lunes, 15 de septiembre de 2014

Peña Oroel, y sus tres puntas

IXOS MONS
Peña Oroel
Punta Bacials (1.698 m)
Punta de Sora (1.707 m)
Cruz de Oroel (1.769 m)
Domingo, 14 de septiembre de 2014


            Como un barco varado en el seco mar del Campo de Jaca, a merced de todos los vientos. Esa es la Peña Oroel. Tanta veces vista, tantas veces contemplada, tantas veces subida y bajada, tantas veces tomada como referencia para el tiempo local. Hoy, de nuevo, abordamos esta gran nave, y lo hacemos por estribor, para ir superando en decidida diagonal esa línea de flotación y auparnos a cubierta muy cerca ya de popa recorriendo los cuatro kilómetros de eslora hasta la mismísima proa, una proa que altiva se erige desafiante frente a los vientos dominantes, en una mañana en la que la amenaza de galerna era patente. El buque insignia de Jaca, con suaves pendientes a babor y grandes paredes escarpadas a estribor.

En plena progresión
      En estos términos tan poco montañeros nos manifestamos hoy para contar esta historia tan doméstica para nosotros. Con Sara y Javier nos disponemos a recorrer todo lo largo de la parte superior de esta gran atalaya sobre el Pirineo, que es Peña Oroel. Y lo hacemos tomando el sendero normal que parte del Parador y se adentra en el bosque, comenzando a tomar altura desde el mismo momento de su inicio.

La magia del bosque
             Treinta y tres son las curvas en las que se pliega el sendero. Bien, es en la trece de donde sale uno más estrecho pero bien delimitado y que te sube por lugares más discretos y solitarios hasta la inmensa planicie cimera, pasando por unas zonas en las que se sienten los sollozos de los abetos, que debido a las altas temperaturas y a la baja humedad se encuentran desplazados de su verdadero hábitat, separados de los bosques que se encuentran en latitudes más septentrionales. Los últimos compases del sendero son unas cortas y empinadas zetas que te aúpan a esa gran extensión que es la antecima, habitualmente ocupada por una gran cabaña equina. Estamos en una gran llanura inclinada y en vaguada, orientada al sur. Sin duda, una gran sorpresa y alivio para nuestra vista acostumbrada a trabajar en corto entre el camino del bosque.

Vista nordeste desde Punta Bacials
            Un sur abducido por unos oscuros nubarrones, que no le tiene envidia al norte, que ya los está descargando. A ver cómo nos va. Desde aquí, hay que ir adivinando, porque no hay una traza clara de sendero. Hay que dirigirse hacia el este, hacia unas grandes agrupaciones de boj, para entre ellas ir buscando esta cima este del macizo, llamada Punta Bacials (1.698 m). Si esta nave estuviera en movimiento, estaríamos viendo el rebufo que va dejando, y que no es otro que toda la solana este de esta sierra, debajo mismo de nosotros, y más hacia el norte, la Balancha y la Estrecha, separadas por esos Capitiellos con sus formaciones características de sinuosos dientes de sierra. Para alcanzar visualmente el siguiente macizo, nos tenemos que esforzar para hallarlo entre las brumas. Santa Orosia, Oturia, Sobrepuerto por los cuatro costados.

            Volvemos sobre nuestros pasos hasta el desvío, lo superamos y continuamos, ahora sí, por reducido camino entre erizones, salpicado de hitos, hasta la Punta de Sora (1.707 m), situada aproximadamente a mitad del recorrido, justo antes de unos antiguos neveros, puestos en valor, que se abren a nuestra vista a unos metros más abajo de donde estamos. Se trata de unos viejos depósitos en los que se almacenaba la nieve, que era bajada con caballerías para uso doméstico.



Neveros de Oroel
            Al poco, llegamos ya a encima del collado, al que nos baja un serpenteante y descendente tramo de sendero. Es justo la salida del bosque de la subida normal. Desde aquí tomamos el sendero más cercano a la cresta, para no perdernos nada de lo que pasa por ahí, y que se une al señalizado más abajo en un punto próximo ya a alcanzar la Cruz, donde la suma de piedras por cada caminante han hecho un hito de grandes dimensiones. Llegamos pues ya a esa centenaria cruz que domina todo el Campo de Jaca, y que acompañada por un vértice geodésico, con sus 1.769 metros, es la cima más alta de la Peña Oroel.

Vista oeste
            Aún se puede alargar más la travesía cimera y acercarnos hasta la mismísima proa de esta enorme nave, la punta oeste, desde la que se domina hasta el Moncayo y los Picos de Urbión, si la climatología lo permite. Hoy, no. Lo que sí vemos es desmayarse la Balancha en brazos de la Canal de Berdún, que a su vez lo hace ya sobre las aguas del pantano de Yesa, que tampoco hoy se nos hace visible.

