lunes, 29 de agosto de 2016

Ballibierna, con su Tuca Culebras y Llauset

AQUERAS MONTAÑAS
Ballibierna (3.059 m)
Tuca Culebras (3.053 m)
Llauset (2.910 m)
Sábado, 27 de agosto de 2016

De retorcido nervio
Y afilado colmillo.
Bicéfala montaña
Que a dos aguas viertes
A lomos de tus vetas
Queremos quererte”.


Llegando al Ballibierna
            Una montaña alargada, retorcida, salvajemente bella, fruto de eones de tiempo de sufrimiento geológico en un resurgir de las entrañas de la tierra, para tener su protagonismo rasgando el horizonte. Que miras por encima del hombro a toda esa tierra que te ha aupado y que forma parte de tu paisaje, de ti misma, de tus largas faldas cobrizas, y que está ahí para dar testimonio de lo que un día fuiste. Al sur, la inmensa cuenca del inferior de los Llauset, estreñido tras el cemento. Al norte, el valle de Ballivierna, excavado por un inmenso glaciar, y que media con el cordal más majestuoso del Pirineo, coronado por el Aneto, que alberga las mayores alturas, las más afiladas crestas, los más bellos ibones. En el terreno de los más grandes, que lo es, se halla este pequeño gran macizo, bicéfalo, siamés, unido por esa afilada arista capaz de albergar tan sólo alguna de nuestras falanges, aunque bien es cierto te permite subirte a ella a horcajadas en caso de apuro. Con identidad propia, el pico Ballibierna y la Tuca Culebras forman un indivisible conjunto en el que no se entiende el uno sin el otro, unidos por el afamado Paso del Caballo.

A la salida en el embalse de Llauset

Subiendo al Llauset
           Tras décadas de conocimiento de lejos, y por los cuatro costados, hoy por fin hemos estrechado lazos. Con Alberto del CER (Graus) y los mayencos Elena, María, Marieta, Javier, Carlos y Rafa, nos hemos aupado a su estrecho lomo, para reconciliarnos con él, para que no nos lo cuenten, para que su memoria y la nuestra sean una sola. Y como el pico Llauset, al sur del collado de su mismo nombre, nos ha estado mirando de reojo, también ha sido un gusto mutuo el haberlo visitado, a pesar de estar tan roto y de presentar un no muy fácil acceso, y porque los que no llegan a los tres mil también existen.

Cruce en el valle de Llauset, con la señalización de Senderos Turísticos de Aragón
Junto al gran hito, camino del ibón de Botornás
            Como la idea inicial era abordarlo por Llauset, aprovechamos la puesta en funcionamiento del nuevo refugio para quitarnos algunos metros de desnivel y como hora y cuarto de tiempo, acudiendo la víspera a dormir. Un refugio en el que ya estuvimos en la jornada de su inauguración, y que está construido con las más modernas directrices en cuanto a eficiencia energética. No son todavía las cinco y media de la tarde cuando llegamos al borde de las artificialmente apretadas aguas de Llauset, que nos recibe calmo, como es él, atemperando unos rayos de sol que se sabe ya en rendición, pero que va a aprovechar bien el tiempo que le queda. Y lo hace sobre nuestras cabezas en ese discurrir por sus orillas, hasta meternos en la pequeña cuenca del Botornás, un ibón infiltrado en este mundo Llauset.
Ibón de Botornás
            En el aperitivo de la cena estamos cuando se incorpora Alberto, que pensamos venía directo del trabajo, pero no, cómo va a perder tiempo, viene del pico de la Solana de Llauset. Bueno, presentaciones, y entrada en materia ya desde los primeros compases de la cena.

Arranque de la jornada en el refugio de Cap de Llauset

Panel informativo del GR 11.5 como Sendero Turístico de Aragón
            Las siete de la mañana tardan en llegar, se muestran remolonas para la cita. Desayuno, y al turrón. No son las ocho cuando nos ponemos en marcha en una mañana que anda aún desperezándose y que mira para otro lado, hasta que al cabo de una hora se va ya alineándose con nosotros y con un sol que nos recuerda que hay que protegerse de él. Antes, en un lugar próximo al refu, el cartel que señala la división del GR 11, que viniendo del collado de Ballivierna, toma aquí dos caminos, el del norte hacia Cap de Llauset, mundo Angliós, y Salenques, y el del sur, que baja al embalse y a Aneto. Amén del nuevo circuito GR 11.5, que une los refugios de Llauset, con Renclusa y Llanos del Hospital, pasando por Senarta. Pero nosotros a lo nuestro.
 
