viernes, 10 de mayo de 2019

Bachesango, el silencio que habla de ti

IXOS MONS
Bachesango (2256 m)
Jueves, 9 de abril de 2019



            Escucha.

            ¿Lo oyes?

            Es el silencio.

            Sí, es el silencio que baja de Tendeñera, una de esas Sierras Interiores del Pirineo. Gran sierra interior. Enorme sierra interior. Tanto que por su cara meridional necesita contrafuertes donde sostenerse. Contrafuerte, barranco. Contrafuerte, barranco. Así es desde que se comienza a aupar por poniente, con la Peña Blanca, hasta que se rinde a levante con el Cebollar. Sarasé y Puyas Lanas, en el término de Biescas. Sagueta, Bachesango y su cordal, a caballo entre los de Biescas y Yésero. Navariecho, Pastorón y Toronzué, entre los de Yésero y Torla. Fenés, Tozal de Comas y Mondiniero, en el de Torla.

Puyas Lanas, Sarasé y Sabocos

Circo del barranco del Infierno
            Todo un mundo de silencio, con montes que escasamente llegan a los 2300 metros de altitud, pero bravos, que exigen esfuerzo para ganárselos, y que te ofrecen su recompensa, que son las extraordinarias vistas sobre el macizo de Tendeñera, que te acompañan cuando consigues auparte a ellos. Unos montes que albergan ricos puertos de montaña capaces de acoger a miles de cabezas de ganado, y que deseosos están de hacerlo, como en antaño lo hacían. Unas sierras que, ayudadas por los soles, los vientos y el agua, a lo largo de millones de años han sabido labrar entre ellas unos barrancos extraordinarios. Todo un conjunto que no tiene nada que envidiar al que tiene a levante, elevado a la categoría de Parque Nacional. Este no lo es, pero él sabe que se lo merece… y nosotros, también.

Cabecera del barranco del Puerto

Vista sobre el Arco Norte de Sobrepuerto
            Hoy toca introducirnos por los pliegues de estos contrafuertes para auparnos a uno de ellos, al de Bachesango, que tiene también el privilegio de contemplar, desde su soledad, esa Sierra de Tendeñera, alpina donde las haya, y que hoy nos recibe con ropa todavía de invierno, pero con claras intenciones de revisar su fondo de armario para cambiar a la de entretiempo. Nos llegamos, pues, hasta el puerto de Cotefablo, a su vial de la N-260, y pasado el PK 496, a mitad de camino entre este y el 495, frente a una pista que sale a la izquierda, hay un apartadero para dejar los vehículos. Como se va a subir por esa pista para hacer circular y bajar por el barranco del Puerto, para no regresar como medio kilómetro por la carretera, subimos otro vehículo hasta el puente.

Preparados para la marcha

Hacia ese sol que más calienta
            Finalmente, con un termómetro perezosillo, con dificultades para salir de su zona de confort próxima a los cero grados, partimos por la pista, cuya orientación nos va acercando ya ese sol que más calienta. La pista nos va metiendo por la parte alta del barranco del Infierno, y lo hace de forma más o menos cómoda los primeros cuarenta minutos, a partir de los cuales se cabrea empinándose bastante. Se trata del resultado de una conducción subterránea de agua, que en el caso de estar terminada de realizar ha dejado al descubierto elementos que causan verdadera vergüenza ajena, y que no entendemos que haya pasado el plácet de la autoridad forestal.

Saliendo del bosque

La cruda realidad
            Se alcanza un plató con unas buenas vistas sobre el cordal occidental de Sarasé y Puyas Lanas, bajo Sabocos, que se asoma a ver si todo está en orden. Continuamos hasta esa fuente de la toma de agua, donde nos encontramos de nuevo… no me es fácil calificarlo. Cruzamos el generoso barranco y continuamos ya por sendero entre bosque, para salir al puerto en breves. A partir de aquí se nos ofrece ya con toda su crudeza lo que queda de jornada, al menos hasta alcanzar la cima del Bachesango, que nos tiene ya en su radar. Una pendiente loma herbosa que hay que acometer engañándola con zetas para no sucumbir en el intento.