Vista norte
            El norte, el gran norte, lo tenemos ocupado por grandes borrascas que con enormes estruendos anuncian las cortinas de agua que van corriendo de oeste a este. De hecho, uno de esos nubarrones se está situando bien encima de nosotros, pero disimulamos y nos hacemos el despistado, mientras nos retiramos por si acaso. Nuevamente la Cruz y por el camino del fondo de este pequeño valle cimero, nos llegamos de nuevo al collado, para tomar el camino normal de descenso. Y una tras otra, las treinta y tres curvas nos dejan en el Parador.

Cruz y mirador norte
            Hemos recorrido uno de los dos macizos que componen el Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel, que con sus 9.514 ha, alberga un singular conjunto geológico en estas llamadas Sierras Exteriores del Pirineo, constituyendo uno de los mejores ecosistemas de media montaña. Un agradable paseo, en una amenazante mañana que finalmente nos ha respetado. Poco más de 12 km, en 4h 10’, de las que 3h 25’ han sido en movimiento, para hacer como 600 metros de desnivel, saliendo sobre 800 acumulados positivo, y los mismos de descenso.  




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sábado, 13 de septiembre de 2014

Llena de la Garganta, la eterna segunda

AQUERAS MONTAÑAS
Llena de la Garganta (2.608 m)
Jueves, 11 de septiembre de 2014



            La bella localidad de Aísa encabeza el valle donde se asienta y que lleva su nombre. Un valle que se desparrama en la llamada Solana de Jaca, y que comienza, como casi todos, en un circo, rodeado de altas montañas. Un circo cuya bicefalia le da una singularidad que pocos tienen. Nos estamos refiriendo a los parajes llamados Napazal y Rigüelo, siendo más bien en éste último donde están las fuentes del río Estarrún, que lleva al Aragón las esencias de estos solitarios lugares.

El sol asoma por la Magdalena
            Es un mundo calcáreo que, a lo largo de siglos y milenios, se ha dejado acariciar, y no sólo acariciar, sino modelar, por las aguas que riegan este bello rincón pirenaico, dejándonos una zona kárstica de singular importancia geológica. El devenir de la orogénesis pirenaica ha colocado una corona en la cabecera de este valle. Y esa corona tiene varias perlas, pero tres de ellas destacan sobre las demás. Son el tridente Aspe y las Llenas de la Garganta y del Bozo, una alineación este-oeste que si ya es abrupta en su cara sur, abierta al mediodía, lo es mucho más en su vertiente norte, que ya se asoma hacia ese septentrión húmedo, vegetado, atlántico, que es el valle del Aspe.

Recién superado el embudo
            La historia de hoy comienza con una convocatoria con 24 horas de tiempo, que también está bien. Son propuestas que no se deben rechazar. Y ahí estamos claro. Tres somos los que nos dejamos seducir por la hermana mediana de esta pétrea familia. Tres josemaris en acción, que antes de las nueve de la mañana ya estamos abriendo la puerta de esa valla para acceder a Saleras, desde donde partimos hoy. Un Saleras seco, lánguido, que en dos semanas se ha visto privado de su frescura, y que acoge a un recién nacido río con dificultades para crecer, un río que en otras ocasiones nos hemos visto negros para cruzar, y que ahora se muestra de lo más dócil.

            Las primeras luces de la mañana se nos han venido echando encima a partir ya de Aísa, y ahora es el sol el que quiere tomar su protagonismo como rey del firmamento. Un sol que se levanta vigoroso, con vocación de no perdernos de vista ya en todo el día. Un sol que se va a aburrir y que se va a cebar con nosotros.


Progresando
            Los primeros compases de esta partitura son comunes a los de la sinfonía del Aspe, concretamente hasta bien subido el llamado embudo, que acometemos con la misma paciencia que hemos de tener toda la jornada en este sube piedras sin parar. La gran mole de lomo caído nos ve llegar y se crece. Cuanto más cerca, más crecida. Dejamos que el camino del Aspe se vaya por la derecha, y nos metemos en un mundo de seres de piedra, inanimados en apariencia, que el agua de los siglos nos ha ido dejando con curiosas formas, redondeadas unas y en forma de afilados cuchillos otras, que hacen extremar la atención para evitar que te engullan. Una roca que se muestra blanda con el agua y dura con las gentes que por aquí venimos, aunque sea para admirarla.

