viernes, 17 de junio de 2016

Tres Mojones y Ermita, en la Sierra de la Virgen

IXOS MONS
Tres Mojones (1.421 m)
Ermita (1.418 m)
Miércoles, 15 de junio de 2016



            Villarroya de la Sierra, cuyo nombre no es preciso explicar, tiene un pasado medieval convulso, que a partir de 1120, con la reconquista de la zona, comenzó a ser tierra cristiana. Muy próxima a la muga con Soria, sólo la reunificación de Aragón con Castilla por los Reyes Católicos le trajo algo de estabilidad y desarrollo, estando hoy en día en franco declive demográfico, con lo que sus moradores no están muy conformes, aferrándose a su pasado y a su destino en la tierra que les ha visto nacer. Esta villa ha sabido vivir a orillas del Ribota, entre las sierras de Armantes y de la Virgen, que vierte a aquél y al Aranda. Una sierra que forma parte del Sistema Ibérico Zaragozano, y que la cobija de los cierzos más airados. Una sierra que ha visto pasar el tráfico de la época a través de la histórica Vía Romana Saguntum – Bilbilis, que unía el Mediterráneo con tierras aragonesas, y posterior enlace al Cantábrico y a Francia, y por la que se trazó la N-234 que nos ha traído hasta aquí. Una sierra a la que hoy, con José Antonio, visitamos para auparnos a las máximas alturas de ella en esta comarca de la Comunidad de Calatayud.


Cuidados viñedos
            La idea es hacer la segunda y tercera cumbres de la sierra, que son el Tres Mojones y el Ermita, con apenas tres metros de diferencia. Partimos, pues, de Villarroya, de donde sale el PR-Z 96, que con 14 kilómetros lleva al caminante hasta la misma cumbre de este segundo monte, que alberga, además del complejo del santuario varias instalaciones de antenas de comunicaciones. Un PR que circula por la pista, que hasta la mitad está asfaltada. Esa primera parte discurre entre cultivos de almendros, cerezos y vides, y nos lleva al comienzo del monte Salcedo, donde el terreno comienza ya a empinarse y a cubrirse de pinos. En uno de esos claros del bosque, y a punto de dejar el asfalto, dejamos el rodante, para seguir por la pista de tierra, con nuestro llamativo objetivo a la vista.

Tomando el GR 90.2
            Tras una amplia lazada a la izquierda, y como a kilómetro y medio recorrido, encontramos a mano izquierda un viejo letrero que nos indica la toma de un atajo, una tentación difícil de resistir. Lo tomamos, y por un incipiente sendero vamos ganando altura, hasta que se pierde, pero al tener las antenas a la vista, no hay ningún problema de pérdida. A lo que llegamos a los primeros riscos, que para salvarlos ya estábamos buscando visualmente la canal más adecuada, volvemos a encontrar esa traza de sendero, que no dudamos en seguir, pero que nos lleva faldeando en dirección este, hasta dar con la pista una vez superado el collado de la Cruz de Piedra, donde nos incorporamos al GR 90.2 en el tránsito entre Aranda de Moncayo y Viver de la Sierra, justo antes de la última curva para llegar ya arriba.


Llegando al santuario
            La llegada a la planicie cimera es sorprendente, porque te abre unas espectaculares vistas sobre el Aranda en primer plano, con su vega y su embalse Maidevera, y el Moncayo y sus dominios después. No menos espectacular es el recinto que tenemos en la cumbre. Ese complejo que alberga al santuario de la Virgen de la Sierra, en cuyos legendarios orígenes no ha faltado ni el pastor ni la aparición, cuenta con la iglesia y un buen número de edificios anejos, que desvelan un pasado lleno de actividad. Se dice que hasta sanatorio para enfermedades de pulmón llegó a ser, al margen, claro está, de hospital de peregrinos. La romería desde Villarroya es el sábado de Pentecostés, y desde Calatayud el último domingo de agosto. Pero en lo alto del monte tenemos además varias antenas de telecomunicaciones, nada integradas en el entorno.


Tres Mojones y la Grajera
            Nos encaramamos al vértice geodésico, aupado a una zapata de varios metros de altura, desde donde damos un vistazo rápido a todo ello, y tras un bocado rápido, bajamos al collado por la pista, con la intención de ir al monte de al lado, al Tres Mojones, no sin antes subir a otro que tenemos antes, la loma de la Grajera, al que nos aupamos en cuatro patadas. Y desde él, al segundo objetivo real, que con un gran mojón, su nombre hace mención a tres, y es porque confluyen los términos municipales de Villarroya de la Sierra, Aniñón, y el de Jarque, en la comarca ya del Aranda.   