Ibones de la Coma Arnau
Progresando hacia los ibones
            La Roca Blanca, que también va despertando, lo hace para mirarse la cara en uno de los Estanyets de la Coma Arnau, que vamos dejando a nuestro paso, habiendo dejado anteriormente el GR 11 que vaya y venga por donde él ya sabe. Conforme vamos adquiriendo altura se nos va abriendo la vista hacia nuestro objetivo de hoy, el Ballibierna, con falda bicolor, que nos facilita visualmente su acometida. Lejos, a nuestra derecha se queda el ibón Chelat. En menos de dos horas desde el arranque ya estamos al pie justo del monte, en el comienzo de una cómoda pero empinada pedrera que nos sube hasta un pequeño cuello, que dejamos un poco a nuestra derecha, para asomarnos sobre la cuenca que hemos traído y la de Llauset, que se ve interrumpida por el embalse.

Valle de Llauset
Transitando por la cresta
            Volvemos a ese pequeño cuello para auparnos, ahora sí, a los 3.059 metros de altura, la máxima de este macizo que se hace llamar Ballibierna, porque también se asoma a ese valle, y es en esa dirección donde tiene sus ídolos.  Unos ídolos que también son los nuestros. La estampa de los mundos Coronas, Maladetas, Aneto, Rusell, Margalidas, Ixalenques… toda una gran familia bien avenida, aunque con sus cosas también, es auténticamente paralizante. Encontrarte ante los grandes del Pirineo también te hace grande, pero la paciencia de soportar todo lo que la intemperie te eche encima, la quietud, los ritmos, el temple, también te hace reflejarte en ese espejo de humildad, no encontrándote siempre al otro lado.

Cumbre del Ballibierna (3.059 m)
Paso del Caballo
            La filosofía se nos pone por corbata, acompañada de alguna otra cosa, cuando tenemos delante ese paso del Caballo, tan frívolamente tratado a menudo. Mientras seguimos con el éxtasis que los grandes y altos espacios producen en nuestro interior, vemos cómo va desfilando el personal por la afilada arista, quizá en un acto reflejo de “cuanto antes se pase, mejor”. Desde luego, no está para correr la cosa. Nunca tan poco terreno había producido tanta adrenalina, ni siquiera en vertical. Estamos ante los veinte metros más críticos de la jornada. Estamos ante el nexo de estas dos cabezas. Estamos. Estamos listos para pasar.

Aneto, Tempestades, Russell (imagen de Javier)
En plena faena (imagen de Javier)
            En la cresta, justo los cazos para meter las falanges de las manos, y no todas. Los pies, bueno, hay que buscar acomodo para la puntera de las botas en pequeños resaltes, al tiempo que la vista se te va por la entrepierna resbalando por esta gran losa hasta varios cientos de metros más abajo. Justo, muy justo todo. Tranquilidad y temple… y prueba superada. Nos volvemos a reunir en los 3.053 de la Tuca Culebras, arrastrando ese nombre como arrastrada se vio su morfología al principio de los tiempos… bueno, quizá más tarde.

Bajando del Ballivierna
para enfilar el Paso del Caballo
            Las vistas no han cambiado demasiado, pero ahora, habiendo dejado ya atrás el Caballo y sus mudos relinchos, y echando un bocado, todo se ve distinto. Un profundo sentimiento de reconocimiento, de agradecimiento, satisfacción y bienestar recorre nuestro interior, tratando de compartirlo con todos en ese abrazo con los compañeros, que simboliza un abrazo también con todas las montañas que están a nuestro alcance visual, y que son muchas. Momentos inenarrables, que nos evocan a otros similares, porque iguales no hay.

Volcánico valle de Llauset, que baja a beber al embalse

Bajando al collado de Llauset
            El collado de Llauset media entre su valle, que vierte a su embalse, y el próximo a la Sierra Negra. Todo un mundo que da testimonio de su pasado. Pues con él a la vista emprendemos el delicado descenso, porque es empinado, y el camino no es evidente, hay que ir buscando los hitos y echando las manos en numerosas ocasiones. Una vez en el collado, nos cuenta Alberto que subir al pico Llosas es cuestión de diez minutos, de modo que nos hacemos al ánimo y le acompañamos.

En la Tuca Culebras
La montaña mira al infinito
            Es un monte humilde, pero enfadado con el mundo. Muy roto él, hay que ir buscando el itinerario porque es cambiante. El gran desnivel de su falda y la cantidad de piedra suelta la hacen rodar como escombros. Bueno, tocar chufa y volver al collado, desde donde por parte de algunos se emprende un frenético descenso por un marcado sendero de piedra suelta, que no sabe de zigzag, y que en cuarenta minutos nos baja más de seiscientos metros de desnivel hasta las orillas del embalse, habiendo pasado por el cruce en el que el GR 11 sube, o baja, según le dé, del refugio, cerrando en ese punto esta magnífica circular.

