viernes, 24 de octubre de 2014

Collarada, la dama de los vientos

AQUERAS MONTAÑAS
La Collarada (2.886 m)
Jueves, 23 de octubre de 2014


El viento es un caballo:
Óyelo cómo corre
Por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme, escucha
Cómo recorre el mundo
Para llevarme lejos
Pablo Neruda



Refugio de la Trapa
            Noche cerrada. Las primeras luces del alba tienen reflejo en rojizos cielos de poniente. Cielos rojizos que siempre anuncian aire, pero que hoy han escatimado información. Hoy se han quedado cortos con sus credenciales. Esos cielos que conforme nos movíamos en ese lento pero implacable caminar junto con este globo que es nuestra casa, iban tornándose más y más iluminados, han dado paso a un enorme hipódromo donde caballos desbocados desbocaban, donde caballos furiosos llenaban de furia el espacio, y donde caballos sin control han puesto fuera de control esta noble actividad humana que es la de subir montañas. Pero no le tenemos rencor ni a las montañas ni a sus etéreos habitantes. Como dice Agustín Faus en uno de sus libros, la montaña no es injusta, ¿lo seremos nosotros?

Tramo de cadena
            La Collarada es una de esas montañas que enseguida te atrapan visualmente, y te comprometen a subirla, pero no es de las más agraciadas, ni de las más agradecidas. Cuando mira a poniente no encuentra nada más alto,  y eso le confiere un carácter un tanto orgulloso, soberbio, tosco. Sus desnudas laderas y su falta de agua, limitan bastante la época del año para acometerla. Sólo conocen los rigores del invierno y los del verano. No conocen primavera ni otoño. Pero a pesar de todo ello es nuestra montaña, el techo de nuestros valles, y como a esos parientes incómodos, nos vemos en la obligación de visitarla de vez en cuando.

Laderas herbosas
            Hoy ha sido uno de esos días, y lo hemos hecho dejando el vehículo en el cubilar de la Espata, para subir andando por la pista hasta la Trapa. Queríamos tomarle el pulso por su vía normal. Una mañana serena se iba perfilando desde el horizonte hasta cubrirnos totalmente. Una mañana que nos ha ido acompañando poco a poco. Tres grados en Villanúa. Nueve aquí. Inversión térmica. Ligero viento, y alguna bufarrada de aire caliente nos llega a la cara. Térmicas que aprovechan los buitres para ir subiendo y subiendo. Una familia de ciervos se ve sorprendida con nuestra presencia llegando a la Trapa, donde por detrás del refugio tomamos ya el sendero, que pasa junto a una gran charca que seguro es visitada por la fauna local. Poca agua más en toda la montaña. Terreno kárstico.

Fauces cimeras
            Salvamos un murallón a través de retorcidos pasos y ayudados por una frágil cadena. Mientras nuestros pies disfrutan de momentos de placer por suelo de hierba, nuestra mirada se pone en contacto ya con la gran dama de los vientos, que impone su figura en el horizonte cercano y que se calla lo que nos aguarda. No nos quiere asustar, quiere que la visitemos. Laderas herbosas primero, mixtas después, y rocosas para finalizar esta subida. Conforme vamos tomando altura, conforme vamos tratando ya de tú a los Campanales, feroces rachas de viento van dejando pasar. Ya no hay buitres poblando los cielos. Desde encima de las cadenas, casi dos horas hasta el comienzo de la canal. Una canal que no engaña, una canal que se abre ante nosotros mostrándonos su hostil acogida, una canal que hemos de superar para entrar por la puerta grande de esta gran montaña, que domina los vientos y los soles por fuera, y las tierras y las aguas por dentro.

            
Vista parcial del circo de Ip
            Salimos al sol. Salimos a dar vista ya al mundo Ip y todos sus alrededores, que no son pocos. A pesar de haber dejado ya de ir a cuatro patas, obligado es ir agachados para no enfurecer más a los vientos. Poco tiempo en cumbre, casi ni para hacer fotos con temblorosas manos. Los nítidos horizontes matinales, que nos ofrecían hasta el Moncayo y Urbión, se han tornado huidizos, una cortina de calima los ha ocultado. Breve, brevísimo, repaso a los montes más cercanos, y sin poder echar ni un triste bocado, emprendemos el descenso hacia el collado de Ip, de frente ya a ese gran circo que la Collarada forma con su hermana pequeña la Collaradeta.

La fuerza de los vientos
            Qué ingenuos pensar que al ir bajando se iría amainando el viento. Hasta alcanzar el collado, tres cuartos de hora de auténtica tensión, con rachas fortísimas, que nos obligan a parar y apretarnos a la roca para no ser tirados al suelo. Llegamos al fondo de esa enorme cubeta. Más viento, que se nos pega a la espalda durante todo el descenso. Parada a echar un bocado. Seguimos por cubetas, hasta un palo que hace de referencia para continuar por unas laderas herbosas, largas laderas herbosas, cuarenta minutos de laderas herbosas viendo que los montes cercanos van ganando el lugar que les corresponde, ya no los miramos por encima del hombro.