        
De vuelta
             Volvemos de nuevo al collado, y nos incorporamos al PR-Z 96, cuyas señales amarillas nos acompañan por la pista ya hasta el vehículo, contabilizando una distancia de 13,6 km, con 4h 30’ de tiempo total, del que 3h 20’ han sido en movimiento, con casi 700 metros de D+ y correspondiente descenso. Si hubiéramos hecho el recorrido íntegramente andando, nos hubieran salido 30,9 km, con 1.100 metros de D+. Un lugar emblemático, sin duda, de un bello rincón de la comarca de la Comunidad de Calatayud, recorrido en buena compañía.

  


domingo, 12 de junio de 2016

Las Peñas de Herrera y La Tonda, la diadema de Talamantes

IXOS MONS
Peñas de Herrera
Del Camino (1.542 m)
Alto del Picarrón (1.591 m)
La Tonda (1.498 m)
Sábado, 11 de junio de 2016







El más sombrío y triste
de los páramos cruza;
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas.
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

Las Peñas de Herrera nos aguardan
            Acertadas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, que bien pueden definir estos páramos donde los dioses anduvieron listos para poner cada cosa en su sitio, donde el azul, el verde, el marrón y el blanco hacen girar las estaciones en derredor de ese monte cano, de ese Moncayo. Tierras mágicas sin duda, que atraen al visitante, y que no ponen resistencia a mostrar sus encantos, todos sus encantos, sólo si con gran respeto y admiración se está dispuesto a escudriñar. Y esa es la actitud que hemos querido tener hoy frente a este paisaje, austero pero lleno de riqueza, tosco pero amable, sobrio pero ebrio de belleza, callado pero elocuente en su mirar. Paso a paso, verso a verso, nos hemos acercado a una de sus manifestaciones más virulentas, más salvajes, más llenas de rasmia, de poderío. Sí, de vosotras hablamos, de las Peñas de Herrera, grandes muelas en las encías de estos montes. Con los amigos de la Asociación Senderista de La Huecha las hemos visitado, y como La Tonda nos miraba de reojo, también la hemos contentado.


Un alto en el camino
            Talamantes. Siete de la mañana. En nuestro llegar a ese lugar y a esa hora ya hemos visto la cumbre del Moncayo auparse para dejarse ver sobre un espeso manto de brumas, al propio tiempo que los cielos no vaticinaban una jornada soleada. Preparativos para salir del pueblo. Un ambiente rosáceo envuelve esas peñas, nuestro destino de hoy. Partimos por el GR 90.1, que nos mete por el barranco de Valdeherrera, o Fuendeherrera. Aquél no le es fiel a éste, y nosotros sí. Pero se da cuenta y sale a nuestro encuentro al mismo tiempo que nosotros del barranco. Breve parada para agruparnos, y con las peñas desnudas ya ante nuestra vista nos vamos acercando a ellas describiendo las zetas que marca el sendero.

Moncayo y barranco de los Moros
            Peñas de Herrera. Son varias. Cuatro las mayores. Amigas, hermanas todas, pero les gusta marcar distancias. De SW a NE, de izquierda a derecha de nuestra vista, van de más alta a menos, y ante la escasa toponimia oficial unificada, se denominan con los números romanos, del I al IV. Hay quien les pone nombres: Alto del Picarrón, del Camino, del Medio, y de la Gotera, por ese orden. Todas asumibles sin ningún problema, excepto la del Camino, la más grande, que no la más alta, y que para acceder a ella hay que superar una chimenea muy estrecha con algún bloque empotrado, provista de una cuerda con mejores anclajes, para superar el II+/III- de dificultad y poder auparse a lo más alto. Eso es lo que hacemos un reducido grupo de cinco personas tras superar el collado que, entre la II y la III da vista al Moncayo, con el barranco de los Moros en primer término.