Delicioso baño
Gracias, Alberto (imagen de Javier)
            Es la una de la tarde. Hace calor. Estamos en la orilla de un embalse. ¿Qué es lo siguiente? Valiente adivinanza. Al agua patos. Y en cuatro zancadas, a los autos. Con un calor rayando lo insoportable llegamos a Aneto y nos metemos a comer en el Nestuy, donde terminamos de socializar en torno a una buena mesa esta extraordinaria jornada, con risas, muchas risas. Una jornada, complementada con la de ayer, en la que le hemos metido 7h 10’ de tiempo total, del que 4 horas han sido en movimiento. Todo ello para recorrer 12,6 km, con en torno a 1.080 metros de desnivel acumulado D+. Una jornada inolvidable, en un entorno espectacular, con una compañía de lujo.

En la Tuca Culebras (imagen de Javier)



viernes, 26 de agosto de 2016

Infiernos, por entre Marmoleras

AQUERAS MONTAÑAS
Infierno Occidental (3.073 m)
Infierno Central (3.081 m)
Miércoles, 24 de agosto de 2016

“Infiernos,
De dónde tu nombre viene.
Lejanos en la memoria y en tu lugar
Hoy nos hemos acercado,
De tus marmoleras admirado,
Y por tu gran arista paseado.
Sabemos de dónde tu nombre viene:
Infiernos”.
  
            En el corazón del reino del granito, se alza este imponente macizo, que aunque no sube mucho más de la mítica cifra de tres mil metros, se hace visible desde muchos puntos del Pirineo, porque ha sabido crearse unas señas de identidad únicas, sus marmoleras. Los Infiernos, o Quijada de Pondiellos, han sido nuestro objetivo de hoy, porque hace muchos años que no volvíamos, porque es una montaña que siempre nos atrae, porque es brava, desafiante… y porque está ahí. Con un grupo de empedernidos, Julio, Rafa, María y Carlos, rayando el alba en el Balneario de Panticosa, se pone en marcha esta expedición vasco-aragonesa.


Subiendo al collado
            Éste, como cualquier punto que tenga como origen este agujero del balneario, es lo que tiene, que no sabe de calentamiento, de arrancada ya socarrada. Vamos subiendo a buen ritmo por las largas faldas del macizo del Garmo Negro. Al cabo de media hora dejamos a la izquierda el desvío a Ordicuso. Doscientos metros de desnivel, no está mal. Poco a poco nos vamos metiendo en el tirano mundo mineral hasta alcanzar el collado de Pondiellos, al que llegamos tras dos horas y cuarto más de andanzas bolo tras bolo.


Bajando a los ibones
            El collado hace de divisoria entre las cuencas del balneario y de Pondiellos. Ésta última alberga unos ibones que buscan su acomodo a los pies de Infiernos, Garmo Negro, y parte de los Algas. Unos ibones que invitan a la reflexión sobre las distintas medidas del tiempo de los seres. Ahí están desde hace decenas de miles de años, como vestigio de los hielos que fueron y ya no son. Hoy, es lo que nos queda de esos tremendos glaciares del cuaternario, tan sólo unas lágrimas, sus lágrimas, ante lo que menos podemos hacer es conmovernos.

            
En busca de las terrazas herbosas
            Tras echar un bocado, bajamos hasta casi el borde de esos ojos de mirar infinito a la par que nos vamos acercando a la pared bajo la imponente marmolera oriental. Vamos en busca de terreno herboso, que nos va a ir subiendo vertiginosamente hacia una loma que nos da vista sobre la otra marmolera, la occidental, por cuyo extremo superior discurre la vía normal, por la que vemos ya gente circulando hacia arriba. Seguimos por esta empinada loma a dos marmoleras vista, hasta llegar a la confluencia de esa vía normal, desde la que se empieza a poner un poco técnica ya la subida, teniendo que emplear las manos y la atención en general.