            Perdemos altura con rapidez a través de una canal de abrasiva caliza, y enseguida al bosque, que amablemente nos acompaña ya hasta la pista, a la altura del cubilar de la Espata, punto de inicio de esta ascensión, que en un día que nos ha tratado como ha podido, hemos hecho 11,8 km en 6h 40’ de tiempo total, con 4h 10’ en movimiento, que haciendo 1.220 metros de desnivel máximo, han salido 1.230 de positivo acumulados y los mismos de descenso, lo que da una idea de que es una subida con muy poco cuartel. Apenas nada.







miércoles, 22 de octubre de 2014

El otoño del Maz

IXOS MONS
Maz (1.945 m)
Domingo, 19 de noviembre de 2014


            El otoño irrumpe con fuerza en los Valles Occidentales. Las ovejas bajan de los puertos. Nosotros vamos a ellos, hemos de atender a una irresistible llamada. El programa de la Sección de Montaña del CP Mayencos sigue imparable. Para esta época del año nos gusta volver sobre estos valles para visitarlos, para impregnarnos de su rabioso otoño que se nos echa encima. Venimos a estas tierras occidentales, tierras limítrofes, a un pico que aglutina laderas aragonesas y laderas navarras, que mantiene en sus faldas hayedos de Linza y de Artaparreta en Belagoa, valles de Ansó y de Roncal, en definitiva. Estamos hablando del Maz, con su aspecto piramidal desde nuestro lado, o del Txamantxoia, con sus suaves laderas, desde el vecino. Y para que no se diga, por el primero subimos, y por el segundo bajamos, hacia el Rincón del Maz. Vamos.



Caminos de otoño
            En el calendario católico faltan ya santos para tanto veranillo, y por muy buen ambiente climatológico que haya, no deja de ser un desastre. Pero a pesar de todo, el otoño viene fiel a su cita. Un otoño que no nos hemos querido perder con algun@s de l@s chic@s de costumbre. En esta ocasión, Ástrid, Sara, Silvia, Cris, Joserra, Javier, Fernando y Arturo. Dejamos los vehículos en la entrada de ese Plano de la Casa, donde se encuentra el refugio de Linza, y nos disponemos con ganas a entrar en el bosque. Unas ganas que se van afogando a los pocos pasos, la pendiente es considerable. Da una extraña sensación, como de profanación, al meterte en ese bosque en pleno proceso de transformación.

Comenzando la zona rocosa
            Los primeros pasos discurren por empinada senda, hasta que una vez tomada ya una cierta altura se va suavizando, pudiendo disfrutar más si cabe del entorno. El hayedo está que se sale por los cuatro costados. Unos colores amarillentos, marrones, ocres, tostados… unos colores decrépitos, que anuncian que un nuevo ciclo llega a su fin. Unas hojas que han polarizado la mayor expresión de estos gigantescos seres durante el estío, y que ya no son necesarias para estos próximos meses, porque la vida se repliega en las raíces, siendo necesaria su presencia, no obstante, para tapizar el suelo y contribuir con su descomposición a la formación del humus imprescindible para continuar la especie. Así es la vida, nunca se detiene, siempre se abre paso. Se cuida de transformar la materia, pero manteniendo siempre su esencia, que es la de alimentar a los seres. ¡Cuánta sabiduría ahí afuera! Y todo está inscrito en sus genes, reproducidos una y otra vez en cada una de sus minúsculas semillas. La vida es prodigiosa. Nada más importante.

Geometría en el fondo delvalle
            Entre éstas y otras reflexiones llegamos, tras algo más de una hora, al collado de Artaparreta,  que toma el nombre de la ladera navarra, una de las que adorna ese Rincón de Belagoa con su extraordinario hayedo-abetal de la Selva de Obieta, de gran valor ecológico al ser uno de los pocos bosques vírgenes de la Europa Occidental, donde el karst y la foresta se han aliado para dar gusto a los sentidos. Este collado, decimos, lo cierto es que no se trata de uno propiamente dicho, pero se sabe que estás en él cuando sales del bosque que te protege del viento, y tienes que hacerle frente ya con tu propia armadura.

Belagoa y subida a Larrau
            Bien señalado con hitos, el sendero hace un brusco giro hacia la ladera norte, y ya por alguna lazada sobre el terreno se va subiendo hasta alcanzar la cima. Una cima provista de vértice geodésico y buzón de cumbre. Eso a ras de tierra, pero a poco que levantes la vista, verás que es una cima provista, además, de una extraordinaria panorámica de 360º amplios, muy amplios, con montes lo suficientemente cercanos como para apreciar sus laderas tapizadas de otoño, pero lo suficientemente lejanos como para que te permitan ver más horizontes por detrás de ellos.



