lunes, 20 de septiembre de 2021

Faja de las Flores, por el alero del Gallinero de Ordesa

 


AQUERAS MONTAÑAS
Faja de las Flores (2380 - 2350 m)
Domingo, 19 de septiembre de 2021

            El francés Lucien Briet (1860-1921), como explorador pirineísta incombustible, fue uno de los descubridores del Valle de Ordesa, quien cantó sus bellezas, recogidas en innumerables escritos. Con referencia a Cotatuero, nos decía: … dos acantilados desarrollados en curva, que se empequeñecen progresivamente y que en un punto de contacto forman un collado inmenso, que aparece con el adorne de una cinta de plata, efecto producido por el capricho de una cascada que allí hace saltar sus aguas… durante mucho tiempo infranqueable, y si desde hace treinta años se utiliza, corriendo riesgos señalados, es debido a obras artificiales, ya que antes de arreglarse ese paso, era preciso ir por el de Salarons… Su tránsito no fue posible hasta 1881, año en el que un cazador inglés, Mr. Buxton, pagó 250 pesetas al herrero de Torla, Bartolomé Lafuente, quien ayudado por el convecino Miguel Bringola, se encargó de fabricar y colocar las conocidas como clavijas de Cotatuero. El parisino, amante de las montañas pirenaicas, las pasaría por primera vez el 26 de septiembre de 1909.



            Desde entonces, incluso desde algunos años atrás, mucha gente las ha atravesado, mucha gente las hemos atravesado, porque es un punto de tránsito para superar los enormes paredones de la margen derecha del barranco de Cotatuero y poder subir al bellísimo circo homónimo, por el que con brío circulan las aguas que se desparraman a ambos lados de la ladera sur del pico Descargador, cayendo en vertical por la famosa cascada, pero, sobre todo, para subir y bajar a la Faja de las Flores, uno de los itinerarios más bellos e impactantes del Valle de Ordesa y de todo el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, como es nuestro caso por sexta vez. A la primera, con Jesús de 11 años, el 9 de octubre de 1999, antes de la colocación de la sirga de seguridad, le sucedían otras cuatro, junio de 2011, 2 de noviembre de 2013, 29 de agosto de 2014 y 13 de octubre de 2017, con amigos, en ambas direcciones y con la prolongación hasta el Tozal del Mallo en algunas ocasiones. A pesar de ello, el paso por ella se convierte en un acto cuasi reverencial.


            Pues aquí estamos de nuevo, esta vez acompañado por una buena parte de la familia, lo que le aporta un plus de emotividad difícil de superar. Aprovechando un día de buen tiempo, entre dos períodos malos, el pasado y el que viene, nos acercamos a la Pradera de Ordesa para dar comienzo a esta preciosa ruta que discurre por los aleros del macizo del Gallinero, a más de mil metros por encima del punto de arranque, con un cómodo tránsito, pero que hay que ganárselo. Es una amplia circular, que se puede realizar en ambas direcciones, pero recomendamos subir por Carriata y bajar por Cotatuero, de modo que tomamos el sendero que se abre a la entrada de la pradera, y que evita el circular por la carretera hasta la Casa Oliván, siendo acogidos por el bosque desde el primer momento, y en la primera hora de ascenso.



            Al cabo de ese tiempo se nos abre la vista ya a la parte inferior del circo de Carriata, entre el imponente Tozal del Mallo y los verticales paredones de la cara oeste del Gallinero. Un sendero entre erizones nos va subiendo, y al poco dejamos a la derecha el desvío para la Faja de Racón, hermana pequeña de la de las Flores, y que discurre paralela por el mismo macizo a más baja cota. Cruzamos el barranco de Carriata y continuamos por el evidente sendero. La mañana está fresca, y en cuanto comienza a bañarnos el sol con sus rayos hacemos un alto para echar un bocado. Continuamos, y a las dos horas desde el arranque se pasa por un curioso tramo de abedules, que se salvaron de la tremenda avalancha de 1996, muy visible a nuestra izquierda, y que barrió una enorme masa forestal, cruzando el fondo del valle y rebotando hasta la ladera de enfrente.