Cuenca de Pondiellos
            La llegada a la cima Occidental es otro de esos momentos mágicos que tiene la montaña. El escenario, los escenarios, son brutalmente bellos, salvajemente bellos, enmudecen al más pintado. Tenemos ya a nuestros pies la cuenca de los Azules, una cara norte que alberga todavía tímidos y agónicos glaciares. Pero hay que concentrar la mirada en el terreno que se pisa, porque para pasar al Infierno Central, máxima altura del macizo, hay que atravesar una arista, que no siendo muy estrecha, se te puede rifar el abismo a ver por qué lado te engulle. Llegamos a esa cima central, y todavía sigue hasta la oriental, pero ya media una gran brecha, que obliga a perder altura, y no estamos para perder nada, aunque María, Carlos y Rafa sí que se animan. Mientras tanto, contemplación y más contemplación, los ojos no saben a dónde ir. (.).


Progresión por la arista
            Al agruparnos en el Central, regresamos al Occidental. Echamos bocado y trago y para abajo. El descenso lo enfilamos por la vía normal, es decir, que desandamos esos 70/80 metros de desnivel y nos metemos ya decididamente en esa vía, que para ser la normal, es mucho más arriesgada y expuesta que la que hemos empleado para subir. Para empezar te lleva por una estrecha cornisa bordeando la parte alta de la marmolera occidental, soportando la mirada de reojo del Garmo Blanco. Una vez llegado a su collado, con el mundo Tebarray ya a la vista, la travesía cuasi horizontal se torna destrepe, teniendo que alcanzar un sendero que se ve abajo, bastante por debajo de nosotros.

Terreno muy roto
            Una vez llegados a él, sólo resta alcanzar el collado de los Infiernos, desde donde se tiene una imagen del pico e ibón de Tebarray difícil de olvidar, una imagen que cautiva, que atrapa, que da, pero que también quita. El monte que tira para arriba, y la cuenca que alberga ese ibón negro hasta rabiar, es un dueto perfecto, como líneas de energía que circulan en direcciones opuestas. Fue un amor a primera vista hace años, muchos años, y que rendimos respeto y veneración cada vez que volvemos a pasar por aquí.




En el Azul Superior
           En este collado nos abrazamos al GR 11, que viene de Respomuso y que ya no abandonaremos hasta la Casa de Piedra. Desde aquí, decimos, tres horas hasta destino. Tres horas que dan para bajar lo que en otra época del año es una pala de nieve característica, de la que queda un estrecho vestigio que agoniza bajo el calor reinante, seguir el curso del agua, que nos lleva hasta el Superior de los Azules, bajar al Inferior y entrar ya en la cuenca de los Bachimaña, el Superior, que deja al aire parte de sus esqueletos, y el Inferior, a los pies del nuevo refugio. Seguidamente, descender la cuesta del Fraile y seguir por el interminable camino que deja nuestros huesos junto a esa Casa de Piedra, pletórica de celebraciones montañeras, suponemos. Las birras a otro lado, queremos decir.


            Con un nuevo sobo del trece, finaliza esta impresionante circular, subiendo a los Infiernos por un itinerario poco conocido y mucho más cómodo que el llamado normal. Una circular a la que le hemos metido 10 horas de tiempo total, del que 6h 30’ han sido en movimiento, para recorrer 16,5 km, con en torno a 1.850 metros de desnivel acumulado D+, con unos paisajes excelentes, y una compañía de lujo.
  



jueves, 25 de agosto de 2016

Midi d'Ossau, uno de los grandes

AQUERAS MONTAÑAS
Midi d'Ossau (2.884 m)
Domingo, 21 de agosto de 2016



“Por donde lo mires.
Va a aparecer roto él
Rompiendo el horizonte.
Corazón caliente,
El tuyo calienta.
Por donde lo mires”.


            Un bello paisaje, un claro cielo, un sol inmaculado desperezándose, la verde ladera de una montaña, el frescor de la mañana, las nubes en el fondo del valle a la espera del calor que las haga mover, un acertado objetivo por cumplir… y todo ello en una buena compañía, son los ingredientes suficientes para que se pongan en funcionamiento todos los resortes del alma. Son los ingredientes suficientes, decimos, para que sigamos acudiendo una y otra vez a la llamada de las montañas, porque todo, todo está ahí, los montes, los valles, los ríos, el agua, el aire, la luz… de todo ello nos alimentamos, y si así lo hacemos ya no podremos jamás renunciar a ello, porque formamos parte de ello, porque de ello venimos y hacia ello vamos, y nadie renuncia a algo de lo que forma parte.