Sorprendente planicie cimera
            Mientras el gran grupo sigue el sendero, nosotros nos salimos de él para tomar un no sendero que acompaña nuestro jadeo para arrimarnos a la pared. Enseguida se nos muestra esa desafiante chimenea, que sólo con decisión hay que acometer. “Si me quieres superar, por aquí has de pasar”, sentimos todos en lo más íntimo. Tras superar una pequeña zapata rocosa nos metemos ya de lleno en ella, y ayudados por la cuerda y sus nudos vamos trepando por oposición para alcanzar la salida, que nos ofrece un sorprendente altiplano donde la vegetación se pace a sí misma. Felicitaciones, contemplación y visión amenazante sobre el Alto del Picarrón, esa Peña I de Herrera, que ostenta la mayor altura de todas.

           Y con esa intención bajamos con sumo cuidado asiéndonos a la cuerda. Flanqueamos por lo más corto el espacio interdental de una a otra muela. Le damos la vuelta, y por su cara más SW encontramos una herbosa y cómoda subida, que se le supone artificial para dar acceso a ese castillo de Ferrera, que da nombre al entorno. Tierras fronterizas, tierras de batallas, de conquistas, de disputas por la fe y el territorio.


            Bajamos de nuestras particulares disputas con la roca, la fe y el territorio, y nos incorporamos al grupo, que dándoles la espalda a estas imponentes peñas, tenemos ya frente a nosotros el siguiente objetivo, La Tonda, a la que vamos accediendo por ancha pista, con excelentes vistas a dos aguas… o más. El día parece que se ha olvidado de sus amenazas mañaneras y nos va acompañando amablemente. Llegamos a un cruce de caminos, donde hay que vencer alguna tentación, porque nos muestra uno directo a Talamantes. Se vence. Un poco más adelante, se incorpora el ascenso de la Calcenada de Primavera, ya andado en otra ocasión. Un camino que viene de Calcena por Valdeplata.


Duras rampas para subir a La Tonda
            Unas duras rampas, como la paciencia que tenemos que ir ablandando, nos separan de esta nueva cumbre que no tardamos en hollar, tanto como media hora. El nombre de Tonda nos sugiere redonda. Así es este monte, en cuyo alto convive un vértice geodésico y una pequeña caseta con gran antena y placa solar. Y algo más, un decorado cuadrilátero de blancas piedras, con el nombre de Eva en su interior y un crucifijo, nos hace suponer que es lo que parece.

Talamantes a la vista
            Al margen de todo ello, fotos, alegría, y para abajo, dirección ya Talamantes, al que tardamos como hora y media en llegar. Por pista primero, y por sendero después, adentrándonos en otro de los bellos y fecundos barrancos, el de Valdetreviño, que confluye en este pueblo que heroicamente aún resiste en esta montaña. Un pueblo que vamos viendo ya según bajamos para incorporarnos de nuevo al GR 90, que abandonamos parcialmente para seguir por sendero entre silencioso bosque, donde nos encontramos una menos silenciosa fuente, la del Boticario.

            A la entrada ya en Talamantes encontramos la ermita de San Miguel, de origen románico tardío (siglo XIII), llegando al pueblo por el GR 260, sobre la una de la tarde, habiendo cubierto 18,1 km, con 5h 40’ de tiempo total, del que 4h 25’ han sido en movimiento, y con en torno a 1.200 metros de desnivel positivo acumulado. Una generosa vuelta por estos montes, en buena compañía. Muchas gracias a todos.
  

  

El track, en:           http://www.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=13652098

viernes, 10 de junio de 2016

Sierra de Lupera, el balcón del Alcanadre

IXOS MONS
Sierra de Lupera (1.436 m)
Jueves, 9 de junio de 2016


            La magia es algo inmaterial, que tiene sus defensores y sus detractores. Y tan inmaterial es, que su concepto es etéreo, como ella misma. Nosotros la definiríamos como la capacidad de transformar, de mejorar las cosas, los seres también. Estamos ante unos paisajes duros, hoscos, con profundos cañones y altivos escarpes, que albergan escasos, pero amables corros de tierra otrora humanizados, y que se ven transformados diariamente por esa luz, por esos vientos, por la lluvia, por el tiempo que se escapa entre sus dedos, y que sin duda los hacen más atractivos. Eso es lo que sentimos cada vez que volvemos a estas tierras, a esta Sierra de Guara, justamente protegida como Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara, porque toda magia, toda transformación debe ir siempre en la buena dirección.


