lunes, 10 de agosto de 2020

Monte Perdido, testigo de una presentación de altura


AQUERAS MONTAÑAS
Monte Perdido (3348 m)
Jueves, 6 de agosto de 2020




“Hay algo de celeste en la belleza de los Pirineos.
Allí se vuelve uno soñador”
Henry Russell (1834-1909) Pionero de la exploración pirenaica

Portada del libro
            Sabias palabras del precursor pirenaico Henry Russell, y que han sido elegidas por los autores para dar comienzo a esta ingente obra de recopilación de la flora alpina de nuestra cordillera. Palabras sin fecha de caducidad, palabras eternas, palabras a las que les damos vida cada vez que nos subimos a alguna de sus cotas, porque son realmente acertadas. Sus horizontes, sus relieves se alzan al cielo para fundirse con él, para impregnarse de ese celeste que todo lo cubre con su color, con su dulzura, con su bondad. También podemos experimentar esa transformación onírica que raya en la frontera entre el cielo y la tierra, ayudados por ese sentimiento de agradecimiento infinito que se siente al alcanzar una alta cima.

Peña Montañesa, también soñadora

Cascada de la Cola de Caballo, en el Circo de Soaso
            Soñadores tuvieron que ser también los autores de este tratado botánico cuando, impulsados por su imparable afán científico de investigar, recopilar, clasificar y divulgar la flora alpina pirenaica, pusieron sobre las vías de la realización semejante tren cargado de ilusiones y de una paciencia infinita para, tras haber atravesado innumerables estaciones que han enriquecido su cargamento, han llegado finalmente a destino, con la consecución de un tratado botánico que recoge las casi mil especies de plantas que habitan en cotas superiores a los 2300 metros, lo que se da en llamar el Piso Alpino, y de nuestra cordillera precisamente. Sí, de todos los Pirineos, de una y otra vertiente, de una y otra región administrativa, porque la naturaleza no entiende de fronteras, ni de políticas, ni de rivalidades, solo entiende de sí misma. Unas especies que se van distribuyendo a razón de su hábitat predilecto, atendiendo a razones de altitud, geología, clima, radiación, y tantos y tantos otros condicionantes que solo ellas conocen, valoran y persiguen, y de lo que son objeto de este colectivo de científicos que ven en ellas y su comportamiento mucho más que su morfología, ven uno de los verdaderos testigos vivientes del delicado proceso climático cada día más irreversible.

Primeras luces en el Cilindro de Marboré

Taillon, Bazillac, Brecha de Roldán, Casco y Mundo Marboré
            El Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca (IPE), es el único centro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que se dedica a la ecología de montaña. Autores como José Vicente Ferrández, Manuel Bernal, Antonio Campo, José Ramón López y Víctor Ezquerra, además de Daniel Gómez que, como responsable del Herbario Jaca, ha coordinado la obra, son los que se han dedicado en los últimos cuatro años a recopilar toda la información existente y completarla, para incluirla en este tratado botánico, que ha sido condecorado con el Premio a la Edición por parte de la Fundación Félix de Azara, de la Diputación Provincial de Huesca (DPH), en la pasada edición de 1975. Un exhaustivo compendio diseñado y maquetado por Ernesto Gómez y editado y distribuido por Prames, pionero en nuestra tierra en la preservación y difusión de los valores medioambientales, paisajísticos y patrimoniales.

Tobacor

Cañón de Añisclo, desde la cima del Monte Perdido
            Y como flora alpina y montaña es un binomio inseparable, pues allí que nos han convocado para la presentación, nada más ni nada menos que al mismísimo Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en el corazón de los Pirineos, una de las máximas figuras de protección medioambiental de la cordillera, estrechamente ligado al instituto en sus labores científicas. Y allí hemos estado para que no nos lo contaran, para poder disfrutar de nuevo, una vez más, de una ruta botánica en uno de los “sancta sanctorum” pirenaicos, para poderlo combinar con nuestra pasión de subir montañas, de estrechar más si cabe ese vínculo que tenemos con ellas. En concreto, nos dirigían a la cima del Monte Perdido, tercera cumbre pirenaica y máxima altura de las Tres Sorores, o Treserols, como también gusta que la llamen.