            Montaña salvaje, altiva, soberbia, lo que le falta en altura para codearse con los grandes del Pirineo, le sobra en dificultad para acceder a ella. Verso suelto. Su característica silueta rasga el horizonte vista desde cualquier punto. Provista de grandes paredes, rotas chimeneas, cuatro agudas puntas que miran al infinito. De pasado volcánico, mira con desafío a su hermano Anayet, sin entender por qué la raya en un mapa no deja su reconciliación. Montaña presumida, se refleja en el espejo de las aguas que ha sabido crear desde la retirada de los hielos. Anhelada, codiciada, indómita, pero de corazón noble, y que cogiéndole el puntito puedes hacer migas con ella. Midi d’Ossau, sabes que de ti hablamos. Eres única.


Reflejos
            Máximo respeto por la montaña y sus ritmos. Ayer no quiso, pues media vuelta. Sin más. Hoy sí. Hoy sí que se nos muestra más amigable, y a ella acudimos de nuevo para cumplir sueños. Seis mayencos, seis, acudimos a la cita con el alba y nos ponemos en marcha por ese circo d’Aneou, donde el sol comienza a tenernos en cuenta. La llegada al collado nos ofrece un espectáculo sin par. Ese sol acariciando el lomo de las nieblas que han bajado a dormir al fondo del valle, ilumina un espacio infinito, en el que el Midi ha encontrado su acomodo desde hace mucho, mucho tiempo. Y a él vamos, pasando primeramente por su duplo reflejado en el ibón de Pombie, junto al refugio.

Primer contacto con la pared
            Hay que alargar la ruta hasta el collado de Souzon, donde nos da la bienvenida la cuenca de Bious Artigues. Si hasta ahora hemos mirado a este monte de reojo, a partir de ahora ya no hay excusas, tragar saliva, agachar la cabeza, y a por él. A por él, primero subiendo una loma que divide cuencas, y ya en la base de la pared nos encontramos con más aspirantes, pertrechados ya con sus avíos de seguridad. Pensamos que con el casco de momento es suficiente. Nos vamos metiendo por entre los graníticos pliegues buscándole las cosquillas, algunas difíciles de encontrar.

            
Progresando por la chimenea
            No hay un camino único. Aunque nos afanamos en ir por el mejor, no parece que siempre lo consigamos. (.) Casi dos horas hasta llegar a la cruz. Luego, una vaguada entre puntas, media para tomar una retorcida senda como si no hubiera pasado nada peor antes. Ya en una antecima, hay que volver a bajar una amplia cresta para volver a subir camino ya de la cima. Una cima donde habita un gran hito. Una cima donde se agolpan esos aspirantes que han dejado de serlo. Una cima codiciada. Una cima conseguida. Una cima compartida. Una cima que humildemente, pero también con un cierto orgullo, tomamos como nuestra, y que nos da la recompensa al esfuerzo realizado, tras casi tres horas desde la base de la pared, y dos y media más desde el coche.



            La satisfacción es infinita, como el espacio que se abre a los cuatro costados, que lo exprimimos visualmente, no poniéndonos siempre de acuerdo en el nombre de los montes escrutados, como si a ellos les importara. Después de pasar lista, bocao y trago… tragos podríamos decir, de ese vino de Carlos, bueno, bueno, como todo lo que se hace con cariño. Las fotos de rigor y poco más, con las mismas para abajo. Ancha grieta, cresteo y al camino.


Elena rapelando por la chimenea
            No pasamos por la cruz, lo que significa que hemos tomado otro sendero de bajada. Pero no hay problema, todos se dirigen al embudo de la segunda chimenea, donde se nos hace ya demasiado arriesgado bajar destrepando, de hecho hay rápeles montados por los grupos que nos preceden. (.) El más inmediato nos ofrece emplearlo, de modo que por no perder más tiempo, aceptamos. Aunque se trata de cuerdas estáticas, más propias para descenso de barrancos, pillándoles el punto no ofrecen resistencia. (.).

En el refugio de Pombie
            Más sendero y a por la última chimenea, que dentro de ella vemos que no es la misma que la de subida, es otra de la falda plisada de este monte. Con la alegría de llegar a tierra firme todos enteros, se elimina esa tensión inherente a los trastes de seguridad. Muy relajaditos ya, llegamos al collado y luego al refugio, donde hacemos un alto, bajando seguidamente al circo d’Aneou, con final en los vehículos, tras once horas y media desde que los dejamos. Un tiempo que no hace justicia, pero que al haber tanta afluencia de gente, y ser las chimeneas verdaderos embudos, no es mucho lo que se puede rascar.

            Y bien, aquí termina una nueva salida del CP Mayencos a un monte emblemático donde los haya, y que al haber contado con tantos inscritos nos hemos visto obligados a hacer dos grupos, habiendo hecho cima, también con éxito, el primero de ellos el jueves pasado. Buen lugar. Buena chen. Bien lo hemos pasado.