Mansas aguas del Mascún
            Hoy, la volvemos a visitar para impregnarnos de esa magia, para ser partícipes de ella y de sus encantos, para comprobar de primera mano cómo esta primavera, en su fugaz visita, ha sido capaz de despertar lo que el invierno ha sabido guardar celosamente. Y antes de que el estío venga con sus lenguas de fuego, aquí hemos estado con el amigo Javier, para subir a una de las sierras, quizá menos visitadas y que se ha sabido aupar entre dos bellas y profundas gargantas, la del Alcanadre y la del Mascún, cuyas aguas a él vierten. Hoy nos vamos a Lupera.



Rodellar
            Poco más de las ocho de la mañana son cuando ya se ve bullir la actividad en este núcleo que capitaliza la actividad de escaladores y barranquistas. Por darle un aire diferente, decidimos cruzar el Mascún por el puente de las Cabras, para lo cual hay que salir del pueblo junto a la iglesia, y nos encontramos la señal del desvío antes de llegar al Kalandraka, refugio y lugar de encuentro de escaladores. Un sendero, que comienza flanqueando viejas parcelas con paredes de piedra seca, nos baja irremediablemente hasta el fondo que se ha sabido labrar el Mascún a lo largo de milenios. Nos sorprende un pequeño, pero bien plantado puente de piedra, de un solo ojo ligeramente apuntado. Dejamos las calmas aguas atrás, y tras su paso por él, nos espera una pechugada para subir una loma, Lobartas, por donde discurren varios senderos, que vamos tomando guiados por el sentido de la orientación más que por los indicadores, que no los hay.

Senderos de paz
            La parte alta está vestida de matorral bajo y de bojes, que heroicamente se van abriendo paso entre el lapiaz. La mayor espesura la aprovechan las cabras silvestres que pululan por estas tierras, y que le dan un mayor aire de autenticidad. Una vez que nos asomamos ya a dar vista a la confluencia del barranco de Andrebot, unas marcadas lazadas nos bajan a su collado, pasando antes por el desvío al de Barrasil, con su descenso sencillo para iniciarse. Desde los llanos del Seral, tomamos la dirección a Nasarre, pasando por debajo de los imponentes paredones del Puntón de Antrebod, que imaginamos esconden todavía muchos secretos. Una ligera subida y llegamos a otro collado que nos abre la vista al Gran Norte, y donde está situado el dolmen de Losa Mora, descubierto en 1935 por el profesor Martín Almagro. Un lugar privilegiado sin duda, lleno de historias y leyendas. Nos recreamos unos minutos y seguimos.


Camino a Lupera
            Abandonamos el camino de Nasarre para tomar el de la izquierda, y dirigirnos ya hacia nuestro objetivo, por definido sendero, que a cosa de 600 metros nos abre otro a la izquierda, que nos enfila ya, en franca ascensión, hacia los acantilados de la sierra. El sendero combina lapiaz con piso más cómodo entre erizones, y encajonado en el barranco en su tramo superior, que nos lleva a una encerrona entre la maleza, por la que tenemos que ir adivinando el paso hasta llegar a una de las prominencias de la sierra. Las vistas desde aquí son auténticamente espectaculares. Por delante tenemos la gran mole del Cabezo de Guara, con imponentes paredones calcáreos y grandes e inclinadas rallas que bajan a beber hasta lo más profundo del barranco del Alcanadre, formando esas Gorgas Negras, palabras mayores ya para los practicantes de barranquismo.


Majestuoso vuelo del alimoche
            La ligera calima reinante no nos impide la vista hacia esa cordillera pirenaica, que se nos muestra en todo su esplendor, desde el Bisaurín, en tierras jacetanas, hasta los confines ribagorzanos. El plácido planeo de los buitres hace nuestras delicias al tiempo que regulamos la respiración y echamos un bocado al cuerpo. Pero hay un ave distinta, no tan grande, blanquinegra, que alza su majestuoso vuelo muy próximo a nuestra vertical. Alimoche, buitre también, pero elegante, muy distinguido.

Delfín del Mascún
            Y con las mismas, tomamos el camino de descenso pasando por los mismos lugares que hemos pasado para subir. Hasta los llanos del Seral, porque vamos a bajar directos por el Andrebot, que nos conduce hasta el mismo lecho del Mascún, que encontramos completamente seco el corto tramo que media hasta la surgencia, que le aporta nuevo y fresco caudal. Los equilibristas de lo vertical andan por sus caminos verticales en este paraíso de caliza, que alberga vías de todas dificultades, siempre bajo la atenta mirada de ese delfín del vacío, vestigio de los que quizá algún día, hace millones de años, tuvieran ocasión de navegar por entre estos fondos marinos.