Rabioso otoño
            La idea era subir y bajar por el mismo sitio, pero al llevar Javier un track con posibilidad de bajar por el Rincón del Maz, y resultar corto el recorrido de subida, optamos por ello, dando así más vuelta, lo que nos permite disfrutar más y más de tan bello espectáculo. De modo que, fotos, algún bocado y trago… y para abajo. Lo hacemos por la suave y herbosa loma oeste, hasta que vamos dando cara ya hacia el sur perdiendo más altura. Nos volvemos a meter en el bosque, y luego damos en una pista, que tomamos a la izquierda.

Final feliz
            Seguimos por ella hasta volvernos a meter, por sendero marcado de rojo y azul, de nuevo en el bosque. Un bosque de cuento. Se sube un pequeño alto, el collado del Maz, que hace muga con Aragón, lo que claramente indica la señalización del parque que ya nos vamos encontrando. Salimos a otra pista, ésta ya sí la del Rincón del Maz, que nos deja en la carretera, y en unas decenas de metros alcanzamos los vehículos. En total han sido 8,8 km en 4h 20’ de tiempo total, de los que 2h 50’ han sido en movimiento. Con un desnivel máximo de 650 metros, han salido más de 800 acumulados positivos, y los mismos en descenso, en una mañana bien aprovechada y de las que no pueden faltar en esta época del año en estos lugares. Y como bien está lo que bien termina, la guinda la pusimos con un buen plato de migas, y sin dejar de contemplar este magnífico ambiente otoñal.




Las fotos, en: https://picasaweb.google.com/chematapia/ElOtonoDelMaz1945M

Fotos de Ástrid, en:



martes, 21 de octubre de 2014

Peña Oroel con CIMA2015

IXOS MONS
Peña Oroel con CIMA2015 (1.769 m)
Sábado, 18 de noviembre de 2014


            A toda brasa le queda su rescoldo. De antiguos encuentros montañeros interfronterizos ha quedado esta llama viva. Los colegas de Montañeros de Aragón de Barbastro (MAB) y del Club Alpin Français (CAF) de Tarbes se reúnen dos veces anualmente. En primavera, los barbastrenses marchan al otro lado de la cordillera, y en otoño les toca acoger a los franceses, eligiendo este año nuestro territorio para ello. Y ahí hemos estado los del CP Mayencos para hacerles más fácil la visita a la Peña Oroel, la nuestra, que compartimos también con Jorge Delgado, nieto del legendario Julián Delgado Úbeda, presidente que fue de la Federación Española de Montañismo, durante más de dos décadas allá por los años 40 a 60. Y por qué decimos esto, porque viene acompañado de una maqueta del logo de CIMA2015, ese Congreso Internacional de Montañismo, a celebrar en Zaragoza del 26 al 28 de marzo próximo.

Frutos del bosque
            Y ahí hemos estado. En una mañana a medio recorrer ya, un numeroso grupo de diversas partes del Pirineo, unidos por la pasión que sentimos por estas montañas, partimos del Parador de Oroel para subir hasta su Cruz. Poco a poco, vestidos de otoño, vamos perfilando esas curvas del camino hasta alcanzar la que el tortuoso sendero se estrecha, se vuelve más íntimo, como nuestro paso por él. El caminar por este, siempre amable, tramo aporta paz, aporta serenidad, la que da estar inmerso en ese proceso de defoliación en el que plácidamente va cambiando el cromatismo de esas hojas hasta que ya no pueden más, y con la satisfacción del deber cumplido, pasan a formar parte del tapizado suelo, para continuar su misión. Un proceso en el que merece la pena detenerse.


Un alto en el camino
            En poco más de una hora, y tras superar los últimos pasos más empinados, llegamos a dar con ellos en la pradera, esa ancha y larga planicie que hace de antecima, muy cerca ya de la Punta Bacials, a la que no nos acercamos por no alargar ya más la jornada. Descanso y bocado. Seguimos por el sinuoso sendero obligado por la enorme profusión de erizones. A punto de llegar al collado, pasamos por las neveras, esos pozos excavados en el suelo y en el que en antiguos usos y costumbres utilizaban para acumular nieve que almacenaban para uso doméstico.

Peña Oroel
            El extraño calor que nos hace en esta época del año hace que se deposite una calima que impide ver con nitidez, pero aun con todo el panorama que se abre ante nosotros es auténticamente impresionante. Casi tres horas desde el inicio y tras cuatro pasos un tanto delicados, llegamos hasta ese collado, donde concluimos con la subida normal. Nos aupamos al sendero de la arista, verdadera frontera entre la tierra y el cielo, entre erizones, buxos y buitres. A la altura de un enorme montón de piedras, que no para de crecer, nos incorporamos al sendero que viene por abajo, y ya es muy poco lo que resta para llegar. Una última rampa y ya estamos.