Llegando a la caseta Capana

En el abrevadero
            En un cuarto de hora se alcanzan los restos de paridera y corral, hace días, muchos días, sin uso. Caseta Capana o de Cuecho, según mi informante. Aprovechamos para coger resuello echando un bocado. Y continuamos, claro. Un sendero de vacas nos lleva a un abrevadero. Sí que saben los animales, sí. Y seguido, Toño nos mete por un estrecho barranco que aún conserva nieve en sus entrañas. La verdad es que no abundan los caminos y es la mejor opción… además, es muy divertido ir ascendiendo en mixto echando manos.

Divertido ascenso por el barranco

Primer asome. Primer asombro
            Una vez fuera del estrecho tubo, nos quedan veinte minutos más de duro ascenso por la pendiente herbosa, trazando zetas para sobrevivir. Se nos van echando encima borrascas que esperamos no nos arruinen la jornada. Finalmente asomamos al cordal. Todo un mundo de silencio a nuestros pies, barrancos que comienzan en circos formados bajo enormes masas pétreas que diseñan el paisaje de la Sierra de Tendeñera, y que asoman al ritmo de las nubes. La divisoria que alcanzamos está ocupada por la nieve que se resiste a marchar por esos barrancos, y que íbamos viendo al subir, pero que en la cara norte se acentúa.

Llegando a cumbre

Progresando por los ventisqueros
            Recorremos el cordal con la vista alternada entre el pisar por la nieve a dos aguas y las impresionantes vista que nos ofrece la sierra norteña. Llegamos al punto más alto de este monte, señalizado con un montón de piedras, sin más. Austera cumbre, austero monte, entre profundos barrancos que dejan al descubierto el sufrimiento del mundo mineral en los pasados movimientos orogénicos… y en los presentes, claro, aunque no sean perceptibles. Con gran respeto y admiración recorremos el cordal, que enfila hacia la gran sierra, subiendo y bajando pequeñas cotas, y en uno de los últimos cuellos, tomamos un vertiginoso descenso hacia nuestra derecha, para formar parte del barranco del Puerto, bajando hasta su cabecera, un precioso circo que, como decíamos, no desmerece a los bien reconocidos en torno a las Treserols.

Espectacular

Sector norte del cordal de Torunzué
            Media hora para salvar los doscientos metros y llegar a maridarnos con el recién nacido arroyo, que pasa junto a un refugio de techado arreglado, pero no así su interior. Continuamos ya por sendero, para comenzar a admirar la vis salvaje de este barranco que el agua y el tiempo han sabido labrar, dejando al descubierto el retorcido sufrimiento del alma del terreno, esos pliegues que estremecen. En media hora, y a los 1680 metros de altitud, traspasamos la raya del bosque, un hayedo que más abajo comparte espacio con el pino royo, y que nos acompañará ya desapareciendo más hacia el final. Pero antes de todo eso, sigamos disfrutando de nuestro descenso, que alcanza otro refugio, mucho más decente, este sí, junto al río, que brinca por unas gradas que le dan su aquello. Las admiramos mientras echamos otro bocado, y sin más dilación, tomamos la pista que en una hora nos saca a la carretera, habiendo pasado entre tanto por una fuente, la Funtiacha, obra de un colectivo de cazadores.

Barranco del Puerto

            En una curva de la carretera tenemos el vehículo que previamente hemos dispuesto, y que nos ahorra el peligroso tránsito de medio kilómetro por la carretera, dando por terminada de este modo una extraordinaria vuelta por los solitarios montes de las faldas del solano de Tendeñera, habiendo recorrido 16,5 km, en un tiempo total de 6h 55’, del que 4h 55’ han sido en movimiento, salvando un desnivel acumulado de 1390 metros D+ y 1370 metros D-. 

            Otra jornada diez.


Las fotos y el track.

martes, 7 de mayo de 2019

Sescún, el desaparecido poblado bajo la Gabardiella

IXOS MONS
Sescún (1175 m)
Lunes, 6 de abril de 2019



            “En cuanto respecta a la existencia del antiguo pueblo de Sescún, nunca debió estar constituido, juzgando los restos actualmente visibles, por más de media docena de viviendas…”.

            Texto extraído de un trabajo, del que desconocemos su datación, de Adolfo Castán, Carlos Escó y Carlos Goñi  que, junto con otros 6 miembros más del Club Peña Guara de Huesca, descubrieron los restos de la ermita de Nª Sª de Sescún, poniendo todo su empeño en involucrar a las instituciones para ponerlos en valor, incluso implicándose ellos mismos en su limpieza y levantamiento de planos, en torno al año 74 del pasado siglo, algo que el mundo motivado por el medievalismo siempre se lo agradecerá, pero… queda tanto por hacer.