            A los diez minutos nos topamos con el cartel que te hace decidir si seguir subiendo por las clavijas o por la Fajeta. Preferimos lo primero, que le da un plus a la ruta, a cuyos pies nos encontramos al cabo de otros diez minutos. Se trata de dos cortos, pero verticales tramos, equipados con clavijas de fácil ascenso, si estás habituado a la progresión por este tipo de terrenos, y que en cuatro pasos más te suben a una amplia terraza donde confluye el camino de la Fajeta, y desde donde se puede tomar rumbo al Tozal del Mallo. Dos horas y tres cuartos hasta aquí. Un breve descanso y continuamos ya por sendero para ir adentrándonos hacia Salarons, bajo la atenta mirada del Mondarruego, también visitado hace dos años junto a su hermana norteña Escuzana, para bajar por su faja, por cierto, muy recomendable también.










            Enseguida, los hitos te hacen girar bruscamente a la derecha, para ganar altura y situarte ya en la plataforma para dar comienzo al tránsito por la Faja de las Flores, a las tres horas y media desde el arranque. Un buen esfuerzo el que te exige para ganar esta gran altura y recorrer cómodamente la faja por debajo de los extraplomos de la parte más alta del Gallinero. A partir de aquí, y en la próxima hora y media, un delicioso paseo triunfal de la mano de la curva de nivel de los 2380/2350 metros, por un sendero fácil de transitar, pero no exento de riesgo por el enorme patio que se abre a nuestra derecha. Grande es la tentación de admirar la enorme panorámica que ofrece, y que es uno de los grandes alicientes de la ruta, pero que, para hacerlo con seguridad, lo prudente es pararse, ya que no son muy compatibles las actividades de caminar y de observar, especialmente en algunos tramos.




            A nuestra derecha tenemos el cañón de Ordesa, de origen glaciar, custodiado al sur por la sierra de las Cutas, y al frente emergen los Sestrales, guardianes de Añisclo, y por encima ese otro gran emblema del Sobrarbe, la Peña Montañesa, vigilante del Cinca. Por detrás, la confluencia de este valle, surcado por el Arazas, en el punto de rendirse ante el Ara; sobre todo ello, destaca la extraordinaria sierra de Tendeñera, que al mostrarse en línea apenas se ve solo el pico Otal. Pero todo esto, siendo mucho, es superado por el panorama al norte que se abre al dar vista ya al circo de Cotatuero. Gabietos, Mallo Blanco, Taillon, Dedo, Falsa Brecha, Bazillac, Brecha de Rolando, Casco, Torre, la familia Marboré al completo, hasta su Cilindro, Monte Perdido, Pico Superior de Añisclo y Punta de las Olas, todo un mundo calizo e inhóspito, con numerosas cotas que superan los tres mil metros en un macizo que vierte sus aguas a ambos lados de la frontera. Entre otras figuras de protección, Reserva de la Biosfera, y que fue declarado Bien Mixto de Tipo Transfronterizo, e incluido en la Lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad, de la Unesco en 1997, siendo ampliado dos años después, y que incluye el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y el Parque Nacional de los Pirineos, en el lado francés.





            Momento y lugar este para tener esas reflexiones, llegando a la conclusión de que si un amplio paraje reúne esos reconocimientos no es en vano. Parada y bocado ante tan magno espectáculo, y continuamos, ya en franco descenso hasta llegar a la altura del arroyo, que alcanzamos a los cincuenta minutos de discurrir por zona kárstica primero y herbosa después. Estamos al borde ya del tramo en el que se despeña para su espectacular viaje vertical tan admirado desde el Mirador de Calcilarruego, que cae justo enfrente al otro lado del Valle de Ordesa. Junto a una atractiva marmita donde reposa el agua antes de la caída nos pertrechamos con los avíos para el tránsito por las clavijas de Cotatuero. Se bajan unas gradas y ya estamos junto al comienzo para bajarlas. Primero un tramo horizontal, seguido de uno corto de bajada, y luego otro horizontal, sobre un considerable abismo, pero disfrutando del momento por entre las clavijas de manos y pies, junto a la sirga de seguridad. Es de lo que carece la chimenea que tenemos que descender, provista de clavijas un tanto distanciadas.













            Ya en tierra firme, y a las siete tranquilas horas del arranque, solo nos queda recorrer el sendero del bosque hasta el punto de partida. A lo largo de ese tránsito dejamos a la derecha el desvío para la Faja Racón, y al poco, a la izquierda, la bajada que da acceso a la de Canarellos por el puente de Cotatuero, al que nos acercamos para sentir la fuerza de las aguas. De nuevo al camino para continuar el descenso por este inusualmente solitario bosque que te abruma con su frondosidad. Nos incorporamos al camino principal del valle, el de Soaso, por el que discurre el GR 11*, para ganar ya la pradera, que encontramos a rebosar de coches y de gentes. 