Nos incorporamos a la comitiva


EL ASCENSO
Progresando
            La comitiva se había reservado parte de la aproximación para la víspera, acudiendo al refugio de Góriz, para salir sobre las siete de la mañana. Por nuestra parte, preferimos madrugar… y mucho, para darle alcance el propio día de la presentación. De modo que, previa autorización por parte del Ayuntamiento de Fanlo para acceder a la pista de las Cutas, algo que agradecemos a su alcalde Horacio, nos posicionábamos allí a eso de las seis y media, para salir con las primeras luces del alba. Unas luces que envolvían a Peña Montañesa en un mágico ambiente que se iba desvaneciendo con el tiempo.

En plena faena

Canal de subida al Pico Escaleretas
            Por no llegar hasta el refugio, fuimos acortando, incorporándonos a la ruta normal al cabo de algo más de hora y media, a la altura del primer resalte en el que hay que echar las manos para superarlo. La cuesta continuaba impenitentemente para posicionarnos ya en la entrada del circo de Góriz. Dejamos atrás un enorme hito y el arranque de la canal de entrada al Pico Escaleretas, cuando damos alcance a la comitiva, que creíamos más adelantada, pero las incesantes interrupciones de la marcha, justificadas por la observación botánica la iba retrasando.

En plena labor didáctica de los autores

            En lugares cómodos, la comitiva se iba deteniendo con frecuencia, para atender a las explicaciones que varios de los autores iban dando con respecto a las especies que iban apareciendo junto al camino, y que además de su identificación, se daba buena cuenta de las estrategias que la especie en cuestión pone en funcionamiento para su supervivencia. 

Nevero a rodear para alcanzar la plataforma de las cadenas

Acceso por la rimaya a las cadenas
            Bajo la plataforma de las cadenas hay un nevero, que este año ha decidido pervivir a los rigores del verano, siendo inusualmente más extenso de lo normal, obligando a rodearlo por la rimaya, lo que nos sitúa justo en el arranque del paso de la cadena, que superamos sin mayor dificultad. En media hora más, y superando el último resalte, alcanzamos la cuenca donde habita el Lago Helado del Perdido, uno de los vestigios de la época glaciar y que a sus casi tres mil metros de altitud conserva todavía banquisas que lo adornan y le dan un aire más alpino si cabe.

Lago Helado del Perdido


LA PRESENTACIÓN
Lago Helado bajo el Cilindro de Marboré
            Como en la comitiva los hay más botánicos que montañeros, y en previsión de que el esfuerzo realizado para llegar hasta aquí no tuviera continuidad para alcanzar la cumbre, se decide realizar in situ la puesta en escena de la presentación, que no es más que un formalismo sobre lo que se ha ido divulgando a lo largo de la ruta. Comenzaban las intervenciones con la de Daniel Gómez, que hacía un breve resumen de la estructura del libro, resaltando la importancia del estudio de la flora alpina como testigo de la evolución climática, haciendo referencia a alguna especie, como la Ramonda Micony, verdadera superviviente del Terciario, y que ya habitaba en las cumbres que quedaron por encima de los hielos de las glaciaciones del Cuaternario.

Durante el turno de intervenciones

Los autores
            Horacio Palacio, alcalde de Fanlo, daba la enhorabuena por el libro, y agradecía la presencia a los asistentes tanto al acto, como al extraordinario escenario elegido, agradeciendo también a Daniel Gómez la labor del instituto con respecto a la investigación y divulgación que realiza en el ámbito de los pastos de montaña. Seguidamente tomaba la palabra Modesto Pascau, Presidente del Patronato del ENP, quien participaba también de los parabienes acerca de la publicación, y deseaba una gran jornada montañera a todos. Para finalizar, era Elena Villagrasa, Directora del Parque, la que también daba las gracias a los asistentes por el esfuerzo que supone atender a esta singular convocatoria, resaltando el extraordinario escenario en el que se encontraban, a orillas del ibón y a los pies del Cilindro de Marboré y del propio Monte Perdido.