Comenzando el descenso
            Casi media hora de más visión espectacular, otro bocado, otro trago, y fotos, muchas fotos. Toca bajar, que lo hacemos ya por el itinerario normal, por abajo, encontrándonos con el arranque del camino que baja a la gruta de la ermita de la Virgen de la Cueva, escachada desde hace un tiempo. Collado, visita a los pozos neveros y descenso por el sendero del bosque. Curvas y más curvas, hasta alcanzar de nuevo el Parador, en una jornada compartida con unos y otros. En una jornada, decimos, en la que han salido 11,3 km, con 5 horas de tiempo total, del que 3h 40’ han sido en movimiento. Con un desnivel máximo de cerca de 600 metros, han salido 775 acumulados positivos y los mismos de descenso. Bien, para repetir.







Toda la información de CIMA2015, en: http://www.cima2015.es

De Jaca al Somport

CARRERAS MONTAÑA
I Maratón Blanco Jacetania
Notas técnicas
Jueves, 16 de octubre de 2014



            La creación de una nueva prueba en el Valle del Aragón obliga a realizar las tareas propias de eso, de ser la primera vez que se hace. Y una de esas tareas es la de grabar el track del recorrido. Naturalmente ya se ha hecho uno ficticio sobre el mapa, para hacerse una idea, pero siempre es conveniente hacerlo sobre el terreno. Otra cuestión es la de tomar notas para el correcto marcaje del itinerario, pensando siempre en lo más importante, que es la seguridad de los participantes.

            ¿Y de qué prueba hablamos? Pues de una pedestre que una la capital del valle, Jaca, con las estaciones de esquí de Candanchú y Astún. Efectivamente, catalogada como Carrera por Montaña, tiene como objetivo el de recordarnos a todos que otro verano ha pasado, que otro otoño, irregular otoño, estamos viviendo, y que nos acercamos irremediablemente al invierno. ¿Y qué es lo que más nos gusta del invierno? Que haga frío, que nieve… Pues eso… Jaca… nieve… pilláis?



            El CP Mayencos, con una dilatada experiencia en la organización de un amplio espectro de eventos deportivos, ha sido el encargado por la comarca de La Jacetania para preparar este primer Maratón Blanco Jacetania, carrera que pretende ir calentando motores, unos motores cargados de buenos deseos blancos para la temporada que comienza. Y qué mejor forma de hacerlo que poniendo en valor uno de los muchos elementos vivos de nuestro patrimonio, como es el Camino de Santiago (GR 65.3.1).

Ruinas del Hospital de Santa Cristina
            Nuestra cordillera pirenaica está permeabilizada por algunos de sus puertos, por algunos de sus pasos, empleados en la antigüedad por los peregrinos que, siguiendo esa estela de la Vía Láctea, caminaban hacia Santiago de Compostela, en pos de esas indulgencias que nacidas o impuestas en sus conciencias les impelía a realizar esos largos viajes, tan largos que con los medios de entonces les hipotecaban, si no toda, gran parte de sus vidas. Pasos que enlazaban valles de uno y otro lado de las montaña, pero es éste, el de Somport, el nuestro, el que une el del Aspe con el del Aragón, el elegido para la construcción del Hospital de Santa Cristina, uno de los tres más importantes del mundo cristiano de la época, junto con el de Gran San Bernardo en los Alpes, y el del mismísimo Jerusalén, información recogida en el Codex Calistinus, o Liber Sancti Iacobi, escrito por el clérigo francés Aimeric Picaud, donde se describe el trazado oficial y clásico del camino.

Ciudadela, de aspejacetania.com
            Pero como nuestro trazado lo diseñamos desde Jaca hacia Somport, esto descrito es lo último que nos vamos a encontrar. Quedamos con el alba, pero nos adelantamos. Salimos pues desde el Castillo de San Pedro, más conocido como la Ciudadela, construida en el siglo XVI bajo el reinado de Fellipe II. Por sus glacis nos dirigimos al paseo de la Cantera, que recorremos en su totalidad, hasta el Banco de la Salud, excelente atalaya sobre el valle por el que se van a dirigir nuestros pasos. Ya sin más, nos metemos de lleno en el Camino de Santiago. Ermita de San Cristóbal, de factura popular, mandada construir por Francisco Villanúa en 1796, junto al puente del mismo nombre; Cristóbal significa “el que porta a Cristo”, y es patrón de conductores y viajeros.

Para subir a puente Torrijos
            Pasamos por el puente Oliván, que comparte nombre con el monte anejo; y el puente Torrijos, que le viene de la Torre de Hijos, antigua fortificación contigua, propiedad de los Jiménez de Arloz, que en los siglos XIV y XV eran los Señores de Hijos. Hoy en día aún se conserva en activo la cantería, en donde se sigue dando vida a este oficio tan antiguo como artesano. Bajo este puente se halla una casi cegada fuente de aguas sulfurosas, apreciada en la antigüedad por sus propiedades medicinales.