            No nos queda más que subir hasta el pueblo. Es algo que hacemos, concluyendo esta extraordinaria semi circular por estos bellos parajes, una vez pateados 16,3 km, en 5h 30’ de tiempo total, del que 4h 20’ han sido en movimiento, para salvar los más de 1.200 metros de D+, en una muy buena mañana en lo meteorológico, y en buena compañía.
  




jueves, 9 de junio de 2016

Pico del Rayo, la corona de Vicor

IXOS MONS
Pico del Rayo (1.427 m)
Martes, 8 de junio de 2016



            Sistema Ibérico que, como el conjunto de la península, toma su nombre del padre Ebro. Una cordillera que separa su cuenca de la gran Meseta Central. Una cordillera que alberga el nacimiento de otros grandes ríos, como el Duero, el Tajo, el Turia o el Júcar. Una cordillera, que no cuenta con las altas cotas de los Pirineos, pero que asombrosamente es más larga y ancha que ellos, es decir, que ocupa más extensión. Quizá por ello está más disgregada, menos concentrada, contando con cantidad de pequeñas sierras, no tan pequeñas cuando te adentras en ellas. Quizá por su menor altitud y latitud no padece de los rigores climáticos de nuestra cordillera por antonomasia. Hoy nos vamos a una de estas sierras, una de las que más se asoma a la depresión del Ebro. Hoy nos vamos a la Sierra de Vicor, o a la Vicora, como gusta de llamarla por sus lares, que se alza entre los valles del Grío y del Perejiles.


            De pequeños, hemos aprendido en la escuela que hay cuatro estaciones, verdad? Luego la vida va ajustando esos conocimientos. Por ejemplo, en Zaragoza y sus alrededores, no hay más que tres, el verano, el invierno y la del tren. La canícula empuja a esa apresurada primavera que ha venido y se fue. Y si sabemos que ha venido es porque nos ha dejado un monte precioso, como hacía años. No hay mayor currada en menos tiempo. Y ya tenemos aquí el calor, que se va a encargar de deshacer lo que ella hizo. Pero así es la vida, un ir y venir, y como hay que estar a todas, pues a ésta también. Nos apuntamos pues a ver de primera mano esos prematuros zarpados de calor que todo lo abrasa, y nos disponemos a subir al punto más alto de esta Sierra de Vicor, que es el Pico del Rayo, eligiendo un itinerario circular, aconsejado por el amigo Ángel, que de esto sabe mucho. Y fíjate si sabe, que creemos que ha acertado de pleno. Un poco largo, eso sí, pero de ese modo hay más tiempo de disfrutar de este pie de monte y de dos de sus rutas. Subimos por Aluenda y bajamos por Pietas. Espectacular. Vamos.


PR-Z 10 para llegar a Aluenda
            Ocho de la mañana. El Frasno. Mañana que promete… calor. Salimos con José Antonio, andando ya desde este pueblo, en plena campaña de la cereza. Y lo hacemos orillados por la carretera A-1505 hasta que en poco más de doscientos metros nos metemos por la PR-Z 10, que en este arranque es común al SL-Z 35, que lleva a las neveras por el sitio más corto. Los dos miran al cementerio. Los dos van unidos hasta que abandonamos éste último en una bifurcación y seguimos a la derecha por nuestro PR, que en unos cuantos cientos de metros más, abandona la pista para continuar por senda. Una senda que se pone tiesota para alcanzar un collado, que nos da vista al barranco de Aluenda. Cuando eso ocurre, ya es bajar hasta esta localidad, por entre viejas tablas ya poco utilizadas.

Repostando
            En poco más de tres cuartos de hora ya estamos bebiendo del agua de su fuente, frente a la parroquial de la Coronación de la Santísima Virgen, aunque hoy en día la fe, las creencias, los modos y maneras parecen escorarse hacia lo alternativo, al menos en este lugar, gracias a Lacasatoya (http://www.lacasatoya.com/), un lugar privilegiado para encontrar lo que buscas, o quizás para saber lo que buscas. Lo nuestro no va muy desencaminado, de modo que seguimos. Nos incorporamos al GR 90.2. Un corto tramo de pista, que se queda en el último de los campos que nos va acompañando, nos sitúa en el comienzo de un sendero que va subiendo por el barranco, bajo la sombra de pinos y carrascas, que nos mitigan el calor reinante. En poco más de media hora llegamos a la pista, donde nos encontramos a Jesús, que nos va a acompañar un buen tramo. Bajamos unos metros esta pista para visitar junto a ella a la nevera baja, que se retuerce en su agonía.