Panel informativo del Camino Natural de la Hoya de Huesca

Campos escarchados
            De nuevo por estas tierras de las Sierras Exteriores del Pirineo, tierras que lo unen al llano, tierras abruptas, no demasiado amables con la presencia humana, reconocida desde hace miles de años, tierras en las que no ha cesado la actividad, tanto para los asentados, como para transitar por ellas, tierras que finalmente, combinadas con otros factores, se han mostrado hostiles a la presencia humana, un exceso que las ha hecho escenario de un largo y descarnado éxodo. Tierras de Guara.


Comenzando la caminata

Las mansas aguas del Guatizalema
            Y es esa soledad, son esos sentimientos encontrados, esas ganas de acompasarte con su ritmo, no sé, quizá algo más, lo que nos atrae, y es por ello que volvemos una y otra vez a acariciar su tiempo, sus caminos, su nostalgia, el terciopelo rasgado de su historia reciente, sus barrancos, sus montañas… Volvemos una y otra vez en busca de aquellas voces silenciadas por los avatares y el tiempo. Volvemos una y otra vez a esas montañas cuna de mitos y leyendas ligadas a la religión y a su larga sombra. Volvemos una y otra vez.

Cruzando el barranco

El Borón
            Sí, y lo hacemos a la zona más occidental de ese Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara, concretamente a ese valle floreciente de Nocito, que lo fue a la sombra del Tozal, máximo exponente de la sierra y de todo el Espacio Natural Protegido. Con reconocida presencia romana, es un enclave privilegiado para posicionarse con el fin de introducirnos en los intrincados caminos de esta sierra. Por poco no llegó a estar deshabitado del todo en la década de los ochenta, ahora sigue luchando por su supervivencia entre dos elementos de alto simbolismo, bajo una montaña y junto al nacimiento de un río, el Guatizalema, de aguas tranquilas, como su topónimo árabe ilustra.

Dolmen de El Palomar

Puente medieval de Nocito
            Cruce de caminos, no en vano coinciden en su casco urbano el Camino Natural de la Hoya de Huesca, que en sus más de 130 km recorre desde Agüero hasta Bierge recorriendo espectaculares paisajes. Y el GR 1 o Sendero Histórico, que cruza gran parte del norte peninsular, y en consecuencia el de Aragón, que con sus casi 300 km, en 17 etapas va en busca de esos lugares monumentales e históricos que son nuestras señas de identidad. Y de un gran panel informativo de ambas cosas partimos hacia el discreto puente medieval para maridarnos con el río. En veinte minutos de pista dejamos a la izquierda el camino de Petrañales y la Pillera, del Tozal, en definitiva.

Tránsito por el bosque

Cruce de la pardina de Orlato
            Cruzamos el barranco del Cajical, donde se comienzan a separar nuestras vidas. Mientras que las nuestras siguen ascendiendo ligeramente la curva de nivel de los 900 metros, la del río, que lo hace siguiendo las leyes naturales, desciende hasta amansar más sus aguas en el embalse de Vadiello, a donde nos dirige un cartel, pero que no le hacemos caso. Quizá algún día. Nosotros a lo nuestro. Tres cuartos de hora hasta aquí.

Matapaños

Aliagas, bellas más para la vista que para las piernas
            Al cabo de otros veinte minutos, y sin ninguna indicación, hay que desviarse unos metros a mano derecha si se quiere visitar el dolmen del Palomar, o lo que queda de él. Nos reincorporamos al sendero, tomando altura sin mucho esfuerzo. Las sierras de Matapaños, Gabardiella y del Fragineto parecen empinarse para no perderse nuestras andanzas, que discurren por florido entorno entre tomillos, romeros, jaras y otras muchas plantas que no identificamos. Al cabo de algo más de dos horas desde el inicio alcanzamos el desvío a Orlato, que tomaremos a la vuelta, porque hemos de seguir en busca de Sescún, ese emplazamiento que tanto esconde bajo las piedras que esperan ser desvelados sus secretos.