Foto de familia a orillas del Lago Helado, bajo el Cilindro de Marboré (imagen de Víctor Ezquerra)


LA CULMINACIÓN Y EL DESCENSO
Llegando a cumbe
            A continuación, era la mayoría de la veintena de asistentes quienes acometían las últimas rampas para acceder a la cumbre más alta del Parque Nacional, y tercera de toda la cordillera, no sin antes deleitarse con las extraordinarias vistas sobre el glaciar del Perdido, en claro retroceso, desde la plataforma de la ante cima. Una vez arriba, no se podía perder la ocasión de honrar a la tercera cota de todos los Pirineos, máxima altura del macizo de las Tres Sorores, que a lo largo de eones de tiempo ha configurado, y lo sigue haciendo, bellísimos valles, circos y cañones, como son el de Ordesa, Añisclo, Escuaín, Pineta, Estaube, Gavarnie

Vertiente norte del Perdido, con su glaciar y el Lago Helado de Marboré, desde la ante cima

Valle de Ordesa 
            Se reeditaba la foto de familia y se daba comienzo al descenso, que se hacía por el mismo itinerario hasta la pista de las Cutas, desde donde había comenzado la comitiva la ruta la jornada previa, y nosotros en esta misma, dando así por finalizada esta singular jornada de alta montaña, presentando una publicación de alto valor científico y divulgativo, contabilizando una distancia de 20,2 km, y empleando un tiempo total de 12h 50', del que 6h 40’ han sido en movimiento, lo que viene justificado por haberse tratado de una ruta botánica. El desnivel acumulado total ha rondado los 1515 metros. Una jornada de alta montaña, como decimos, que ha significado la culminación de más de cuatro años de minucioso trabajo, y el pistoletazo de salida para su divulgación y disfrute para los amantes de la botánica, de la montaña y de la naturaleza en general.

Foto de familia en la cumbre de Monte Perdido (imagen de Víctor Ezquerra)

Más fotos y el track

lunes, 3 de agosto de 2020

Ibón de Ip, de cuerpo turquesa y alma serena



IXOS MONS
Ibón de Ip (2115 m)
Domingo, 2 de agosto de 2020



            Acostumbramos a decir que un río nunca es igual, porque siempre lleva distinta agua, o que un paisaje tampoco lo es, porque tiene distinta luz. Lo mismo se puede decir de un paraje, que por mucho que lo visitemos, siempre nos recibe de modo distinto. No sé, será su luz, será su ambiente, será su carga de energía, tan volátil siempre… también somos cada uno, que no siempre estamos igual. Y es agradable ver como escritores de la talla de Marcel Proust, que transitó en la Francia de los siglos XIX y XX, nos lo dejó en esta frase: “El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”. Es lo que nos ocurre al llegar a lugares recónditos y llenos de belleza como el ibón de Ip, siempre igual, siempre distinto. Más de una docena de veces visitado, pero siempre nuevo, siempre sorprendente, siempre como la primera vez. ¿Será el ibón? ¿Será el entorno? ¿Será el ambiente, la compañía? ¿Será uno mismo? El caso es que de nuevo, aquí estamos, para disfrutar de la novedad.

Por el camino de la Besera

Progresando por el bosque
            Con seis miembros de Andarines del Club Atletismo Jaca, comenzamos una nueva salida a la montaña, abrimos un nuevo capítulo de esta nuestra relación con la montaña. Relación estrecha, entrañable, de mutua confianza. Puente de Arriba de Canfranc. Siete y media de la mañana, una mañana fresca, de ello se encarga la gabacha que ha inundado los valles abiertos al norte, y que deja pasar el frío viento, pero nosotros a lo nuestro. Al abrigo del bosque y de las primeras rampas, pronto nos ponemos a tono. Al cabo de media hora dejamos a la derecha el desvío para el ascenso a Collarada por la vía Russell, un tanto picantona para acceder a la joya de la corona de este extraordinario macizo a cuyo seno pretendemos llegar hoy.

Cabaña en los campos de la Besera

Un alto en el camino
            La frondosidad del bosque impide ver nuestra  progresión, pero no dura mucho, porque en otra media hora nos permite apreciar que ya estamos metidos en el ancho y profundo barranco, de cuyas dimensiones nos da una idea los grandes paredones de enfrente, por encima de los cuales discurre el sendero de la solana. Pasamos por los campos de la Besera, custodiados por esa cabaña de cúpula circular, y proseguimos la marcha con un ascenso cuándo tendido, cuándo más pendiente, lo que nos permite ir tomando perspectiva sobre las montañas del otro lado del valle del Aragón, Rigüelo, Mallos de Lecherines, el propio Lecherín