Soto ribereño
            Seguimos camino arriba, y abrazados ya al río Aragón, llegamos hasta la desembocadura del Ijuez, que trae las esencias de la Garcipollera, en cuya cabecera se encuentra la enorme ermita de Sª Mª de Iguácel, iglesia de un antiguo cenobio de monjes benedictinos, enraizado en el siglo XI, ocupado posteriormente por religiosas bernardas. Cruzamos el puente de madera y a través de un tramo de soto ribereño nos incorporamos a la entrada de Castiello, un Castiello que se nos pone por montera al cruzar la carretera. Una pronunciada y prolongada cuesta pone a prueba nuestras fuerzas hasta llegar a la altura de la parroquial de San Miguel, originariamente románica del siglo XII, que alberga unas reliquias cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Nos metemos por la cabañera, que nos deja en Villa Juanita. Tomamos la carretera que sube a Aratorés, y sin llegar a él, la cabañera sigue a mano derecha, hasta convertirse en sendero y bajar hasta las colonias salesianas, a pie ya de carretera.

Rabioso otoño
            Una vez cruzada, seguimos junto a ella hasta dar con el área recreativa, que sin molestarla, la pasamos por su trasera. Al otro lado de la carretera general se queda un pequeño núcleo llamado Aruej, cuatro casas en ruinas que albergan corrales de ganado, con las ruinas de su iglesia de San Vicente Mártir, que destaca sobre el terreno, como la torre de los Acín, Señores de Aruej. Este conjunto, hoy apenas imperceptible, fue en otro tiempo la cabeza de este tramo de valle denominado Bardaruex (Valle de Aruej).

Botica de Villanúa
            Pero no nos entretenemos. Salimos a la carretera que tomamos a mano derecha y que nos lleva a dar con el camino de Orbil, que cogemos a la izquierda hasta llegar ya a Villanúa, donde una fuente nos brinda sus aguas. Izquierda de nuevo, plaza, iglesia, fuente, y a la derecha para salir ya del pueblo, y pasando por el Centro de Interpretación Subterránea, donde te ponen al corriente del mundo calizo, visible y oculto, de la Collarada, se sigue por el camino dirección norte.

Llegando al puente del cementerio
            Nos topamos ya con la carretera general, que para eludirla nos obliga a pasarla por debajo en dos ocasiones. Volvemos a nuestro margen izquierdo del río para alcanzar el antiguo Pont Nou, que aunque de apariencia románica, sólo lo son los restos de su base medieval. Fue destruido por una gran avenida del río Aragón, y restaurado a final del siglo XVI por Ramón de Argelas, maestro cantero bearnés. En lo más alto del lomo, en su interior hay un sello con una borrosa inscripción que reza “RAMON ME FECIC”, Ramón me hizo, perpetuando la memoria de su re-constructor. Posteriormente tomaría nombres como el de Puente de Canfranc, Puente del Cementerio o Puente de Abajo, pero nunca Puente de los Peregrinos, aunque siempre fue su esencial utilidad. Cementerio y a Canfranc, que lo cosemos por su arteria principal, saliendo al puente de arriba.


Entrada al sendero
            Seguimos camino, hasta que decide seguir hacia Ip, y nosotros nos metemos por el sendero. Un sendero agraciado por las bendiciones del bosque, de un bosque tupido, húmedo, sugerente, de un bosque mágico, cuyos envolventes beneficios se les van a echar encima a los participantes de la prueba para aliviar la carga que lleven a estas alturas. Cruzamos el siempre atractivo barranco de Ip, con su cascada. Salimos a la base de la presa del embalse, para superarla y llegar hasta la carretera, cuyo túnel atravesamos para meternos en una incómoda zona de obras, e incómodo igualmente arcén carretero y entrar en Canfranc Estación, que cruzamos también por su calle principal, hasta la misma boca del túnel ferroviario, que espera pacientemente su apertura.

Empinadas escaleras
            Terrenos del silo y fuente de Pequeña, para tomar un corto sendero que nos sube a la pista, hasta el antiguo horno Buisán, que se vuelve a convertir en sendero. El Col de Ladrones nos mira de reojo a nuestro paso a sus pies. Barranco de Izas y desvío del camino de nuevo trazado, de difícil explicación. Un buen rebaño vacuno nos ve pasar al tiempo que salimos a la pista que sube al campin. Cruzamos el arroyo bajo la pequeña presa y nos topamos ya con unas empinadas escaleras, al término de las cuales el sendero por el bosque se empina y empina, hasta llegar a la pista de Canalroya, que tomamos a la izquierda, hasta dejarla justo antes del puente y seguir recto hasta la granja Anglasé, donde se torna en sendero. Descarnado y pedregoso sendero que sube y sube hasta la altura del puente del Ruso, desde donde sigue subiendo hasta una plataforma que nos conduce a la caseta del pastor, bajo Piedras Rojas.

Peirón junto a las ruinas
            Cruzamos la carretera y seguimos el sendero hasta el puente de Santa Cristina, y por viejo y desarmado trazado llegamos ya hasta el comienzo del Camino de Santiago, en el mismo puerto de Somport, a donde llegamos tras ocho horas de buen, pero buen paso, y sin apenas cuartel, de las que 6h 45’ han sido en movimiento. De un desnivel máximo de 850 metros, han salido 1.330 acumulados en positivo, y 600 en negativo. Cerca de 32 km, todo ello sin contar, por falta de tiempo, el tramo final desde el puerto de Somport hasta la meta, situada en Astún.