            Una última mirada a esa faja colgada que nos ha acogido en la mañana de hoy y damos por terminada esta magnífica ruta por las alturas de Ordesa, tras 8h 50’ y 13,2 km y 1575 metros de desnivel acumulado total D+/-. Una jornada diez, con una meteorología diez, en un entorno diez y con una compañía diez… no se puede pedir más.





Más fotos y el track

lunes, 13 de septiembre de 2021

Pico de la Garganta de Aísa, Sombrero y pico de la Garganta de Borau, por la Faja Voladera

 


AQUERAS MONTAÑAS
Pico Garganta de Aísa (2504 m)
El Sombrero (2562 m)
Pico Garganta de Borau (2570m)
Sábado, 11 de septiembre de 2021

            En nuestras andanzas por las montañas encontramos senderos estrechos, caminos anchos, sinuosos, incluso tortuosos, más visibles, menos visibles… y alguna vez, pocas, no los hay, en cuyo caso, se hacen al andar, como dijo el poeta. Hoy traemos una frase del escritor estadounidense, del siglo pasado, Theodore Roethke, al que le gustaba ambientar sus poemas en entornos naturales. Decía: Sobre cada montaña hay un sendero, aunque no se pueda ver desde el valle.



            Es algo que experimentamos muchas de las veces que nos subimos a ellas, aunque en este caso, también es recíproco, porque desde esos senderos que no se ven desde el valle, tampoco hemos visto el valle, porque a los 18 miembros que hoy nos hemos juntado para rendir culto a esas montañas, se nos ha unido un decimonoveno elemento, etéreo, volátil, las persistentes nieblas, que no sabemos si se lo habían propuesto o no, pero que no han impedido que miembros del CP Mayencos, de Jaca, con nuestros invitados del Club Atlético Sobrarbe (CAS), de Aínsa, y Nabaín, de Boltaña, disfrutáramos de una extraordinaria travesía por las montañas de la Muralla de Borau, que altiva se alza sobre los mundos de Tortiellas y Candanchú, ascendiendo al Pico de la Garganta de Aísa, al Sombrero y al Pico de la Garganta de Borau, más conocido como Lecherín, dando la vuelta al espacio Lecherines, donde conviven las royas areniscas con las blancas calizas, un mundo duro, kárstico, sin piedad, por unas crestas y unas fajas muy aéreas, aunque hoy no se haya notado mucho.



            Con más visibilidad que ahora, hace ya catorce meses que estuvimos haciendo esta misma ruta, es por lo que no podemos por menos que rescatar alguno de los fragmentos de aquella crónica, que despertó gran interés entre los seguidores de esta ventana a las montañas.



LA ASCENSIÓN A LA GARGANTA DE AÍSA

            Finalmente somos dieciocho los que nos juntamos para dar esta extraordinaria vuelta al mundo Lecherines, comenzando expectantes ante la cara que nos ofrecen hoy las montañas, cuyas cabeceras andan entre nubes, ajenas, pensamos, a nuestra presencia, pero ahí vamos, a ver cómo nos tratan. Salimos de la Cleta, al término de la carretera que sube de Aísa a sus puertos, comenzando por cruzar el barranco y recorrer ese sendero súper transitado, ya que se trata de un recorrido común a varios destinos. Al cuarto de hora dejamos atrás la señal del desvío a “El Chorrotal”, esa surgencia que se considera el nacimiento del río Estarrún. Dejamos también el sendero del Aspe, y vamos al encuentro del GR 11.1 por un sendero anterior al del cruce. Seguimos las marcas rojiblancas hasta dejarlas para dar comienzo ya a la subida a la Garganta de Aísa por el caos de ese pequeño circo bicolor que forma.


            El piso herboso deja paso al pétreo, que nos va a acompañar ya a lo largo de buena parte de la jornada, y con gran paciencia, también de esfuerzo, alcanzamos ese paso de la Garganta de Aísa, que da vista al mundo Tortiellas. Como dos horas desde el arranque. Estamos en un gran tajo, entre los espacios occidentales, Lienas y Aspe, con su desafiante arista de los Murciélagos, que visitamos en días pasados, y los orientales, que nos van a acoger.