Paredones que sostienen el camino de la Solana

Junto a las majadas
            En menos de dos horas y media cruzamos el barranco y nos aupamos al terreno de las majadas, y en poco más alcanzamos la cuenca en la que ese gran ser de cuerpo turquesa y alma serena nos ofrece todo de sí mismo, nos hace partícipes de su frescura, nos deja fundirnos con su entorno, en el que nos integramos. Un entorno habitado por grandes cumbres de esta corona abierta al oeste para el desagüe de sus aguas, que rinden al Aragón. En el flanco norte tenemos la Moleta, las Tronqueras y la Pala de Ip, con sus dos cumbres. Por el este cierra el circo Punta Escarra, el Hombro de Escarra, los Campaniles de Ip, la Punta del Águila, la Pala de Alcañiz o Pico Bucuesa y los desafiantes Cuchillares. Y por el sur, Somolas, Peña Nevera, Pico del Fraile, Collaradeta, y la madre de todos, Collarada y sus Campaniles. Aunque no todos se asoman para reflejarse en las turquesas aguas, a todos les gustaría hacerlo.

Collarada, y al fondo los Cuchillares

A orillas del ibón
            Y como a nosotros también nos gustaría, no nos cuesta nada acercarnos a sus orillas, y con gran respeto para no profanar lo sagrado del momento y del lugar, disfrutamos de la cercanía de sus aguas y de un bocado, observando los brillos de la superficie, algo que nos lleva como tres cuartos de hora, al cabo de los cuales emprendemos el regreso. Y lo hacemos desandando los últimos compases para tomar la pista, que altiva discurre tomando perspectiva sobre el barranco, y que abrazados a la curva de nivel de los dos mil metros, tardamos casi una hora en recorrer. Una pista que sirvió en su momento para transportar toda la maquinaria que hizo posible la contención de las aguas del ibón y la construcción de toda la infraestructura para el aprovechamiento de las mismas, y que fue subida a piezas desde Canfranc Estación por el Carretón que acompaña a la tubería.

En un momento del tránsito por la pista

Sierra de la Magdalena, Rigüelo, Mallos de Lecherines,
Lecherín, Tortiellas, Borreguil de la Cuca, Pico del Águila
            Pues aquí estamos ahora, en el terminal superior de ese carretón, a más de ochocientos metros en vertical sobre la población, y que hemos de salvar a través de las interminables y juguetonas curvas. Pero antes, nos permitimos unos minutos para disfrutar de las vistas que se nos ofrecen sobre los grandes espacios, tanto sobre el valle del Aragón, como sobre el barranco de Ip, unos metros más abajo. Después de esa expansión de la vista y del alma no queda más que asumir la decisión de bajar ya sin la menor dilación, concentrándose los primeros compases en el empinado terreno, que nos brinda alguna ayuda en forma de grapas para poderlo salvar.

En un asome sobre el barranco de Ip

En pleno descenso
            Al cabo de una hora, una oquedad en la roca nos permite cambiar de margen sobre la tubería y las vías del carretón, y en otra media hora más alcanzamos la pista del Paseo de los Melancólicos, que en cinco minutos, pasando por ese búnker de la “Línea P” habilitado para visitas, llegamos a la central. Forzamos la marcha para pasar esos cientos de metros junto al nudo carretero, y alcanzar el túnel y su posterior descenso a la base de la presa del pequeño embalse. Nos integramos en el agradable tramo del Camino de Santiago, cuyo tránsito por el bosque recorremos en poco más de media hora hasta el punto de partida, a donde llegamos antes de las dos y media.

Corredor de los Militares, entre Collarada y sus Campaniles

            Menos de siete horas, por tanto, de tiempo total, del que en torno a cinco han sido en movimiento, para recorrer 18 kilómetros y salvar un desnivel acumulado total de 1240 metros D+/-, en una mañana que nos ha ofrecido lo mejor de sí misma, y que lo hemos sabido aprovechar en buena compañía.


Las fotos y el track

viernes, 31 de julio de 2020

Los Astazus, desde las profundidades de los mares

AQUERAS MONTAÑAS
Pequeño Astazu (3015 m)
Gran Astazu (3071 m)
Jueves, 30 de julio de 2020