Las fotos, necesarias especialmente si no se conoce el trazado, en:
https://picasaweb.google.com/chematapia/DeJacaAlSomport


Toda la información de la prueba, en: http://www.maratonblancojacetania.es/

lunes, 13 de octubre de 2014

Bailando con buitres

IXOS MONS
La Cruz de la Peña del Castillo (920 m)
Martes, 7 de octubre de 2014


           Estas tierras nos atraen. No sabemos explicarlo. Nos atraen. Nuestra estancia por estos lugares nos inspira que debemos corresponder a todo lo que de ella recibimos. Una estancia que siempre aprovechamos, y no sólo para los tratamientos termales que nos ofrece, sino para visitar el terreno, para darnos una vuelta por sus montes y comprobar que no son tan distintos a los que nos son más familiares. Es realmente gratificante el acariciar sus lomas, el subir a sus altos, el bajar al fondo de sus barrancos, andando, trotando. Una tierra, la tierra, que como todo ser vivo se muestra alternativamente en los dos géneros. Es masculina cuando da, y es femenina cuando recibe. Cuando la visitamos, asistimos a ese gran milagro de la Creación, porque también nosotros damos y recibimos. Es la verdadera Comunión, en el verdadero Templo.

Comienzo del exiguo sendero
            Cuatro cruces tiene este pueblo en sus altos. Una por punto cardinal. Conocido es. Unas más altas que otras. Unas más lejos que otras. Todas fáciles de alcanzar, es cuestión de pateo. ¿Todas? No. Todas, no. La Peña del Castillo, no vamos a decir que es infranqueable, porque no lo es, pero sí es de esas que impone respeto. Las laderas más fáciles en apariencia parecen imposibles, pero de una u otra forma confiamos en que no se nos vaya a resistir, tenemos pendiente un abrazo con esa cruz que la corona, y no creo que esté dispuesta a negárnoslo.

Pendiente e incómoda pedrera
            El año pasado, que visitábamos por vez primera estas tierras, al preguntar a un paisano por dónde se subía, la respuesta que obtuvimos fue que “ni se te ocurra, que ya había habido algún muerto”. Entonces nos quedamos con esa copla. Esta vez pasada, la segunda, lo intentamos por su vertiente oriental, y tras besos y abrazos de las barzas, llegamos hasta la misma base de la roca, no mostrándose tan difícil. Desde luego, a cuatro patas. Pero el desconocimiento de lo que nos fuéramos a encontrar más arriba, y la siempre más difícil bajada destrepando, nos hizo entrar en razón, prefiriendo volver a dejarnos abrazar por el zarzal antes que meternos en una más que probable embarcada.

Nunca un hito ha dado tantas alegrías
            Pero hete aquí que venimos de nuevo. Y que de nuevo también acariciamos la idea de subir. Volvemos a preguntar a otro paisano… y no hay nada mejor que contrastar información. Nos da indicaciones de por dónde se toma el sendero... que sí, que lo subió de joven, nos dice. Un sendero que sube por esa ladera que parecía imposible dada su inclinación. Un sendero, que si existe es que se ha recorrido, y lo vamos a seguir haciendo. Ahí vamos.

... y por fin...
            A poco más de cien metros de la ermita de San Andrés, y antes de terminar el vallado de madera que protege al caminante del precipicio hacia el río, sale a la izquierda el que de los varios que encontramos parece el más indicado. Entre matorrales no pastados hace tiempo, y rocas de varias naturalezas, comienza este escondido sendero, que sin pedir permiso a nadie se va empinando, anunciando lo que nos espera. Nos encamina a una especie de embudo, que superándolo, en 10/15 minutos más nos sitúa en la base de una estrecha e inestable pedrera de penoso, muy penoso ascenso, que sin lazadas, sin cuartel, sin indicaciones, sin hitos, pero con confianza y paciencia vamos subiendo.

Arnedillo, desde la Cruz
          En poco más de media hora, pero que se nos han hecho varias enteras, se produce el milagro. Un milagro en forma de montón de piedras. Un milagro en forma de hito. El único que veremos en todo el recorrido, pero que ha sido providencial para no equivocarnos de canal… porque de la cruz ni rastro visual. Está en un sitio muy oportuno para cruzarse a la canal de la izquierda, que a partir de aquí se abre. Nos cuesta llegar a él. Lo hacemos mediante una corta travesía horizontal entre matorrales sin y con pinchos, que nos indican que le verdadero itinerario puede ser otro, muy cercano al que hemos traído, pero por el que nos hemos metido al estar limpio de vegetación y haber visto huellas entre las piedras. Bien, a la bajada veremos si estamos en lo cierto.