Mesón de Sescún

Corrales del mesón
            Caminos de tránsito de estas sierras a la Hoya de Huesca, trasiegos ganaderos y mercantiles que tenían por aquí una gran actividad, y que hoy se encuentran serenos, callados, ofreciendo esa calma y serenidad al viajero que hoy los transita. En un cuarto de hora más llegamos a un collado, el llamado Cuello Salillas, que nos cambia de cuenca, para bajar ya definitivamente hasta nuestro primer objetivo de hoy, el Mesón de Sescún, posiblemente uno de los más transitados de las montañas hasta hace no muchas décadas, rodeado de una vega fértil, que va canibalizando la propia naturaleza, esa naturaleza otrora trabajada, y que si no diriges, ella lo sabe hacer.

En el mesón

Por entre viejos campos
          Gran casa, con corrales en las proximidades, y buena zona de descanso, que aprovechamos para recrear en nuestra mente y en nuestro corazón lo que pudo ser este escenario hace cincuenta años, cien, doscientos… Echamos un bocado. A unas decenas de metros, en su lado norte, una tablilla te indica la dirección de la ermita, la sitúa a 50’. Como todavía estamos en edad y condiciones para mejorarlo, lo hacemos, llegando en 35, a nuestro paso, sin correr, disfrutando de todo cuanto nos rodea. En los primeros compases, el sendero cruza por viejos bancales. Luego cruza algunos pequeños barrancos, llegando a hacer un brusco giro a la derecha, para alcanzar finalmente la ansiada ermita.

Si las paredes hablaran...

Muros de la ermita
            La sensación que da al llegar a ella es que lo estás haciendo a un lugar sagrado, y no solo por lo que albergaba en sus tiempos el edificio en sí, sino por el conjunto del emplazamiento, que no nos cabe duda de que, como habitualmente, no es casual, sino que tiene que obedecer a algún criterio, buscando siempre ese punto de unión entre lo esotérico y lo exotérico. Estamos ante una vieja ermita románica, levantada piedra a piedra hace más de mil años y, como dice la leyenda pegada a uno de sus muros, “… es el ejemplo más meridional del grupo de iglesias de arquitectura serrablesa… de planta rectangular, ábside semicircular decorado exteriormente con siete arcos ciegos, friso con baquetones…”. Iglesia parroquial, que lo fue, del medieval poblado de Sescún, deshabitado desde hace mucho tiempo, quizá diezmado por las guerras, por las enfermedades o por las duras condiciones de vida en estos casi 1200 metros de altitud, bajo las faldas de la Gabardiella. Una intensa campaña arqueológica daría buenos frutos al respecto.

Junto a más de mil años de historia

Ábside original con el postrero campanario
            Un edificio carente ya de cubierta, conserva con gran entereza los muros, incluso los del campanario, construido con posterioridad. Con gran respeto entramos en su interior una, varias veces, la rodeamos, observamos con gran atención esos arcos del ábside, dirigido al sol naciente, como preceptivo en el románico, esos baquetones del friso, y tratamos de imaginar la actividad que ha tenido que desarrollar, a lo largo de un milenio, como centro de la vida de este incipiente emplazamiento del que ya solo montones de piedras quedan.

 
El Fragineto y el Borón
Caminos calzados
            No queda otra que regresar. Y lo hacemos por el mismo sendero hasta el Mesón, posible avanzadilla del poblado para situarlo junto a la vía pecuaria. Continuamos deshaciendo el camino de venir hasta aquí, hasta ese cruce que nos indica ya que hemos de abrir la circular, para regresar por la pardina de Orlato. Hasta el cruce menos de media hora, y desde él, en otra hora y media más, habiendo pasado antes por un extraordinario manantial, llegamos a la carretera del valle, junto a la que se encuentran unas grandes campas, tierras de esa hacienda, cuyo edificio se están tragando las barzas.

Pardina de Orlato

Volviendo a Nocito, bajo el Tozal de Guara
            Aprovechamos para echar otro bocado. Tomamos la carretera en dirección este, para recorrerla unos doscientos metros y toparnos con las indicaciones del Camino Natural de la Hoya de Huesca, en el tramo entre Lúsera y Nocito, y como vamos ya de regreso, las seguimos hasta el mismo pueblo, cruzando la carretera en dos ocasiones más, y llegando a la localidad que nos ha visto partir hace 7h 50’ de tiempo total, del que 5h 50’ han sido en movimiento, habiendo recorrido 22,6 km por estos mágicos lugares, y salvando un desnivel acumulado de en torno a 1200 m D+/-, por unos caminos que descansan recordando lo que fueron.