La espuma del mar de piedras
            Una hora de entretenido deambular por este mar de piedras y alcanzamos la base de la muralla, cuyas faldas se descomponen en una extensa glera cuya inclinación le impide fijar un sendero estable. Aprovechamos todo lo más que puede hacer por nosotros, dando término en la base de una corta chimenea donde hay que echar las manos para progresar. A partir de aquí, un cuarto de hora de dulce pisar por suelo mixto de roca y tasca que nos sube hasta la cima, y que nos permite asomarnos a los abismos norteños de este macizo. A nuestros pies, un extraordinario valle colgado que desemboca en la chorrota del Aspe hace las delicias visuales, por nombrar algo cercano.

Collarada, Lecherines, Rigüelo, Magdalena
            Aspe y Llena del Bozo se alinean a uno y otro lado. El resto del circo lo componen el pico y punta Napazal, Bozo, Petrito, Mesola y Cucuruzuelo por el oeste. Y por el este, lo que queda  de la Muralla de Borau, Sombrero, Lecherines, con los pies en la cuenca del Aragón, Rigüelo y la Magdalena. Y que me perdonen los que no nombramos. Estamos en la mayor altura de todos ellos, sólo superado por el Aspe. Estamos en un macizo donde el Pirineo, que nace en el Cantábrico, comienza a hacerse adulto, asistiendo a la mayoría de edad de una cordillera que comienza arrastras, sigue de rodillas, y por aquí amenaza con levantarse… y lo consigue. Tras el Bisaurín, es el pico siguiente al filo de los 2.600 metros, que nos encontramos en una cordillera que va decididamente en busca de esa mítica altura de los tres mil metros.

Tras el repaso a la estadística, y a los montes que la encarnan, y mal que nos pese, no queda otra que dejar por aquí tranquilos a estos gigantes de piedra que hagan su labor, y tomar el camino de vuelta, que al hacerlo por el mismo itinerario hemos de ir deshaciendo detalladamente, paso a paso, todo lo hecho en la subida, contabilizando en total 10,3 km, en 6h 45’, de los que 4h han sido en movimiento, para salvar un desnivel de 1.137 metros, haciendo casi 1.200 acumulados. Bien, pa’ chicos ya vale.




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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Aneto, el Sancta Sanctorum

AQUERAS MONTAÑAS
El Aneto (3.404 m)
Domingo, 7 de septiembre de 2014




            Todo en esta vida tiene dos caras. También la codicia, la avaricia. Vamos a centrarnos en lo bueno, porque lo malo ya nos lo recuerda a cada momento esa que se cree la dueña de nuestra conciencia. Y el aspecto positivo, y copiamos la 2ª acepción del Diccionario de Lengua Española de la RAE, no es otra cosa más que ese afán, esas ansias, de desear cosas buenas. Y ya teníamos ganas de encontrarle una virtud a tan denostado defecto. Sí, porque no sólo hay que hablar de objetos, de bienes materiales, no, precisamente esas “cosas buenas” rehúyen de todo eso. Las “cosas buenas” esencialmente son momentos, lugares... Momentos vividos con personas con las que te une un conocimiento, una amistad, pero fundamentalmente el compartir esta irrefrenable pasión por el mundo de las montañas, y esos son los lugares.

En Benás, la víspera
            En las montañas se encuentra la libertad física y del espíritu. En las montañas se encuentra uno con la verdadera dimensión de ese mundo natural que nos pone a cada uno en nuestro sitio. En las montañas se encuentran esos lugares extremadamente bellos que tanto admiramos. En las montañas se encuentra el lugar y el momento para, con profundo respeto, poder alzarnos sobre sus más altas cimas e intentar comprender por qué están ahí, qué las hace empinarse hacia arriba, hacia lo más alto, como los brazos de un niño buscan a los de su madre. Y si es algo que ocupa nuestra mente y nuestro corazón cada vez que nos aupamos a una de ellas, con más razón cuando lo hacemos sobre la más de todas ellas, sobre la más alta entre ellas, sobre la que más amplifica, si cabe, esa experiencia mística que representa siempre el subir, subir y subir.

En un momento de la progresión
            Con Sara, Silvia, Ástrid, Juan, Rafa, Paco e Isidro, con la ayuda técnica de David, y por un itinerario poco habitual, hemos culminado la cima de las cimas. Con su permiso, hemos hecho pie en su majestad el Aneto, que con sus 3.404 metros de altitud se alza como el punto más alto de la cordillera pirenaica. Hemos realizado, decimos, la consecución de una de las salidas programadas por la Sección de Montaña del CP Mayencos para la presente temporada. Sí, comenzamos la recta final del verano subiendo al gigante de los gigantes por el inconmensurable mundo Coronas, otrora indiscutible glaciar, que al retirarse ha dejado al descubierto un amplísimo circo abierto al sur, con una enorme suma de tarteras, ocupadas por una sucesión de ibones como grandes ojos de mirar infinito, cuyo húmedo lacrimal destila sin cesar esas gélidas aguas por encima y debajo de un excesivo mar de bolos de granito que hacen agudizar la atención, mejorar el equilibrio y reforzar los tobillos.