            Dogen Zenji, maestro Zen del siglo XIII, y fundador de la Escuela Soto, la mayor del budismo japonés, a lo largo de más de veinte de sus cincuenta y tres años de vida, dejó un legado contenido en casi 100 libros, en los que recogía sus reflexiones y recomendaciones para una correcta vida monacal zen. Traemos hoy una de sus numerosas frases: “La mente no es otra cosa que montañas y ríos y la amplia tierra, el sol, la luna y las estrellas”. Y nos recuerda esa otra de Hermes Trismegisto, creador y precursor del hermetismo, que nos dejó en su Tabla Esmeralda: “Lo que es arriba es abajo, y lo que es abajo es arriba”. Y así es, porque la estructura del universo está en nuestro interior, y a través de nuestra mente podemos tener acceso a ella, aunque sea de forma inconsciente. Si nos pasamos el tiempo pensando en cosas banales, hablando de cosas banales, deseando cosas banales, seremos arrastrados hacia la banalidad. Sin embargo, si pensamos en asuntos más sustanciales, si los sentimos, si hablamos de ello, si nos dirigimos a ello, estaremos enriqueciéndonos.

Hacia lo grande

Grandes espacios para expandir nuestra mirada y nuestra mente
            Y como se trata de eso, de enriquecernos, permanentemente estamos buscando en nuestra mente la forma de hacerlo, y en ese ejercicio, son las montañas las que ocupan gran parte de nuestro tiempo y espacio, porque son ellas las que nos elevan, y no solamente de forma presencial. Son ellas las que nos conquistan, permitiendo que contemplemos la vida desde las alturas. Son ellas las que hacen que elevemos nuestra conciencia y nos observemos allí abajo, en el valle, esperando que nos alumbre el sol y viéndolo desaparecer a media tarde, cuando aquí arriba, tanto el físico como el psíquico, luce muchas más horas, y con ese enriquecimiento bajamos de nuevo al valle, al espacio mundano… aunque más protegidos.

Espuguettes, el pueblo de Gavarnie en el fondo del valle y el nevado Vignemale

Lago Helado de Marboré y brecha Tucarroya
            Hay montañas cercanas y montañas lejanas. Las hay fáciles de subir y otras no tanto. Las hay más amigables y otras más duras. Hoy hemos elegido unas en las que se combinan varios de esos factores. Por una vertiente están más cercanas, pero son más altivas; y por la otra son más accesibles, pero están más lejanas. Por el primero de los lados, la cara norte, se asoman de forma altiva al espacio Espuguettes, que rinde al bellísimo y majestuoso circo de Gavarnie; y por la sur a los inmensos espacios de Marboré, con su lago Helado y su vasta morrena, testigo de un pasado glaciar que conformó el valle de Pineta, de donde partimos hoy para dejarnos conquistar por los lejanos Astazus.

En el Cul de Pineta, listos pata partir


LA LARGA APROXIMACIÓN
En elpuente, sobre las primeras aguas del Cinca
            Una aproximación que, si se nos permite comenzaba con la salida en rodantes de Jaca a las cinco de la mañana. Dos horas para llegar al Cul de Pineta, entendiendo como tal la parte baja del gran circo que forma este valle de origen glaciar. Al filo de las siete, pues, comenzamos plácidamente subiendo por la pista, pensando que vamos a tardar entre 9 y 10 horas en volver cansados, pero más plácidamente todavía. En poco menos de media hora, nos dejamos mecer por los aires y la proximidad de las aguas de un recién nacido río Cinca, que con prisas pasan por debajo de un puente despeñadas unas cuantas decenas de metros tras haber salido del útero. Nos introducimos en el sendero, que de forma seria nos va a ir subiendo y subiendo… ¿hemos dicho subiendo?  Pues sí, y mucho. Vamos dejando atrás varios desvíos, el de los llanos de Lalarri a la derecha, el de la faja Tormosa a la izquierda, y el del puerto de la Lera y Estaubé a la derecha de nuevo.

Último paredón a superar para llegar al Balcón de Pineta

Valle de Pineta, desde el balcón
            Dejamos a la izquierda los grandes paredones y nos incorporamos a las interminables zetas del camino, hasta alcanzar el Balcón de Pineta, un lugar privilegiado desde donde se puede contemplar el valle de Pineta en todo su esplendor, una ancha cuenca en forma de “U” que las épocas glaciares han sabido crear. Casi tres horas hasta aquí merecen respiro, bocado y trago. También las curvas de nivel nos dan ese respiro, al menos hasta el Lago Helado de Marboré, que no recordamos haberlo visto nunca sin banquisas de hielo… mantendremos el nombre, al menos. Casi media hora por unos muy amplios escenarios, bajo la atenta mirada del lánguido glaciar de Monte Perdido.