Más fotos, y el track.

jueves, 2 de mayo de 2019

Escartín, por Bergua... el último viaje

IXOS MONS
Escartín (1350 m)
Miércoles, 1 de mayo de 2019



            Las recogimos en la cuadra, y les quitamos las esquilas, menos a un par de ellas, para que hiciesen de guías. Otra parte de las entrañas de la casa desaparecía, uno de sus pilares fundamentales: nos habían dado trabajo, vestido, alimento, vida… Las mujeres no quisieron verlas marchar. Quedarnos sin ovejas significaba mucho para nosotros, ya que el pastoreo había sido una tarea tan antigua como los mismos pueblos. Significaba decir adiós al palo, a la mochila, al paraguas, a la zamarra, a las esquilas, a las mantas de pastor, al queso, a los días tormentosos, a la calor…”

Patio interior de una de las casas de Escartín

Eras, casas, bordas...
       Con este escalofriante párrafo comenzamos nuestra andadura de hoy. Es uno de tantos, extraído del libro “Memoria de un montañés”, de José Satué Buisán, editado por su hijo José Mª Satué Sanromán en Xordica Editorial. La historia real de una de las últimas familias en abandonar Escartín, de la docena de pueblos de montaña en una zona muy concreta del Pirineo. Sobrepuerto, unos valles recónditos en los que las barzas y la memoria, cada vez más amarilla, se alían con el tiempo y le devuelven a la naturaleza lo que siempre fue suyo. El relato desgarrador de un portazo, para salir de la asfixia en busca de una vida mejor y las dudas de si se encontró.

El "mentidero"

Caminos de viejo
            Por estas tierras andamos hoy, por unos senderos miles de veces transitados por esos hombres y mujeres, con las caballerías, con el ganado, con los productos del hortal, camino de pueblos mayores, de sus ferietas, de despedir a hijos que marchaban en el coche de línea, y que dejaban la puerta abierta de la conciencia… de la consciencia. Unos caminos tantas veces maldecidos, pero que siguen siendo benditos, porque la naturaleza dicta sus leyes, sus implacables leyes, ajenas al devenir humano, que se rige por las suyas.

Herrería

Aspecto actual del pueblo
            “Dejamos a la derecha el desvío de los huertos y seguimos camino abajo gradas y vueltas, más vueltas y más gradas, hasta llegar al Plano Sarrato, en cuyo extremo, sin previo aviso, todos nos paramos y volvimos la vista atrás, hacia el pueblo que se recortaba en lo alto del cerro, fijando la mirada en nuestra casa, resguardada bajo la iglesia y el chopo del cementerio, hasta que la neblina de las lágrimas, mezclada con las finas gotas que comenzaron a caer, nos borró de la visión una estampa que quedó grabada para siempre en mi mente. ¡Tantas veces había traspasado este punto, siempre con regreso…! Pero en adelante sería todo muy distinto, aunque volviese ya no oiría ladrar a los perros, ni vería salir el humo por las chimeneas, ni a mi madre haciendo punto en el balcón, porque se había ido adelante, tirando de todos nosotros, con entereza fingida  y ánimos disimulados. –Vamos, vamos, que aquí ya no hacemos nada… -insistió. Dimos media vuelta apretando de nuevo los dientes…”.

Iglesia de San Julián

Otra de las casa, con pozo en la entrada del patio
            A poco que se haya leído sobre estas tierras, sobre estas gentes, sobre sus vidas, sobre sus idas y venidas, sobre su tragedia final, será inevitable que te los encuentres en el imaginario de estos caminos, porque son estampas tan intensamente vividas que han dejado impregnados los caminos, los tapiales que los sostienen, los bancales, el paisaje… Porque es el paisaje el que sostiene al paisanaje… y viceversa, pero cuando ese binomio se rompe, algo desgarra el alma de ambos. Tristes pueblos. Tristes montes, que han visto marchar una parte de ellos, esas gentes, sus usos y costumbres, el trabajo y el trato con el terreno, exponente máximo de la ecología y el conservacionismo, mucho, muchísimo antes de acuñar esos términos.