Nuestros precursores (heraldo.es)
          Desde la antigüedad, siempre se han asociado a las montañas y sus altas cimas con las divinidades, y ésta que nos ocupa no puede ser menos, naturalmente. Leemos a Santiago Broto, que tanta profusión literaria sobre el Pirineo nos ha dejado, lo que nos dice sobre el propio nombre de Aneto. “La más remota tradición suponía que este monte era la residencia de un dios, cuyo nombre sirvió para designarla; se cree que para los íberos, el Sol era el dios Neto, y según esto, los habitantes del valle acabaron llamándolo La Neto, con su evidente transformación posterior”. Otros autores, como el francés Reboul, en 1817, lo deriva de la población Néthou, la última aragonesa regada por la Noguera Ribagorzana, antes de entrar al valle de Arán.

Primeras visiones del Aneto
            Muchas rutas suben a la cima. Todas son largas, pero tanto la normal como ésta, no ofrecen grandes dificultades, a excepción de la cresta cimera, el llamado Paso o Puente de Mahoma, que para atravesarlo es necesario extremar la precaución. Franqueville, en su relato de 1845 decía al respecto: “Estamos separados del pico por una arista extremadamente aguda; a la derecha, bajo nuestros pies, se abre un abismo en cuyo fondo se despliega el glaciar de Coronas y las aguas negruzcas de su lago; a la izquierda, a una profundidad un poco menor, la porción oriental del glaciar del Aneto desciende con una inclinación pronunciadísima. La cúspide de esta arista está cubierta de granitos disgregados por la helada o dislocados por el rayo, y muy peligrosos, a causa de su poca estabilidad. Sin embargo, ese puente de Mahomet es la única vía que se nos ofrece para llegar al fin tras el que vamos desde hace tanto tiempo”. Sin que hayan disminuido los riesgos, evidentemente, esta visión ciento setenta años más tarde se queda un tanto obsoleta, pero habría que añadir que hoy en día un nuevo factor se suma, y es lo pulidas que están las presas donde echar las manos, debido a la gran masificación que padece este lejano y altivo rincón del Pirineo.



            Hoy es nuestra montaña. Hoy es nuestro momento. Vamos con los detalles. Nos acoge Benás la víspera entre tormentas y amenazas de pocos cambios, sin embargo una luna casi llena se alza sobre Sarllé (en patués Benasque y Cerler, respectivamente), que alumbra un firmamento completamente limpio de esas amenazas. Pocas horas más tarde, ya la tenemos paseando a lomos de la Sierra de Chía, con intenciones de irse a dar lección a otra parte. Son las cuatro de la mañana cuando eso ocurre, y tras ese escandaloso madrugón, nos dejamos mecer por el bus a través de la pista que cuelga sobre Ballibierna hasta sus mismísimas entrañas, hasta Puente Coronas, a casi dos mil metros de altitud.

Restos del fogonazo una hora más tarde
            Seis de la mañana. La noche duerme, y entre sus sueños nos deslizamos hasta que lentamente, muy lentamente, va dejando abrir sus párpados mostrándonos la belleza inigualable de estos mares de granito salpicados por los ibones de Coronas, verdaderas reliquias glaciales que pacientemente han ido abriéndose su hueco en el paisaje. No tan lentamente ha sido el sobresalto producido en los cielos por un gran fogonazo muy cercano, hacia el NE, y que deja una larga y duradera estela, que se convierte en una nube plomiza, que tarda alrededor de dos horas en disolverse. Todavía de noche, nadie habíamos visto nada semejante. Luego nos enteramos de que fue un llamado “bólido o bola de fuego”, como lo denomina la Red de Investigación sobre Bólidos y Meteoritos, perteneciente al CSIC, y del que dice ser “partículas de origen interplanetario, que penetran en la atmósfera terrestre a velocidades comprendidas entre 11 y 73 km/s. Tales partículas son rocas desprendidas de asteroides, cometas o, más raramente, pueden ser incluso rocas de la Luna o Marte”. Éste, que ha caído sobre Cataluña, ha sido registrado por el citado instituto como el “SPMN070914, 04h56m46.7±0.1s T.U.C.”, y es que, efectivamente, fue avistado cerca de las siete de la mañana, desde puntos muy lejanos del territorio nacional.