Nevera de la Erilla Alta
            Seguimos pista arriba, y en otro cuarto de hora llegamos a lo que llaman el collado de los Vientos, donde nos desviamos para meternos por otro Sendero Local hasta alcanzar la Nevera de la Erilla Alta, ésta sí, un poco más arreglada, con una valla de madera que hace de protección, y con un panel informativo, aunque la maleza se está aliando con el tiempo. Volvemos sobre nuestros pasos hasta el collado, y seguimos. Próxima está la carretera de restringido uso militar, pero que hay que cruzar para continuar por la pista, por la que discurre éste nuestro GR 90.2, que en media hora más nos lleva hasta el refugio del Acebal, que será donde nos desviemos a la vuelta.

Último esfuerzo
            Los claros del bosque nos permiten ver la cuenca del Grío, que media entre la sierra de Vicor, en donde estamos, y la de Algairén, enfrente. Al llegar a un collado, dejamos ya este GR, que se dirige a Viver de Vicor, y tomamos el SL-Z 36 para alcanzar la máxima altura de nuestra salida de hoy, el Pico del Rayo, que lo es también de Vicor, aunque dicen que es así desde la explanación que hubo que hacer para alojar todo el aparataje militar de avistamiento aéreo del cerro de Santa Brígida. Pues eso, unos 700 metros de distancia, 200 de desnivel y 25 minutos nos separan del nuestro. Y a él llegamos no sin hacer un último esfuerzo, porque lo merece, encontrándonos a Salvador y su perro, custodiando estos montes, para que sigan albergando vida. Dice que desde aquí se ven 67 pueblos, pero no será hoy, porque la calima lo impide.


            Además de Salvador, su perro y su TT, también cuenta esta cima con la caseta forestal, vértice geodésico, alguna antena y panel solar, y un par de curiosidades más. Una rosa de los vientos pintada de azul y blanco en una gran losa, y una cruz inscrita en la roca, que la tradición achaca su autoría a origen templario, por la forma de las aspas. Conversación, fotos, bocado y trago. Menos de cuatro horas para llegar aquí, y más de cuatro para marchar.

Llegando a Pietas
            El itinerario de vuelta es común al de subida hasta el refugio del Acebal, donde despedimos a Jesús, porque con José Antonio tomamos el sendero que nos baja por entre pinos y enormes ejemplares de acebo, hasta llegar al dominio Marigil, con su collado junto a la cumbre. Seguimos por el SL-Z 36 que, tras un campo de almendros se pierde entre la maleza, y hay que estar atentos, muy atentos, para no perder la traza, que nos lleva a una pista, y ésta a Pietas, por cuya gran ermita entramos a esta colonia veraniega, que espera a sus gentes, pero no al verano. Parada en su solitaria fuente, que aunque nadie la reciba, ella da. Ahora a nosotros, que bebemos y nos refrescamos. La dura y soleada cuesta nos sitúa en una pista que ya en poco nos saca a nuestra vieja conocida A-1505, pero que sólo la cruzamos para continuar por el SL-Z 36, que pasando por la Estanca, nos vuelve a dejar en el asfalto, a menos de un kilómetro ya de nuestro punto de salida, El Frasno.

Llegando a El Frasno
            Una extraordinaria circular, muy propia de este tiempo, aunque en esta ocasión los calores se nos han adelantado un poco, pero que la brisa que nos ha acompañado se ha esforzado por agradar. En total, han salido cerca de 23 km, en los que hemos invertido 6h 50’ de tiempo total, del que 5h 40’ han sido en movimiento, con un desnivel acumulado que pasa de los 1.400 metros, y los mismos de descenso. Sí, es cierto, un tanto larga, pero imprescindible para recorrer tantos puntos de interés, incluidas dos de las tres pedanías de El Frasno, como son Aluenda y Pietas. Claro que podríamos haber pasado también por Inogés, que senderos hay, pero eso será ya para otro día.
  




sábado, 4 de junio de 2016

X Marcha Nocturna de Zaragoza. "Deus lo vol"

ANDADAS
X Marcha Nocturna de Zaragoza
Viernes, 3 de junio de 2016


            La rutina, siempre considerada como aburrida, tediosa, monótona, algo que nos hastía, en ocasiones, para nuestro sobresalto nos oculta algún acontecimiento que también la sobresalta, cuando no la revienta viva, algún acontecimiento que nos hace volver la vista a ella y echarla de menos. Hay veces que la pura rompida de la calma, como un sórdido aldabonazo, te golpea tan bruscamente que te lleva a decir: bendita rutina. Hoy, la larga sombra del “Deus lo vol” ha teñido de oscuro la noche de Juslibol.



