataremos de no defraudar.
Dos horas hasta aquí, cuando
empieza la verdadera ascensión, que lo primero que conlleva es lo de apartarse
del evidente camino que plácidamente va subiendo valle arriba, porque hay que
ir tomando altura por las lomas herbosas comiéndotelas a pecho, por un camino
que solo lo conoce el mapa, y que hay que ir adivinando hasta que vas teniendo
el objetivo a la vista que, sin haber ganado calidad la traza mejora mucho la
confianza. Y eso se consigue, como a la media hora, tras haber subido como unos
250 metros de desnivel, al ir encontrando ya hitos del camino que sube
directamente desde el refugio de
Yenefrito. Es hora de sosegar las piernas y reponer fuerzas. Ante nosotros,
una prominencia hacia el valle, más apariencia que otra cosa, como luego iremos
viendo, y la gran mole d’as Cuellas,
en la que ponemos todas nuestras miradas, como así lo hacemos en un ramillete de la calcícola Edelweiss.
Aunque sí físicamente, el camino
se hace menos penoso psicológicamente al ir encontrando ya hitos que nos van
llevando como una hora, combinando pedriza y tasca, hacia la izquierda, para
situarnos en la base de la chimenea que hay a la derecha del ancho collado. Una
chimenea sin demasiada dificultad, pero por la que hay que ir progresando con
un cuidado exquisito, porque está muy descompuesta y tiene mucha piedra suelta.
Los últimos pasos se ve más aconsejable salir de ella por la derecha e ir
trepando por entre las lajas de roca. En veinte minutos mal contados, se
expande la vista, se expande el alma, la relajación y la tranquilidad vuelven a
nuestro sistema nervioso, cuando alcanzamos la cresta, que nos permite alargar
la mirada al infinito. Todo el valle de la Ripera a nuestros pies, el Ríncón
del Verde, formado por los desafiantes paredones de la cara norte de la sierra
de Tendeñera.
Desde el arranque, unas cuatro
horas, para ascender los más de 1350 metros de diferencia de cota, y en un
santiamén se nos olvida todo, centrando nuestra atención en las amplias vistas
que se nos abren a los cuatro vientos, sin dejar de prestarla al sitio donde
estamos, una estrecha loma que no admite errores. La recorremos, encontrando
tramos que se puede hablar de cresta más pronunciada, pasando por la mayor
cota, a los 2507 m.s.n.m., y llegando hasta el final, donde más cómodamente
podemos disfrutar de todo lo que nos ofrece, y que es mucho. Entre las vistas,
destaca el macizo del Viñemale,
sobresaliendo por encima de otras montañas de esta zona de Mallaruego, pero también la cercana y sobrecogedora sierra de Tendeñera, la algo más alejada de la Partacua, la del conjunto de Collarada, con su Anayet pidiendo turno para ser observado. ¿Qué decir del Midi d’Ossau?, imponente. Mundo Garmo/Argualas/Infiernos… Mucha. Mucha
tela que cortar, y que ninguna montaña se nos ofenda por no ser nombrada.
DESCENSO Y DEDO DE YENEFRITO
Montaña, esta en la que estamos,
que no nos ha puesto fácil el ascenso, no solo por su dificultad, sino también
por su carencia de traza de sendero, y que intuimos que va a ser la tónica en
el descenso, tanto una cosa, como la otra. Abandonamos este mágico lugar
recorriendo de nuevo la cresta hasta la mismísima salida de la chimenea, que no
encontramos muy aconsejable usar para bajar. Nos tiramos hacia la derecha,
valiéndonos de las manos para ir descendiendo por muy pendiente ladera hasta
debajo del collado, y desde ese punto, por el, también pendiente, canchal hasta
llegar a la tranquilidad del fondo del valle y su sendero, a lo largo de más de
una hora para descender como 560 metros de desnivel, por supuesto intuyendo el
camino. Tanto la subida, como la bajada, ya en las faldas de esta montaña, es
un inhóspito lugar que da rienda suelta a grandes manadas de sarrios, que
amenizan nuestro tránsito.
Pero hablando de fauna hay algo
que creemos digno de mención. En un momento del descenso nos sale de los pies
una víbora con su veloz zigzagueo, que impide calcular con certeza su longitud,
pero que bien podría superar los 60 m. Pero esto no es lo inusual en estos
terrenos, lo que sí nos lo parece es el hecho de haber llegado tan solo un instante después de la captura de
dos crías de pequeños pájaros que nos encontramos agonizando a dos pasos, y que
mueren en ese instante. La conclusión que sacamos es la de que acababa de
inocularles el veneno y huía ente nuestra presencia. La mayor simpatía que se
les tiene a los pájaros sobre los reptiles reviste de crueldad el acto,
sentimiento que se aminora cuando piensas que todo ser vivo tiene necesidad de
alimentarse.
El relax que nos ofrece el
sendero del fondo del barranco se acrecienta al catar sus aguas en una pequeña
poza bajo una cascada, del que salimos renovados para afrontar las más de dos
horas que nos quedan de descenso. En menos de media hora alcanzamos ya el
collado, habiendo pasado antes por el refugio
de Yenefrito, junto al que se apostaba esta mañana un buen rebaño de
ovejas. Una vez en el collado nos acercamos al Dedo de Dios, con la firme intención de subirlo… y no es fácil, de
nuevo a echar las manos. De vuelta al collado, continuamos bajando sobre
nuestros pasos hasta llegar a la pista, desde la que, al contrario que por la
mañana, tomamos ahora de bajada, para recorrerla como un cuarto de hora y
meternos en un camino a la izquierda, que enseguida converge con el de subida,
que nos lleva ya al punto de partida.
Hola Chema.
ResponderEliminarToda esta zona del ibón de Catieras - la Peña d'as Cuellas, son poco frecuentadas, lo que las convierte en una zona perfecta, para los que nos gusta salirnos de lo "habitual". Los hitos, como bien indicas, son un refuerzo moral, cada vez que se localiza alguno.
Bonita actividad. Salud y montaña.
Gracias, Eduardo.
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