En el Gran Hito
            La emoción por semejante destello en una noche a punto de dejar de serlo, nos ayuda a sobreponernos al murallón que media para alcanzar el plató donde se asienta la Pleta o Ibonet de Coronas, el primero de todos ellos, que vamos pasando impenitentemente.  Cuatrocientos metros de desnivel más, y el Ibón Inferior lo dejamos a nuestra derecha. No confundirse con los hitos que nos llevarían a la Cresta de Llosás, otro itinerario que lleva a la cumbre del Aneto, pero más técnico. Mucho más que el Paso de Mahoma que se elude.

Preparándonos para cruzar el nevero
            El Ibón Medio de Coronas, el más grande, se queda a la izquierda, y le sirve de espejo al Aragüells, una pirámide de gran porte, que con sus 3.037 metros de altitud es la última cima que sobrepasa la mítica barrera, y desde la que se va descolgando la divisoria de Coronas con Cregüeña hasta el mismísimo pico de Estatás, que hace de pivote entre Ballibierna y el principal, encima ya de Plan de Senarta.

Superado el collado
            Enseguida alcanzamos el Ibón Superior de Coronas, que lo dejamos a la derecha, enfilándonos ya hacia ese collado, hacia esa puerta que como otras, comunica el norte con el sur de este extraordinario cordal de los Montes Malditos, que ya están siendo visitados por unas nubes que también gustan de estas alturas. El pronóstico para hoy no era el mejor, y peor que la falta de visibilidad serán las tormentas que se vayan formando por la tarde. Veremos.

Circo de Coronas
            Dos horas y media largas para superar ya todos los ibones de este extenso circo, y otra hora más para toparnos con el primer nevero, que dada su escasa inclinación pasamos bien. Continuamos. Son las diez cuando nos vamos acercando ya a la base de la corta muralla para subir al collado, y nos encontramos con el último nevero antes de llegar a él, que ya nos pide a gritos que lo acariciemos con pinchos. Y ya sin quitárnoslos acometemos la subida a este collado, a tramos por piso muy descompuesto, y que nos da vista al mundo norte del macizo, con su comatoso glaciar, al que nos incorporamos para rematar esta ascensión.



En la antecima, con los preparativos
            Poco más de cinco horas para llegar a la antecima, donde la indecisión quiere ganar la partida. Una partida que ya venía hace horas, por no decir días, preparando, colándose a hurtadillas por entre las neuronas de algunas personas más llevadas por el mito que por sus propias potencialidades. Pero no, no lo permitimos. Esta partida la ganamos con decisión y aplomo. Con confianza en el cordón umbilical unos, y sueltecicos otros, pasamos el Puente de Mahoma, para llegar hasta la mismísima cima del Aneto, un paso definido como el purgatorio necesario para alcanzar el paraíso, esa única cumbre pirenaica capaz de mirar por encima del hombro a todas las demás, y no por dificultad, pero sí por su altura y belleza.

Al norte, vertiente de Barrancs
            Dentro de ese paraíso se encuentra el que, coincidiendo con nuestra llegada, Eolo se ha hecho cargo de los nubarrones que se habían instalado por aquí, lo que nos permite disfrutar de unas vistas excepcionales sobre todo nuestro alrededor. Sobre la extensísima cuenca de Coronas, por la que hemos subido. Sobre Ballibierna, a la que rinde cuentas. Sobre Barrancs y Aigüalluts al norte. Sobre el resto del macizo por el este… y por el oeste. En fin, que sería muy largo nombrar todo lo que nuestros ojos ven y tanta y tanta dificultad tienen para asimilar, por más ayuda que le preste nuestra alma en tan dichosa tarea.

Comenzando el paso
            La redondeada cima alberga un vértice geodésico, una enorme cruz y una imagen de la Virgen del Pilar, que han hecho hueco desde hace poco tiempo a una pequeña capilla que alberga una imagen de San Marcial, patrón de Benasque, en cuyo municipio estamos, siendo el que más extensión aporta a las 33.440,60 Ha del Parque Natural Posets-Maladeta, estando solapadas además, las figuras de protección de los Monumentos Naturales de los Glaciares Pirenaicos, LIC (Lugar de Interés Comunitario) Posets-Maladeta y ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) Posets-Maladeta, lo que en su conjunto le proporciona ese plus de atractivo para tantas y tantas personas que lo visitan a lo largo del año.

De regreso por el Paso de Mahoma
            Para la mayoría de nosotros era la primera vez que se llegaba al techo del Pirineo. Sensaciones indescriptibles. Emociones desatadas. Discreto homenaje a un amigo, a un compañero de montes que queriendo llegar, se quedó por el camino. El haber estado aquí una y otra vez no le resta emoción, que hay que contener para centrarse en la vuelta por esta estrecha y afilada cresta. Ya es paradójico que para acceder a la Cruz, a la Virgen y al Santo, haya que hacerlo a través de Mahoma. Pero no deja de ser anecdótico. Lo que cuenta es el Templo, donde todos cabemos, y donde bajo el palio del sol y de las estrellas, de una u otra forma todos rendimos culto.