Eras, con sus construcciones

Otra de las casas
            Es algo que permanecerá vivo mientras lo haga en la memoria. Una memoria que personalmente no tenemos, pero que se siente a cada paso que das por estos caminos, y que se te clava como las barzas. Caminos de Sobrepuerto, una zona muy concreta cuyas lágrimas derraman a los barrancos que vierten al Gállego y al Ara, ejes fluviales de las comarcas de Alto Gállego y Sobrarbe, respectivamente. Junto a esos barrancos se diseñaron caminos que unían pueblos, una docena de ellos contando alguna pardina suelta. Caminos de entrada y salida a esos grandes valles como son el de la Tierra de Biescas y el de Broto, dos “grandes” pueblos que verían tristes una marcha sin retorno.

Bergua

Casas de Bergua
            Hoy nos hemos acercado a Bergua, uno de esos tristes pueblos que desde hace un tiempo no lo es, ni mucho menos, ya que fue atractivo objeto hace tres décadas de gentes venidas de lejos y que vieron una oportunidad para comenzar una nueva vida en el ámbito del movimiento que luego fue llamado “neorruralismo”, y que invitó a que antiguos habitantes volvieran también para recuperar algo de su vida. Bergua, cuya toponimia pudiera parecer, como es costumbre, que ha dado nombre a un apellido, pero que según nos cuenta César, uno de esos “neorrurales”, ha sido al contrario, fueron hidalgos con ese apellido los que vinieron a estos lugares cuando eran marca hispánica. Su ermita de San Bartolomé, edificio prerrománico, delata la antigüedad de este emplazamiento.

Estampas de antaño... hoy en día

Entrada a la iglesia
            Bergua, que llegó a tener 35 casas, según nos cuenta uno de los nativos que marchó, y que ha vuelto para pasar sus años dorados. Y no es de extrañar que sea uno de los pueblos más grandes de Sobrepuerto dada su cercanía a las vías principales de comunicación. Aunque pertenece al municipio de Broto, es el más cercano Fiscal el que le brinda los servicios básicos. Incluso los 7 km de pista forestal asfaltada le vienen de dicha localidad. Hoy en día viven fijos una veintena de personas, la mitad de los censados.

Bajada a los ríos

Llegando a los ríos
            Nos acercamos, pues, a Bergua, que nos recibe dormido, pero colorido, impregnado de esa frescura de la nueva era. Se pasa junto a la iglesia y el cementerio, donde reposan las esperanzas de unas creencias que lo fueron todo en el pasado. El pueblo a media ladera en el paco de la sierra de Berroy, y como hay que atravesar el barranco de Forcos y el de la Pera, tenemos que bajar hasta su confluencia, unos cien metros de desnivel, que los antiguos del lugar solucionaron a través de un sendero entre bosque con tapiales hoy recubiertos de musgo.

Confluencia de los barrancos de la Pera y Forcos

Barranco de la Pera
            Una vez llegados al lecho de las aguas, sorprende el lugar, pues salimos de lo angosto del camino a lo ancho de la unión de estos dos barrancos, que cruzamos por sendas pasarelas metálicas. El primero, el de la Pera, cuyo nombre le da una partida debajo de Sasa; el segundo, el del Forco, que hay quien no se pone de acuerdo en que si hasta aquí hay que llamarlo de Otal, porque es de los montes de ese otro pueblo de donde viene.


Tablillas del PR-HU 117

Caxicos mágicos
            Nos encontramos con tablillas que nos informan de que estamos en un cruce de caminos, pudiendo comenzar por el PR-HU 3, que nos llevaría directamente a Basarán, o el PR-HU 117, que anuncia a Ayerbe de Broto, Otal y Escartín, algo que se disocia tras pasar el segundo puente. Definitivamente tomamos dirección izquierda para dirigirnos a Escartín. Los primeros compases del sendero discurren entre el rugir del río y una zona de huertos, unos más arreglados que otros. Pronto nos va metiendo ya por zona de bosque, con unos caxicos que callan más de lo que hablan, y es mucho.
En el barranco del Fabar
Caminos calzados

            Al tiempo que abandonamos el barranco vamos ganando altura por vueltas y revueltas por un sendero calzado a base de mucho, muchísimo trabajo, y por el que se deslizaban los cascos de las caballerías con la carga a cuestas de lo que no daba la casa ni la tierra. Sin apercibirnos de ello, el sendero sí lo sabe, llegamos al barranco del Fabar, que para cruzarlo nos lleva a una de sus comisuras, que esconde un rincón de gran belleza, con una cascada siempre vestida de agua, unas aguas que vienen de los solanos del Manchoya.