Desfiladero sobre el Cidacos
            Dejamos a la izquierda un resalte rocoso que desafía el espacio. Primeros buitres que sentimos cerca. Seguimos subiendo adivinando el sendero. Efectivamente, no hay más hitos. Unas lajas de caliza, con una cierta inclinación, nos hacen dudar, pero insistimos y las superamos con el único temor de cómo haremos para bajarlas. Seguimos sorteando piedras, matorral… y a los cuarenta minutos de ascensión se nos presenta la cruz ante nuestros ojos. Una sensación indescriptible recorre el cuerpo, que para llegar a ella media una inclinada ladera herbosa, que hace de ancha cresta a dos aguas. De auténtico vértigo, especialmente la que cae al norte, sobre la vía verde y el río, que lo hace a tajo, con unos 240 metros de caída libre. Cuatro pasos bien afianzados y llegamos a ella (920 m).

Bailando con buitres
            A ésta no le ha llegado la pintura blanca, y es fácil comprender el por qué. P de pintura, que no nos ha acompañado. Pero sí han sido otras tres, prudencia, paciencia y pundonor, las que lo han hecho en este viaje para conseguir abrazar esta cruz que nos faltaba. La cruz del este. La más inaccesible. La más codiciada. Tras más de doscientos metros de prominente desnivel con una elevada inclinación. Se nos saltan las lágrimas. Ha merecido la pena. Nuestros pensamientos se van a donde quieren. Déjalos. Nosotros, quietos, y bien quietos. Nuestra vista se mece en el aire, donde los buitres se valen de la ley del mínimo esfuerzo para llenar el espacio, dibujando círculos favorecidos por las térmicas que los elevan una y otra vez.

Bajando
            Nos mentalizamos de que el descenso hay que hacerlo como las Muñecas de Famosa. Nos mentalizamos de que igual nos cuesta más que la subida. Con pies de plomo acometemos la bajada. Llegamos a las esperadas lajas de piedra, que bajando nuestro centro de gravedad atravesamos sin mayores problemas. Llegamos al hito. Llegamos al momento en el que hay que decidir si continuamos por donde hemos subido o por el otro posible sendero. Sí, lo hacemos por el otro, más a la derecha, mucho más vestido, pero por menos piedras. En la cota 790 se juntan ambos, y ya mucho más confiados seguimos bajando. Confianza que nos da para poner algún hito más. Embudo, unos pasos delicados debajo, y ya estamos en el camino de la ermita.

            Un mito que ha caído. Ya nos tratamos de tú. Muy poca distancia, no llega a 4 km. Muy poco tiempo, 2h 20’. Mucho menos en movimiento, 1 hora, lo que da idea de la inclinación. Y lo que también da una idea es la poca diferencia entre el desnivel máximo (285 m) y el acumulado (320 m). Hoy no nos hemos enfrentado a largas distancias, ni a grandes desniveles. Hoy nos hemos enfrentado a unos fantasmas que no hemos dejado crecer. Un verdadero placer.



Las fotos, en:

El track, en:

Quién te cerrará los ojos

ENTRENOS
Cruz de Zopín (935 m)
y Antoñanzas (890 m)
Jueves, 2 de octubre de 2014



            Confirmamos lo escrito con anterioridad sobre estas tierras. Tierras de tez reseca, pero de entrañas generosas. Tierras que han repelido, repelen, por lo de fuera; pero que han atraído, atraen, por lo de dentro. Tierras, en definitiva, que valen más por lo que ocultan que por lo que muestran. Son lugares a los que llegan gentes mayores en busca de unos tratamientos que les alivien de sus dolencias y, que en mayor o menor medida, lo encuentran. Gentes, en general desnaturalizadas. Gentes carentes de cultura sobre el medio, encasilladas en una sociedad más preocupada en la curación (o no) y su negocio, que en la prevención. Más preocupada en adorar al becerro de oro que en un auténtico contacto con la naturaleza, de donde podemos obtener sus beneficios, pero durante toda la vida, y no solamente cuando se llega a sus postrimerías, y de los cuatro elementos, y no sólo de las caldas aguas.

Cruz del Zopín
            Como hemos dicho en otras ocasiones, cuatro son las cruces que en alto vigilan Arnedillo, una por cada punto cardinal. En el Zopín (935 m) tenemos la que correspondería al norte. Para llegar a él, uno de los arranques bien puede ser ese lugar habilitado para las caravanas, desde donde se sigue por el sendero del barranco hasta que llegamos a su comisura, para descenderlo unos metros por el otro lado, y abandonarlo para tomar ya a la izquierda el que nos va subiendo por lazadas hasta el collado. Es un camino que va ganando altura casi sin enterarnos, viendo el pueblo cada vez más pequeño, cada vez más lejos. Se pasa por debajo de unos viejos y ruinosos corrales, y se llega hasta un collado, ocupado por una explanada calzada de toscas piedras y viejos usos. Hasta aquí, casi doscientos metros de desnivel, y menos de media hora. Seguimos en dirección lógica por el sendero de la derecha, hasta llegar al roquedo cimero del Zopín, prominencia donde se halla su cruz, la que alcanzamos tras unos pocos metros de fácil trepada. Veinticinco metros más alto. Tres minutos más lejos.