Descendiendo del collado
            Cinco horas y media para llegar a cumbre, más el cuarto de hora de disfrute. Y aun habiendo sido largo hasta aquí, sólo estamos en la mitad. Hay que bajar, y lo hacemos por el mismo sitio, disponiendo de cuatro y media si queremos llegar al autobús de las cuatro de la tarde. Sin prisa, pero sin pausa, vamos cerrando todos los capítulos del libro que hemos ido abriendo en la subida. Antecima, pedregal, crampones, glaciar, despedida del mundo norte, cuidadoso, cuidadosísimo, descenso del collado, nevero y crampones a la mochila. A partir de aquí los montes de nuestro alrededor se van haciendo más  grandes a cada paso que damos. El circo nos va engullendo. Pasos cortos y resbaladizos en ocasiones, y largos con grandes equilibrios en otras.

A nuestro paso por el nevero inferior
            Un ibón, otro y otro. Las fuerzas van mermando, la distancia no es mucha, pero el recorrido es explosivo. Y como con paciencia se alcanza todo, también nos valemos de ella para ir bajando y bajando, mirando con ojo y medio el suelo que pisamos, y con el otro medio los negros y espesos nubarrones que se van formando por la zona del Ballibierna y Culebras. Alcanzamos la pleta, y acometemos el vertical descenso, cuya visibilidad esta mañana la noche nos ha negado. El tiempo pasa y nuestro ritmo se acompasa. Cuando ya vamos viendo claro que llegamos al autobús, comenzamos a preocuparnos por la tormenta. Aguanta, le decimos, con una cierta autoridad que sabemos no tener; de vosotros depende, nos responde con su voz atronadora. Y sí, se porta, nos da tiempo de llegar, que lo hacemos con casi media hora de anticipo sobre el bus.

Marrón por el Ballibierna
            Las frías aguas de esta cuenca de Coronas arrastran hacia el Ballibierna el cansancio de nuestros pies, que chapotean en ellas en busca de un merecido alivio. No han sido los casi 13 km, no, han sido los en torno a 1.500 metros de desnivel acumulado positivo, y otros tantos de descenso, que hemos hecho en poco más de nueve horas y media, de las que seis han sido en movimiento. Como contrapartida, las emociones por todo lo vivido nos han dado alas para superar todo el esfuerzo. Unas expectativas cubiertas, incluso superadas, que ya tienen acomodo en las runas de nuestra memoria y que van a perdurar ahí durante largo tiempo, especialmente para los neófitos en estas grandes alturas. Como siempre, gracias a todos y a todo.

  




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domingo, 31 de agosto de 2014

Rocher École d'Esquit

ESCALADA
Rocher École d'Esquit
Domingo, 31 de agosto de 2014


            Las brumas se mecen por entre los entresijos del bosque, trayendo un otoño temprano que los árboles ya presienten. Bosques que respiran Atlántico por todos sus poros, y que nos los encontramos al otro lado de los Pirineos. Es lo que tiene la vertiente norte.

            Y allí nos hemos acercado en esta mañana, última del mes de agosto, para hacer unos toques en la húmeda caliza. Oficio que ya teníamos olvidado y que nos falta mucho, mucho, para ponernos al día. De todos modos es divertido volver a colgarse, volver a sentir la roca entre los dedos, volver a ver el mundo desde algo más de altura.


        Nos hemos soltado en tres o cuatro vías que hemos repetido hasta que nos hemos cansado… que ha sido pronto, claro.



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Ordesa desde el alero. Faja de las Flores

AQUERAS MONTAÑAS
Faja de las Flores (2.400 m)
y Tozal del Mallo (2.254 m)
Viernes, 29 de agosto de 2014



            El desarrollo de la raza humana ha sido secularmente por tierra. Cuando necesitó más expansión vinieron las conquistas marinas. Y luego… luego sólo quedaba el aire, que ha ocupado los sueños de los precursores, de los atrevidos, de los osados. Algo de esto último hay que tener para teniendo los pies en el suelo subirse a uno de los aleros de Ordesa, desde donde se tienen las vistas más espectaculares del cañón y de los montes cercanos, sin obviar, naturalmente, todo el cordal de Monte Perdido, desde la Punta de las Olas, hasta los Gabietos. Un lugar sin duda emblemático, y no sólo del Parque Nacional, sino del Pirineo entero.