Caminos de agua

Caseta Ferrer o "descansador"
            En diez minutos alcanzamos la Caseta Ferrer, “descansador” la llamaban, porque hacía esa función, y que fue testigo de un triste suceso, como cuenta Satué en su libro: “La señora Petra d’O Royo regresaba de Bergua, se desató una fuerte tormenta que desbordó los barrancos. Al pasar por el de San Climende fue arrastrada por la corriente. Al día siguiente la encontraron ahogada más abajo, junto al Grixal, y la subieron tendida sobre una improvisada parihuela. Al llegar a la gran piedra del descansador, la posaron durante unos momentos para reponer fuerzas. Desde entonces, siempre que pasábamos por ahí, poníamos un ramo de bojes y rezábamos una oración por la difunta Petra”. Pues no ha sido uno, sino seis pequeños ramitos de boj, bajo sendas piedras, los que nos hemos encontrado, y ahora que sabemos la historia lamentamos no haber captado la imagen.


Haciendo los honores al "descansador"

Bergua desde el camino a Escartín
            Otros diez minutos más de vueltas y ascenso y nos vamos metiendo en el barranco de Escartín, desde donde ya se nos ofrece la postal de lo que queda del pueblo rasgando el horizonte. No tenía más de una docena de casas, según el nativo, cuya madre era de este pueblo, aunque a nosotros nos parecen más, y es porque hay un gran número de corrales y pequeñas construcciones junto a las numerosas eras. Si nos fijamos, los montes aledaños no terminan de disimular todavía su pasado en el que daban, en unas terrazas laboriosamente construidas con muros hoy silentes.


Chaminera de casa O Royo

Interior de la iglesia
            Con el respeto del que pisa suelo sagrado nos acercamos e introducimos en el pueblo. Nos deslizamos por sus calles, que van siendo ocupadas por las piedras de las casas que se han cansado de estar en pie. Nos llama la atención una chaminera, la de Casa Royo, quizá la de esa señora Petra, que vivió entre el fuego y se la llevó el agua. Visitamos la iglesia, que rezaba a San Julián, con un buzón conteniendo un cuaderno para recoger las impresiones de los que hasta aquí vienen. Naturalmente, recoge las nuestras. Junto a ella la casa del cura, a juzgar por la inscripción “JHS” grabada en el dintel de la puerta. A su lado, un edificio que declara ser el de las escuelas, y que en el interior comprobamos en una entrañable pintada. Enfrente, y adosado a la iglesia, el cementerio, con nichos en su pared y tumbas amorradas en el  suelo.


Interior de las escuelas

Cementerio anexo a la iglesia
            En estas y otras visitas se nos va una hora, que también aprovechamos para echar un bocado contemplando el paisaje que se nos abre a los 1350 metros de altitud que estamos. Bajo las faldas del Manchoya, tenemos enfrente otro de estos pueblos que no sobrevivieron a la modernidad, Basarán, que tiene como telón de fondo al Oturia, sobre el puerto de Santa Orosia, una santa que extendía su amplio manto sobre estos montes y estos pueblos. Y es por Basarán por donde teníamos planeado volver, pero algo nos ha atrapado en este lugar que nos lo ha impedido, de modo que con las mismas, regresamos por el mismo itinerario, un camino tantas veces transitado de ida y vuelta, hasta la última vez, que solo fue de ida.


Basarán, con el Oturia al fondo

            Un viaje extraño, este de hoy, entre naturaleza y ganas de saber lo que saben estos cerrados montes, y más a cada día que pasa, ganas de ver lo que han visto, de sentir lo que han sentido ese millar de personas que los habitaban en esa docena de pueblos de Sobrepuerto. Por nuestra parte, un más que agradable paseo de en torno a unos 7 km, de unas tres horas y media en total, con algo más de 500 m D+/-, en una jornada que está pidiendo volver.


Aún queda gente por aquí

            “Ya con los machos en la calle, mi hijo mayor entornó una hoja de la gran puerta. Yo volví la otra e hice girar dos veces la llave, y aún la empujé para comprobar si quedaba cerrada.
                          -  ¡Adiós, casa, adiós! Venga, vámonos –pensé, porque no tuve fuerzas para decirlo”.

            Como para no volver.


César con su Pedrón particular, esculpido por él mismo sobre piedra de tosca

Más fotos.