Nos vamos preparando
            Nueve de la ya casi noche en el pabellón. Incluida en el Calendario de Andadas Populares de la FAM, la numerosa legión de voluntarios de Os Andarines d’Aragón se afana en los preparativos para lo que va a ser una edición más de la Marcha Nocturna de Zaragoza… o no. Ya hemos participado en alguna que otra edición, que con salida y llegada en este pabellón, recorre los montes de este barrio rural hasta caer a los galachos, y tras incorporarse a la orilla del Ebro, lo abraza para no dejarlo prácticamente hasta la Torre del Agua, de la Expo, habiéndolo cruzado por el puente de la autopista, al que vuelve, para dirigirse ya de tiro al punto de salida, donde te preparan unos huevos fritos acompañados, para terminar la velada. Eso son los 22 km de la distancia larga, siendo los 13 sin cruzar el río y sin tocar el recinto Expo.


A punto de dar la salida
            Diez de la noche. Ya entre dos luces se da la salida, que se empina, se empina, hasta llegar a las antenas, y unas decenas más de metros de ancho camino hasta que se estrecha en senda. Es donde comienza el descenso por un barranco, tras del cual sigue el sendero que te invita a trotar. La noche está amenazante, ese inquietante “aire de tormenta” comienza a colonizar el espacio por el que transitamos, y nos envuelve hasta hacerse uno con nosotros. Vamos en cabeza, sólo superados por los que han decidido correr.

Comienzo de las escaleras
            La noche luce con sus mejores galas lumínicas y acústicas, y esperamos que no pase de ahí. Al cabo de media hora ya hemos recorrido toda la parte alta de estos montes, dando alcance al tramo de escaleras, que de forma vertiginosa te bajan a pico hasta el Centro de Interpretación de los Galachos del Ebro, un espacio natural protegido integrado en el término municipal de Zaragoza. Desde allí, un precioso sendero, y más de noche, rodeado de vegetación, te saca ya a un lugar próximo a la orilla del río, donde encontramos el primer avituallamiento, con caras conocidas. Tres cuartos de hora hasta aquí.

Desolación en el avituallamiento
            En poco más de una hora se recorre esa gran revuelta que da el río, cuyo tránsito se hace un poco tedioso, pero que está amenizado por la noche, realzada por el aparato eléctrico. A lo lejos, y por lo que adivinamos tiene que ser el tránsito que lleva a los galachos, se abren camino varios vehículos con rotativos luminosos naranjas, seguidos de uno azul. Nos parece excesivo. Llegamos al segundo avituallamiento, el que divide las dos distancias, sirviendo de cuarto a la vuelta de la larga. Pero no, hoy no hay larga. A nuestra llegada acaban de recibir el gran mazazo de la noche. Se suspende la marcha y todos sus actos, por el fallecimiento de uno de los participantes, lo que justifica tanta movida que hemos visto por la zona.


             Bien. No hay mucha información, sólo que hay que ir ya hacia el pabellón. Es lo que hacemos, y al poco de llegar nos enrolamos en labores de apoyo a los que han tenido que acudir al lugar del suceso, dejando lo que sigue al albur de la intimidad de la noche. Una noche con distinto amanecer para unos y otros. Una noche que nos hace pensar que estamos de paso y que no sabemos en qué parada se va a detener nuestro tren. Una noche que nos hace reflexionar sobre el tremendo desequilibrio en nuestra conjugación de los verbos tomar y dar. Una noche que llega al final de nuestras cuatro estaciones, o en mitad de cualquiera de ellas. Pero una noche que creemos no tan oscura como algunos piensan, y que eso nos da luz, por muy oscura que ella sea. Porque siempre hay un nuevo amanecer. Ricardo Clemente-Alloza. In memoriam.