Jara, la reina del lugar
            Junto con la Peña del Castillo, son las dos prominencias rocosas que cierran el curso del Cidacos a esta altura de su trayectoria, como a mitad de su corta vida. Sólida cruz de hierro, inclinada ante tanta belleza. Un mundo a nuestros pies. Divisamos las otras tres guardianas, y a desandar lo andado hasta el collado, para seguir por el camino hacia el interior de la Sierra de Hez, hasta llegar a otro collado, que lo atravesamos, perdiendo de vista ya esta cuenca de Arnedillo. Un cuarto de hora más de trote, por el paco de estos montes, para dar salida a la pista que continúa la carretera de la cantera, que dejamos a la izquierda con su febril actividad. El intenso aroma de jara inunda el espacio. Embriaga. Hasta aquí bien, terreno conocido. A partir de aquí, a improvisar. Nos ayuda el tener el objetivo (Antoñanzas) a la vista, pero tres lomas más al oeste; y también el mapa del GPS y sus varios caminos, no siendo ninguno evidente, de modo que hay que elegir.

El ocaso se cierne sobre Antoñanzas
            Nos encomendamos a San Tentón. Descendemos unos metros de pista, y en una. pronunciada curva a la izquierda nos salimos de ella para tomar una incipiente senda, que la seguimos dejándose acariciar, hasta dar con una estrecha pista, que tomamos a la derecha, y cuya proyección nos convence. Sigue más o menos la curva de nivel, entrando y saliendo de varios barrancos, hasta que nos deja en una loma, encarándonos ya hacia el barranco que sube al pueblo. Pero al final de esa loma… se corta el sendero del mapa… se pierde el sendero del terreno. Al otro lado del barranco tenemos a la vista el que inequívocamente pensamos que irá a Antoñanzas. No hay otra que bajar al fondo de ese barranco y pillar esa traza. Lo hacemos. A partir de aquí son hitos los que nos guían. Nos separan del pueblo unas rayas de inclinadas piedras que atormentados movimientos orogénicos han dejado al descubierto, y un sinfín de terrazas herbosas, trabajadas por rudos brazos, esperanzadas de verse nuevamente pastadas. Si supieran. Menos de cien metros de desnivel, que se nos hacen quinientos.

Agonía de piedra
            Finalmente llegamos a dar con este osteoporótico esqueleto de un cuerpo abandonado a su suerte. Viejas casas espaldadas. Músculo atrofiado por su inactividad. Corrales rotos, vacíos, preguntándose que qué han hecho mal. Vísceras reventadas emocionalmente por el abandono. Ya no viajan hormonas en sus fluidos. Ya no hay circulación. Ni secas capitanas rodando por sus calles, sólo barzas inundan su iglesia. Santos que ya no amparan. Sin cerebro. Sin pulso. Como cantaba el ilustre Labordeta: “… quién te cerrará los ojos, tierra cuando estés callada…”.

Hueca espadaña
            Una vuelta por el pueblo, en busca de algo mejor. No lo hay. Otra vuelta. Tampoco. La naturaleza lentamente va recobrando lo que es suyo, con el amargo aliento de la gente que se fue, de la gente que lo abandonó todo… y se fue, de la gente que dejó sus raíces... y se fue. No se nos van de la cabeza viejas coplas del mencionado maestro: “… dónde se van, dónde se van, cuando la noche llega, invadiendo el olivar, dónde se van, dónde se van; con su frío y su cansancio, con su lenta soledad, dónde se van, dónde se van. Y la tarde ya pardea, ya se pone el sol, nuestro amo…”. Nos hacemos cuerpo, nos hacemos tierra. Nos vamos. Como así lo hicieron sus últimos moradores, las familias de Saturnino Latorre y Anastasio Pérez, que abandonaron en el primer lustro de los 60 este pueblo del municipio de Munilla, todo rodeado por terreno de Arnedillo.

Las ruinas del olvido
            El camino de regreso ya no tiene pierde. Desandamos lo andado hasta el fondo del barranco y tomamos el sendero que nos va sacando de él. Cuarenta minutos de auténtico disfrute trotándolo, nos da para cambiar de barranco, pasar por un corral en ruinas y salir a la carretera de la cantera, donde se nos termina la aventura. Como un kilómetro asfaltado y volvemos al punto de partida.

            Tristes montes y soledad, agradecidos por haberlos acompañado en la nuestra. Todo ello en 12,4 km y en poco más de 3 horas, de las que 2h 20’ han sido en movimiento, para salvar unos 450 metros de desnivel entre el punto más alto y el más bajo, saliendo unos 750 positivos acumulados, y los mismos de descenso. Satisfechos. Sí. A pesar de todo, satisfechos.
  


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