LA TRAVESÍA Y LAS TRES CUMBRES

            Antes de alcanzar el paso ya nos vemos acogidos por este último elemento que no se ha querido perder la fiesta de la montaña de hoy, y como previsto la llegada al collado se ve envuelta en la fría niebla y su viento acompañante, lo que hace que no nos entretengamos ni en tomar resuello para seguir. Con la visibilidad mermada, que apenas permite vernos entre nosotros, tomamos el estrecho sendero, ya por la vertiente norte, un trazado bajo los paredones y por terreno inestable, por el que hay que discurrir con precaución. Dejamos a nuestra derecha una canal, que no es la nuestra. Continuamos, y el paredón da paso a una ancha canal que sí es la nuestra, y que para acometerla nos obliga a bajar unos metros. Todavía mantiene alguna mancha de nieve que no dificulta el paso por el sendero. Veinte minutos desde el paso, y un cuarto de hora más para alcanzar otro collado, donde se nos tendrían que abrir buenas vistas también hacia el sur, vertiente por la que empezábamos a andar.




            Nos enfilamos hacia poniente, para dirigirnos hacia el primer objetivo, el pico de la Garganta de Aísa, que alcanzamos a los pocos metros y tras una corta trepada. Estamos en los 2504 metros de esta cima, aunque los mapas no se ponen de acuerdo en eso, es la más baja de las tres de hoy. Las nieblas persisten en impedirnos disfrutar de uno de los valores de esta ruta, las vistas. Bajamos de este promontorio rocoso, dejamos atrás ese pequeño collado por el que hemos accedido, y seguimos cresteando, ajenos al enorme patio que tenemos al norte. Se puede decir que andamos sobre el ala del sombrero, y ahora hay que alzarse a la copa. Y lo hacemos echando las manos también en los últimos tramos, alcanzando así los 2562 msnm, del Sombrero, nuestra segunda cota de hoy. Diez minutos de descenso para llegar a la entrada de la faja bajo un gran morrón de roca que nos da abrigo, de modo que aprovechamos para echar un bocado.









            Estamos al pie de la Faja Voladera, corta pero preciosa, aun sin enseñarnos sus verdaderos encantos. Cinco minutos de recorrido, y la abandonamos para tomar una ancha y rota chimenea que recorremos con cuidado a lo largo de un cuarto de hora, para alcanzar la ante cima del pico de la Garganta de Borau, más conocido como Lecherín, y posteriormente la verdadera cima, a 2570 msnm, nuestra tercera cota de hoy. Las nieblas, que bailan al son de los vientos, en algún mal paso nos dejan entrever el abismo que se abre al norte, desde aquí, la gran cubeta de Tortiellas. Aunque no lo vemos, a este cordal se le bajan los humos y continúa hacia el valle del Aragón, con picos como el Tortiellas, Peña Blanca, con otro cordal que se abre al norte, con el Borreguil de la Cuca, pico del Águila… y al sur, que tampoco vemos, tenemos el Rigüelo y los imponentes mallos de Lecherines, que cuando lleguemos a sus pies, seguro que hemos bajado de la zona de nieblas y nos deja asombrarnos de su porte.










EL DESCENSO

            Tampoco estamos mucho tiempo en este lugar, nuestro techo de hoy. El descenso lo hacemos por la vía normal, la que da al mundo Lecherines y Rigüelo. El terreno es pendiente y la hierba está húmeda por la niebla, lo que hace que extrememos la precaución en la bajada, sobre todo en un tramo de destrepe. Con el descenso lo hacemos también de la cota de este etéreo elemento que se nos ha apegado al cuerpo, y que dejamos en las alturas. Media hora para llegar al pie de los mallos, donde nos relajamos un poco antes de acometer el largo descenso hasta las proximidades del refugio López Huici, a donde llega la pista de las Blancas, que en pocas decenas de metros nos acompaña hasta el collado de la Magdalena, donde ya el relajo es total, con parada a echar un bocado contemplando una buena parte de todo lo que se nos ha privado hasta ahora.















            La siguiente hora la empleamos en llegar ya al punto de partida, bajando por el GR 11.1 hasta cerrar la circular y abandonarlo para continuar por la bajante del Aspe, hasta la Cleta, habiendo invertido un tiempo total de 7h 45’, recorriendo 12 km, y salvando un desnivel acumulado total de 1240 m D+/-. Se daba así por concluida una extraordinaria ruta en una, también, extraordinaria compañía.





Más fotos y el track
Alguna de las imágenes son de los integrantes del grupo