En el Balcón de Pineta, con el telón de fondo del glaciar de Monte Perdido y el Cilindro de Marboré


LAS ASCENSIONES
En el Lago Helado de Marboré, con la brecha de Tucarroya al fondo
            Alcanzamos el ibón, con su característica Brecha de Tucarroya enfrente, que hace un tajo entre el pico homónimo y el de Pineta. Seguimos hacia nuestros objetivos. Hora y veinte minutos para recorrer la zona kárstica junto a la inmensa morrena que ha dejado el glaciar al retirarse, y ascender hasta el collado de Astazus. Una morrena que nos recordaba nuestro tránsito por el glaciar del Baltoro, con la diferencia de que lo que aquí ha sido poco más de una hora, allí fueron dos semanas, y con el glaciar por debajo de los derrubios, algo que aquí ha desaparecido.

Circo de Gavarnie

En el Pequeño Astazu
            El asome a este collado nos da vista al mencionado espacio Espuguettes, con su refugio, y al grandioso circo de Gavarnie, bajo los enormes paredones que forma el mundo Marboré. El ascenso a esta primera cota, el pequeño de los Astazus, es cómodo, llegando en un pis pas. Nos ofrece lo mismo, o un poco más, que el collado, unas vistas impresionantes sobre el valle francés, incluida su población, que sabe mucho de los precursores pirineístas y sus andanzas por estas montañas. Nos llegamos hasta el final de la arista para valorar el paso al Gran Astazu, y parece que no le gusta que lo miremos por encima del hombro, de modo que optamos por ceder y bajar hasta las proximidades del collado, para dirigirnos hacia su base y subir al collado Swan, que alcanzamos por terreno poco consistente en 15 minutos, seguido de bonito cresteo en otros 25.

Descendiendo del pequeño

El Vignemale
            La cima de esta montaña, aunque algo ancha, es una enorme quilla lanzada a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, desde donde ella sabrá, pero desde luego, desde algún lugar de las profundidades de esos mares, y que se nos muestra como una enorme ralla, exponiendo sus estratos con sumo orgullo. Nos sentimos pequeños ante la idea de los enormes movimientos orogénicos que han logrado todo ello, y que han hecho posible que estemos, millones de años después, subidos a lomos de esta singular montaña, admirando, además, los vestigios de esas épocas glaciares, de hace menos tiempo, apenas unos segundos comparado con las primeras, en las que los hielos cubrían y modelaban todo cuanto vemos, y que se han quedado reducidos al agónico glaciar de Monte Perdido, que adorna la cara norte de la tercera cumbre pirenaica.

El Gran Astazu, desde el collado Swan


EL DESCENSO
Lago Helado de Marboré, Norte del Perdido y del Cilindro de Marboré
            La bajada se hace inminente. Vamos buscando alguna vira para tratar de escorarnos a nuestra izquierda, con el fin de ir recortando terreno. Como una hora hasta el lago, y otra más hasta el Balcón de Pineta. Dejamos atrás todo este terreno caótico, pero en continuo movimiento, aunque imperceptible ante nuestra mirada y nuestra mente. Última mirada, y pensamiento también, a los grandes macizos que presiden este gran espacio, porque hemos de dirigirlos hacia nuestros siguientes pasos, que han de discurrir por las interminables zetas para descender de este bello lugar, al que le hemos metido tres horas para subir y dos para bajar.

El viejo Astazu

Últimas zetas para el Balcón de Pineta
            El calor aprieta en la bajada, y la llegada al bosque se hace de rogar. Pronto a la cómoda pista, que se coge con agrado después de más de diez horas de pateo. Como pensábamos en los comienzos del ascenso, el tránsito hasta los vehículos es un auténtico paseo triunfal, llegando cargados de muy buenas sensaciones, aportadas por habernos dejado conquistar por unas montañas de altura, ubicadas en lo más profundo de un circo otrora habitado por los hielos eternos… hasta no hace mucho tiempo.


El Lago Helado de Marboré y su vieja presa

            Ha sido una larga e intensa jornada de Alta Montaña, por uno de los sectores del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, a la que le hemos dedicado 10h 40’ de tiempo total, del que 7h 20’ han sido en movimiento, para recorrer 20,2 km, y salvar un desnivel acumulado total de 1875 metros D+/-… así, resumido en cuatro líneas. Y quince horas de puerta a puerta, que también cuenta.


Las fotos y el track