Primeras trepadas
            Con estas expectativas, y con un no muy buen augurio de tiempo, salimos con Sara y Ástrid para su bautizo fajero. En época estival está restringido el acceso de turismos a Ordesa, por lo que hay que dejarlo en Torla y tomar el autobús, que por unos segundos se nos escapa el de las ocho, pero no preocuparse, cada quince minutos sale otro. El nuestro con cuatro gatos. Mañana indecisa en lo meteorológico. Nubes por arriba desperezándose, nubes por abajo ya desperezadas, y que más nos preocupan, quizá por eso, y porque en privado se hayan citado sobre nosotros a lo largo de la jornada. Iremos viendo, siempre hay tiempo de rectificar.

En la chimenea
            La Faja de las Flores es un itinerario prácticamente llano, colgado como a unos 2.400 metros de altitud, que son en vertical más de mil sobre la Pradera, y que recorre el macizo del Gallinero, uniendo el circo de Cotatuero con el de Salarons. Se puede hacer en las dos direcciones. Por Carriata, parte inferior de Salarons, hay dos alternativas, clavijas o sendero por la Fajeta, que también tiene sus tramos de trepada. Y por Cotatuero, por sus clavijas, que no tienen alternativa. Éstas últimas llevan asociada una pequeña chimenea, con clavos algunos doblados, y muy espaciados, al menos para los que no llegamos a la talla media. Hay que añadir que es un cauce natural de agua, y que normalmente está mojada, o incluso escurre agua. Todo esto lo decimos porque siempre es más aconsejable pillarla de subida que de bajada, por lo que la mejor dirección para disfrutar de la faja es la de este a oeste, es decir, la de salida del valle.

En las clavijas de Cotatuero
                Pues bien, esa decisión hemos tomado antes de ponernos a andar, que lo hacemos desde la Pradera en dirección a la entrada de Cotatuero. Muy poca gente en el valle. Nadie en nuestro camino, que vamos haciendo subiendo por el bosque, por un bosque desorientado, desconcertado, no entiende qué está pasando con el tiempo que tantas variaciones tiene, con las estaciones que también han perdido su esencia, su rumbo, su norte. Es algo que aturde, que desequilibra a los seres vivos, y si la salud es equilibrio... Con estas y otras reflexiones vamos subiendo impenitentemente por un camino de bosque que deja entrever, y creemos que va en aumento, ya demasiados ejemplares de árboles cuyos habitantes se han ido a morar a otros sitios. Quizá tenga relación con lo que estamos diciendo. 

Con el circo colgado de Cotatuero
            Pero sigamos. El trazado del camino nos va acercando al cauce del barranco, y es algo sonoro, es algo de lo que nos vamos apercibiendo. Media hora larga y llegamos al abrigo de troncos, muy próximo a ese puente desde el que se inicia la Faja Canarellos, que acerca al caminante hasta el Circo de Soaso. Un cuarto de hora más y dejamos a nuestra izquierda el desvío para otra faja, la de Racón, hermana pequeña de la que hoy nos ocupa, y que recorre el mismo macizo a menor altura.




Clavijas de Cotatuero
Foto de época de todocolección.net
            Al cabo de hora y media escasas llegamos ya a la otrora infranqueable muralla que cierra este Circo de Cotatuero. Merece la pena detenerse un poco ante esto. Muchas leyendas e historias se entremezclan a uno y otro lado de los Pirineos. El hombre siempre ha buscado pasos para permeabilizarlo y hacer más fáciles sus tareas de pastores, peregrinos, cazadores, contrabandistas, arrieros, que de una u otra forma siempre han querido mermar la dificultad que han ofrecido algunos de los pasos que ofrecían acortar distancias. En esta ocasión, estamos hablando de la ruta más corta entre Torla y Gavarnie, que tiene su paso natural por la Brecha de Rolando, y como acceso por Ordesa, por este Circo de Cotatuero.

            Fue Bartolomé Lafuente, a la sazón herrero de Torla, el que recibió en 1881 el encargo del cazador inglés Edward Buxton, para fabricar e instalar 33 clavijas en este imposible paso. Se dice que fue la primera equipación de España, y que fue el mismo Lafuente, el que ayudado por su paisano y pescador de truchas Miguel Bringola el que las colocó taladrando la roca. También se sabe que el coste para el inglés fue de 250 pesetas de la época. Y también, que no las usó, porque por motivos familiares tuvo que volver a Londres, y ya nunca regresó. Evidentemente, los precursores del montañismo no vieron con buenos ojos ese “ultraje a la montaña”, pero con el tiempo, no sólo se fueron acostumbrando a ellas, sino que las pasaron y traspasaron. Como nosotros.

Tobacor
          Tomando las debidas medidas de seguridad, acometemos la subida por la chimenea para encarar ya el paso de las clavijas. Suspendidas en los abismos de Cotatuero, se van pasando horizontalmente, hasta alcanzar los últimos pasos en vertical. Una corta trepada nos sube a un plató por cuyo seno se deslizan las aguas de este barranco ignorantes de lo que les espera. Algo muy común en los seres vivos. Este plató es la antesala de un precioso valle colgado que visualmente nos va a acompañar durante toda la subida hacia la entrada a la faja. Para ello hay varios itinerarios, unos más largos y suaves, y otros más cortos y abruptos. Optamos por uno de estos últimos, que primeramente nos va subiendo por sendero de hierba, flanqueado por enormes colonias de lirios que con su color azul intenso, viven su primavera particular. El contrapunto lo da algún ejemplar albino. Precioso. Conforme vamos ganando altura, conviven con pobladísimas colonias también, de Edelweiss.



Pico Blanco, Taillon, Dedo, Falsa
Brecha, Bacillac, Brecha y Casco
            Nos enfilamos hacia un enorme murallón calizo, con muchas canales que lo superan, pero no todas son válidas, además hay senderos que te despistan. Hay que estar muy atento a los hitos, para salvarla sin más dificultad que la propia de la pendiente. Una zona kárstica nos da la bienvenida a este mundo de espacios casi infinitos, cerrados al norte por el largo cordal que va desde los Gabietos, que miran a Bujaruelo, y la Punta de las Olas, que mira al collado de Añisclo. Entre unos y otros, el Pico Blanco, Taillon, Dedo, Falsa Brecha, Bacillac, Casco, Marboré y sus Cascadas, Espalda y Cilindro, Boudrimones, Soum de Ramond… y entre estos últimos, la joya de la corona, el Monte Perdido.

Marboré, Cilindro, Perdido, Soum
de Ramond y Punta de las Olas
            Sin ensimismarnos demasiado, que aún queda mucha tela que cortar, nos aupamos ya definitivamente hasta una enorme roca que, a la misma altura que la faja, marca ya el camino de acceso, que nos deja en otra gran piedra también. Aquí nos despedimos de estas vistas norteñas que tanto nos han embelesado y que hay que hacerles un buen sitio en nuestra memoria, ya empañadas por las primeras nubes que comienzan a engullir las alturas. Bien. Comenzamos la Faja de las Flores, que a lo largo de sus 3 kilómetros recorre las alturas de la Punta Gallinero. Algo menos de una hora de auténtico éxtasis visual y emocional para recorrer este singular itinerario de difícil acceso.

Disfrutando...
            A mitad de recorrido es cuando nos cruzamos con los primeros seres vivos de dos patas en todo el día. Una pareja de ingleses entrados en años. Otra pareja de jóvenes. Y otra. Nada más. Al llegar al Circo de Salarons ya vamos viendo las intenciones, las negras intenciones de los nubarrones que como sospechábamos se han dado cita sobre nosotros. Son casi las dos de la tarde y toca bajar. En un cuarto de hora nos presentamos en un plató en la parte superior de Carriata, donde está el desvío para las clavijas o la Fajeta. También, aunque no lo indica, se puede tomar el sendero para ir al Tozal del Mallo, que ahí está en su soledad, y que vamos a remediar, al menos por unos momentos.

... de la travesía
            Por agradable camino de tasca primero, y asomándose ya a los abismos en segundo término, nos acercamos hasta el collado que lo une a los inmensos paredones de Mondarruego. Cuatro pasos más y llegamos hasta la cima de este emblemático mallo, guardián desafiante y altivo de la entrada a Ordesa, pero asequible y manso desde estas alturas. Poco tiempo, muy poco tiempo en la cumbre, porque las nubes van avisando poco a poco. Volvemos al plató del cruce y tomamos la opción de la Fajeta, que si bien no tiene el inconveniente de bajar las verticales clavijas, no está exenta de dificultad por los destrepes que vamos encontrando. Media hora de adrenalina pura antes de llegar a la sirga. Y otra media hora ya de buen sendero para alcanzar el desvío de la Faja de Racón, por donde comienza ya a llover, débil pero persistentemente, que sólo aliviamos con la entrada en el bosque.

            Salimos a Casa Oliván, y en dos patadas subimos a la Pradera, donde el autobús de las cinco está presto para salir, y lo hace con nosotros. Cansados, pero felices, porque hemos hecho todo lo planeado y el tiempo, para lo que se preparaba, aún nos ha respetado. Han salido 16,7 km, en 8h 15’ de tiempo transcurrido, con 4h 50’ en movimiento, para hacer unos 1.400 metros de desnivel positivo acumulado, y lo mismo de descenso. Gracias a estas campeonas, por haberme acompañado en esta excepcional ruta.


Las fotos, en:
https://picasaweb.google.com/chematapia/FajaDeLasFloresYTozalDelMallo

El trac, en: