martes, 18 de agosto de 2015

Norte de la Zapatilla y Sima de Tortiellas

montesparatodos.blogspot
VÍAS FERRATAS
AQUERAS MONTAÑAS
Norte de la Zapatilla (2.225 m)
Sima de Tortiellas 
Lunes, 17 de agosto de 2015



            Subidas a las alturas y bajadas a las profundidades. Como la vida misma. Y como la vida misma es también el resistir en las dificultades, cuando cae sobre nosotros esa cortina que nos ciega y nos impide ver más allá de nuestras narices. Hay que resistir. Sí. Hay que resistir y perseverar, porque ayudas siempre tendremos, porque las condiciones no son las mismas para siempre, y pueden cambiar, pero eso hay que desearlo, eso hay que quererlo, eso hay que currárselo. Hay que ir a por ello. La montaña siempre dándonos lecciones de vida, paralelismos no casuales. Es prodigioso.


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Superando la zona de nieblas
            Con Ástrid, Angie, Josemari y Julio salimos al monte hoy con intenciones inéditas para lo que estamos habituados a hacer. La idea es subir por la norte de la Zapatilla y bajarla por la SE, para descender a la base de Candanchú por la Sima de Tortiellas, y la llegada a la estación no puede ser más desalentadora, una cerrada niebla nos recibe sin el menor rubor por su parte. Con una temperatura cercana a un solo dígito y una humedad que casi se sustancia en lluvia, no cejamos en nuestro empeño de llegarnos hasta la base de la Zapatilla basándonos en no sé qué clase de confianza con el tiempo. La verdad es que estábamos ahí, y teníamos que intentarlo.



Subiendo por el tubo
            Ayudados por un track y por la intuición, por el circuito de fondo nos vamos acercando hacia el cono de deyección del Tubo de la Zapatilla, comprobando que conforme vamos ganando altura las nieblas se van disipando, aunque en realidad no es eso, sino que las vamos superando, quedándose ellas bien apretadicas en el fondo del valle, algo que nos llena de satisfacción, porque pasar de la oscuridad a la luz, no tiene precio. Como tampoco lo tiene el campo visual que se nos abre al haberse caído ese velo que lo ocultaba. Es una alegría que aligera la subida por la pedrera.

Dispuestos para la faena
            Tres cuartos de hora largos nos cuesta alcanzar la entrada a la vía de esta cara norte, y otra sorpresa, más grata aún si cabe, nos alcanza, y no es otra que ver que las viejas cuerdas y tinglados, ajados por el tiempo y la intemperie, que esperábamos encontrar según las distintas reseñas consultadas, han sido sustituidos por una flamante sirga como línea de vida. Así es que, sin más preámbulos, nos ponemos los dispositivos de seguridad y nos metemos en faena. Al principio es una travesía casi horizontal, que nos lleva a una amplia canal con una considerable inclinación, que nos aúpa a una enorme plataforma herbosa, donde se termina momentáneamente la sirga al no ofrecer ningún peligro su tránsito.

                        

En la plataforma
            La hermosa vista que teníamos al comienzo de la vía sobre los montes que sobresalían de las espesuras, se amplían ahora considerablemente sobre los espacios a poniente. Un verdadero espectáculo que tenemos que ir dejando atrás, porque nuestros pasos han de dirigirse, ya por pedrera, aunque cómoda, hacia el macizo calcáreo de la Zapatilla, en concreto hacia una chimenea que nos va a dar acceso a la suela. Y efectivamente, llegando a la roca comprobamos que los equipadores no han escatimado y de nuevo nos encontramos con la sirga y sus anclajes, a los que nos asimos uno por uno para ir subiendo hasta un pequeño espacio, al que se accede con la ayuda de dos pequeñas grapas coloreadas, y que da para reagruparnos, teniendo ya muy cercana la salida a esa suela de la Zapatilla.

Progresando en la chimenea
            El salir de nuevo al espacio exterior, con ese ambiente soleado que compartimos con los picos que sobresalen a las nieblas de valle, es algo que impacta a la vista y al alma. Poco más de un cuarto de hora nos cuesta subir los tramos que restan hasta la cima norte, que los hacemos aprovechando esos pliegues que la erosión confiere a la caliza, y que una vez llegados a ella, comprobamos que no es la verdadera cima de la Zapatilla, a la que nos dirigimos.  Primero por loma de piedra gris, calcárea, que se torna herbosa, a dos aguas, profundas, vertiginosas aguas. La cima, a 2.252, hay que ganársela siguiendo por la cresta de una roca que ha cambiado su piel gris por la marrón, y en la que nos encontramos un pequeño resalte que hay que superar, para lo que hay montado un anclaje para montar un rápel, que dadas las horas, lo poco que resta para llegar a la cima, y lo que nos queda si queremos bajar por la Sima de Tortiellas, optamos por no seguir.


Por la suela
            Los escritos dicen que fueron Ursi Abajo y Jesús Ibarzo los primeros en recorrer esta vía en marzo del lejano 1965. Desde entonces, cincuenta años ya, seguro que han sido muchos los que la han hecho a pelo, y luego con las viejas cuerdas, pero más seguro aún que pocos la han pasado con esta nueva equipación metálica, que la ha convertido de vía cordata a asemejarla a una vía ferrata, que originariamente no pasando de un IIIº, le da mucha más seguridad. El descenso lo hacemos por la vía SE, cara ya a la amplia cuenca de Tortiellas, en la que también las viejas cuerdas han sido sustituidas por sirga hasta el mismo collado. Continuamos hasta el paso del mismo nombre, y lo dejamos a la izquierda, para continuar en busca de esa boca de la sima, ya en la cuenca de Candanchú.


Montando el rápel del descenso por la sima
            Al ir perdiendo altura y cambiar de vertiente la niebla nos asalta de nuevo. A media ladera, que se torna peligrosa por el desnivel y la humedad de la hierba, llegamos hasta la entrada de la cueva, una cueva vertical, provista de anclajes para montar el tinglado de bajada. Es lo que hacemos, en uno, dos y tres tramos. El primero es completamente vertical, disponiendo de una pequeña plataforma a unos 10 metros, completando este primer tramo en unos 25 metros. La caída de piedras es constante, no es fácil evitarlo. Tras un breve descenso, encontramos a mano izquierda el siguiente anclaje, para asegurar el descenso del segundo tramo, de unos 30 metros, al cabo del cual, y con un giro de 90º vemos ya la luz al final del túnel. La espera se hace larga, húmeda y fría, porque en la salida nos espera la niebla. Un tercer y último anclaje nos permite ya salir de esta sorprendente gruta vertical, como decimos, envueltos ya en la espesa niebla, que impide hacernos una idea de la precisa localización, algo que comprobamos a posteriori en fotografías de otras reseñas.

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            Ya todos fuera, antes de llegar a piso más cómodo, nos encontramos con unos tramos un tanto verticales y rotos, lo que hace extremar la atención. Una vez superado, alcanzamos la pista de la Rinconada, que tomamos en dirección a la base de la estación, a donde llegamos sobre las dos, tras más de cinco horas desde la salida, con más tiempo parados que en movimiento, para recorrer tan sólo 6,2 km, y salvando más de 850 m de D+ y D-. Una mañana distinta.



Al no haber tenido condiciones para obtener imágenes con la suficiente visibilidad, ha habido que tomarlas de otras fuentes, que se indican al pie de las mismas.

domingo, 16 de agosto de 2015

Faja de la Pardina y Mondoto

AQUERAS MONTAÑAS
Faja de la Pardina (2.000 m)
Mondoto (1.962 m)
Sábado, 15 de agosto de 2015



            Una nueva salida de la Sección de Montaña del CP Mayencos de Jaca por delante. Sara, Eva y Manuel, Ástrid y Angy, Josemari, Toño, Julio y el que suscribe, nos ponemos en marcha acudiendo a Nerín, donde Horacio y su bus nos acercan a Cuello Arenas para comenzar la ruta. Una ruta la de hoy, que al no ser demasiado exigente, la hemos complementado con la subida a un monte cercano.


Las Tres Sorores, con nieve reciente
            Varios son los valles que han surcado y surcan las montañas, a lo largo de los siglos y milenios, y que confluyen en el macizo del Monte Perdido. Todos distintos, dependiendo de su orientación, su geología… pero todos iguales porque tienen el mismo cometido, llevar a la tierra media las esencias de estos montes mágicos, de estos montes míticos, de estos montes legendarios, de estos montes. Uno de esos valles, el más cerrado, el más espectacular, se salvó de las aguas empantanadas allá por 1982, cuando la ampliación del Parque Nacional de Ordesa le añadió a su nombre lo de “y Monte Perdido”, salvándolo de las garras del proyecto de inundación del Cañón de Añisclo para aprovechamiento hidroeléctrico, que rondaba desde los bajos 70. Hoy visitamos uno de los barrancos que vierten en él, el de la Pardina, con su magnífica faja. Allá vamos.

Por la plataforma hacia la entrada de la faja
            Nerín, 12º, mañana húmeda y fresca. Un autobús con poco más de media entrada se dirige hacia los miradores transportando a amantes de las montañas, que en esta jornada han decidido desafiar a los pronósticos del tiempo. Otros no, otros han cancelado la salida. El autobús se detiene en Cuello Arenas. Nueve mayencos y sus mochilas lo desocupan. Aún no son las nueve de la mañana, pero la nieve en las alturas ha madrugado más que nosotros. Los velos que permiten pasar de la noche al día, en su deambular nos muestran un macizo del Perdido salpicado por ese elemento que se torna compacto, frío, más duradero, semejante al azúcar glas que adorna una enorme tarta con varios montículos. No se puede decir que sean las últimas nieves, ni las primeras, a estas alturas nieva todo el año, y hoy es una prueba más.

Mallata Fogaril
            Nos metemos de lleno en ese vasto espacio, soporte de un circuito de esquí nórdico que no todos los inviernos marcan, y que es verdaderamente espectacular. Con la vista al frente, hacia las Tres Sorores, Punta de las Olas, collado de Añisclo, la Suca y las Tres Zucas, más conocidas como las Tres Marías, nuestros pasos se dirigen hacia la cabecera del barranco de la Pardina, hacia el comienzo de un vertiginoso viaje de las aguas que por él se despeñan. Por una cómoda plataforma vamos llegando. Esta nueva orientación ya nos permite tener una vista más completa sobre el barranco y la faja por la que vamos a entrar.


As crabetas
            Unos cortos pasos descendentes nos meten en ella, y lo primero que nos encontramos son unas grandes oquedades en la roca. Lo llaman Mallata Fogaril. Comienza nuestro deambular por esta bonita faja, de dentro a afuera del barranco, que vierte sus aguas al Bellós en el Cañón de Añisclo. En poco más de media hora nos presentamos en un escaso salto de agua, que desde una pequeña espelunga a unos 12 ó 15 metros, cae en vertical sobre un amplio asiento de musgos, que delatan la pervivencia de humedad, aunque ahora baje escaso de agua. Estimamos su esfuerzo, pero más no puede. Recibe el nombre de Ballisaco. Antes de llegar a él, nos hemos topado con una docena de crabetas, que ante nuestra insistencia, han tenido que retroceder.

Progresando por la chimenea
            El sendero es muy variado, a tramos está dominado por la hierba, que al estar mojada hay que andarla con cuidado. Hay otros corros anchos, más cómodos. Muy variado, sí. De vez en cuando, obligado es parar para recrear la vista paseándola sobre el propio barranco, y más en lontananza sobre ese Añisclo, que ya deja ver uno de sus guardianes, los Sestrales. Una hora justa de auténtica delicia en altura nos ha llevado hasta el final, hasta el drástico final. Hay que alcanzar los prados de arriba, y para ello hay que meterse en una empinada canal que han equipado con cadenas, sirgas y grapas, lo que aporta mucha tranquilidad y comodidad. Todos, uno por uno vamos pasando por ello, hasta llegar, como decimos, hasta la tierra llana, que permite de nuevo que nuestra visión se alargue hasta esa divisoria con el valle de Pineta, que poco a poco va enganchando nubes.


Mallata Candón
            Seguimos la contemplación con las manos y las mandíbulas ocupadas, pero no mucho tiempo, hay que apremiar. El sendero nos lleva hasta la mallata Candón, un buen abrigo para la intemperie. A partir de aquí tomamos dirección poniente, entre sendero y no, que nos acerca al borde del barranco, a unos pasos que son los que suponemos llaman Malpasé. Con el rabillo del ojo, no dejamos de ver esas ansias de los montes en acumular y acumular nubarrones, negros nubarrones, de esos que no te gustaría tener encima, y menos en la montaña. En menos de una hora desde Candón, nos presentamos en la entrada de la faja, cerrando de este modo un círculo que abrimos hace dos horas y media.

Josemari con su hallazgo
            Desandando nuestros pasos por esa amplia plataforma, en cuenta de ir hasta Cuello Arenas, en el momento que podemos, bajamos al barranco para subir por la otra vertiente y dirigirnos ya hacia nuestro siguiente objetivo, el Mondoto. A veces por sendero evidente, otras no, enfilamos hacia la Estiva, que rodeamos por su base en busca de ese otro monte en el que queremos hoy dejar nuestra impronta, si antes no nos la deja el agua en nosotros. Por abajo se ven más nubarrones, pero cierto es que con algún claro. A ver en qué queda todo esto. En nuestro camino se interpone un hongo como la cabeza de un crío, que cómo lo vamos a dejar ahí sólo, el pobre.


            Finalmente ya tenemos ante nuestra vista el Mondoto, y la raya que forma una plataforma por la que se sube viniendo de Nerín, por la que bajaremos, pero desde aquí se nos hace mucho dar semejante rodeo, de modo que vamos haciendo zetas ganándonos unas palas herbosas, hasta que se terminan, dando paso a un tramo de piedras, que al ser grandes se superan con facilidad.


Espectaculares vistas sobre Sestrales
            Echando la vista atrás da auténtico pavor ver los cielos de Monte Perdido y sus satélites. En menos de media hora hemos subido a la cima de este monte, que no llega a los dos mil metros, pero que su escasa cota lo compensa con las vistas que ofrece sobre los grandes macizos, sobre el Cañón de Añisclo, Castillo Mayor, Sestrales, que oculta a la Peña Montañesa. Al fondo, en el llano, un gran embalse amansa las aguas de Cinca y Ara, pero encrespa las lágrimas de tanta y tanta gente que echó de sus casas y sus tierras, de sus recuerdos y de su futuro. Que me pierdo.



            
Nerín en el Ballivió
            Buen sitio esta terraza kárstica para contemplar, para dar rienda suelta al pensamiento, con una fina pita por si hay que tirar de él, como así es hoy, porque empiezan a caer las primeras gotas. Pensábamos estar más tiempo, no lo hay. Pensábamos echar un bocado, no puede ser. Escasamente cuatro fotos, y chubasquero al cuerpo. No pasan ni dos minutos desde el comienzo del descenso cuando oímos el primer trueno, que bueno, no lo tenemos encima, pero vamos hacia él. Las piedras del camino se ponen resbaladizas, pero no nos hacen bajar más despacio, sí con más atención, pero no más despacio. En media hora nos alineamos con Ballivió, dando vista a Nerín, parando un poco de llover, y en menos de media hora más llegamos al coche, habiendo arreciado de nuevo los últimos cinco o diez minutos.


            Un cuarto para las tres… y sin comer… y lloviendo. Con los mismos 12º del comienzo, tiramos para abajo en busca de más tranquilidad, que encontramos en un parador de Sarvisé, donde echamos un bocao con las exquisiteces del hongo empanado. Y poco más, cada mochuelo a su olivo. Como en el tramo de la faja se va tan pegado a la pared, las señales satelitales adquieren vida propia que luego hay que ajustar en la medida de lo que se es capaz de hacer. De modo que los datos de hoy son más estimados que reales. La distancia ha salido de 17,5 km, y el tiempo total algo inferior a 6 h, de las que 4h 30’ han sido en movimiento. Al ser distinto el punto de salida que el de llegada, también lo son los desniveles, saliendo en torno a 900 de D+ y 1.500 de D-. Una buena jornada de monte en buena compañía… hasta la del agua ha sido buena. 







viernes, 14 de agosto de 2015

La Trapa, balcón de Bardaruej

IXOS MONS
La Trapa
Viernes, 14 de agosto de 2015



            Una vuelta por los montes de Bellanuga siempre merece una mañana… por lo menos. Hoy tomamos el Camino Viejo de la Collarada para subir a la Trapa, ese balcón que te permite echar la mirada sobre el viejo Barbaruej, un término medieval que comprendía buena parte de este valle del Aragón, desde el estrecho de Canfranc hasta Castiello, y que tenía en el abandonado poblado de Aruej su capital. Aruej, cuya primera referencia histórica que se tiene data nada más y nada menos que de las Crónicas Visigodas de Toledo del siglo VII. Era un señorío perteneciente a la nobleza pirenaica, una de cuyas funciones era tener abierto el paso del Somport.

            Mucho tiempo ha pasado desde entonces… o quizá no tanto. Qué ojos lo vieron, qué corazón lo latió, qué piedras lo sustentaron, qué caminos transitaban aquellos moradores de estos pagos, duros pagos, en aquellos interminables inviernos… Es algo que los escritos apenas nos dicen. De ojos, corazón, piedras y caminos va esta nueva historia, porque dejamos el vehículo junto al edificio del Centro de Interpretación Subterránea, que nos da cuenta del milenario trabajo del agua sobre la piedra en este colosal macizo de la Collarada.


            Tomamos el Camino de Santiago dirección norte, para al poco tiempo subir por el camino que, custodiado por las viejas pilonas de luz que suben a la estación, justo en el desvío de la pista que a ésta llega, subir por un sendero que casi se pone de pie, y que cruzando en varias ocasiones la pista antigua, nos saca a la nueva, pasando antes por la trasera del dolmen de Letranz, situado entre el sendero y el canto superior de un campo. No cuesta nada asomarse a verlo, y lo hacemos.


Empinados caminos
            En cuarenta minutos desde el arranque, como decimos, salimos a la pista, que cruzamos, y un letrero que nos indica que estamos en los prados de Moscasecho, nos mete por exquisito camino, suave, dulce, ancho, herboso, con unos helechos que nos superan en altura… lo tiene todo, hasta una ventana que nos permite ver el marrón que hay entretenido por entre los Lecherines, Tortiellas y demás vecindad… y que siga, que siga, por ahí entretenido, sin darse cuenta de nuestras andanzas. Nueva salida a la pista, creo que ya la última, para continuar por este sinuoso sendero entre bosque, muy apretadico entre bosque, sí. Y en otra hora más nos presentamos ya en la Trapa, con su refugio, con su abrevadero, con su ambiente… con sus recuerdos. Nos asomamos al valle, ocupado hoy en primer término por esa Villanúa vieja y las nuevas, por esa Villanúa que ha sabido adaptarse a los tiempos, viendo cómo agonizan esas cuatro casas que un día, ya lejano, dominaron el espacio y el tiempo por estos lugares. Aruej.


            Nos acercamos hasta el refugio y echamos un bocado. La mañana sigue amenazante, y sin mucho entretenimiento emprendemos el descenso por el barranco de Azus, cuyo delicioso comienzo nos oculta el tramo siguiente, una vertiginosa trocha que se hace incómoda, pero que se va suavizando conforme se alinea con el valle principal, del que nos ofrece extraordinarias vistas, hasta del marrón, que lo vemos por el rabillo del ojo.

            Nos incorporamos a la pista, a pocos metros por encima de ese desvío de Moscasecho, cerrando el círculo que aquí hemos abierto hace tan sólo dos horas y cuarto. Ya desde aquí a desandar lo andado hasta Villanúa. Han sido justos 10 km, con 3h 35’ de tiempo total, de los que 3h han sido en movimiento, con 950 metros de D+, en una mañana que no quería pero que ha podido.





jueves, 13 de agosto de 2015

Ibón de Acherito, ibón de medio día

AQUERAS MONTAÑAS
Ibón de Acherito
Martes, 11 de agosto de 2015



           Ibón de medio día. Este podría ser el título de una película, pero no lo es, porque es realidad, y en un arranque de polisemia, podemos decir que no sólo porque te permite llegar a comer a casa, sino por su orientación sureña. Partimos del paraje llamado La Mina, en el codo que hace la Selva de Oza con Guarrinza. Mallo Cristian, de blusa gris y verdes faldas. Apriétate bien la cinturilla, que por ella vamos a discurrir.


Confluencia de caminos
            Aquí cae el GR11 desde el collado de Petraficha, entre este pico y el altivo Chipeta. Y aquí cae, también, el GR 65.3.3 o Camino de Santiago por el Puerto del Palo, que lo hace perpendicular al anterior, y que tiene dos ramales, rodeando el mallo Añarón, uno por el barranco de las Foyas y otro por su verde lomo. A todo ello hay que añadir que en este punto donde se cruzan, justo de él, parte un nuevo trazado que los amigos de Le Chemin de la Liberté han querido hacer llegar, en principio desde el Plató de Lhers, próximo a Lescun, pasando por el puerto de la Cunarda. Este trazado quiere rememorar el éxodo clandestino de las personas que huyeron de la ocupación en la segunda guerra mundial, dirigiéndose hacia nuestro país, de igual modo que de forma contraria lo hicieron paisanos nuestros unos años antes. Es un canto a la libertad. Es un canto a la solidaridad. Es un canto a la reciprocidad. Es un canto a la humanidad. La señalización de este recorrido, en nuestro territorio, está integrada en la estética de la del Parque Natural de los Valles Occidentales.

Peña Forca
            Bien, sin más preámbulos, nos dejamos engullir por el barranco de las Foyas, que nos afoga, porque si ya de por sí el aire se ha tomado el día libre, por aquí dentro se te sube el pavo, y de qué manera. En media hora cruzamos el barranco, donde empieza verdaderamente el ascenso, que ganas le tenemos, a ver si respiramos un poco. El camino está muy bien trazado, de hecho es un recorrido muy habitual por su poca exigencia, propio para familias, que por otra parte es lo que más se ve. Antes de cruzarlo, dejamos atrás el desvío para el Camino de Santiago por la loma de este mallo Añarón. En un punto medio de este ascenso, todavía dando vista al barranco, tenemos el otro desvío, que siguiendo el curso del arroyo nos llevaría al puerto del Palo. Pero nosotros a lo nuestro.

Murallas calizas a poniente
            Poco a poco, el sendero sigue ganando altura hasta subir hasta la cintura de este mallo Cristian, por encima del verde, donde nos vamos encontrando de nuevo esas viejas marcas rojiblancas de la antigua Alta Ruta. Poco a poco, decimos, vamos ya alineándonos con el barranco de Acherito, que aguas recoge del de Anzotiello. Todos los montes de esa sierra a nuestra disposición visual. Todos queremos abarcar con sana ambición, unos hemos visitado, otros no. Chipeta Alto, Petraficha, Quimboa Alto, Anzotiello, Mallo Gorreta, Gorreta de los Gabachos, Chinebral de Gamueta, Mallo de Acherito, Sobarcal, Petrechema, Mesa y Tabla de Tres Reyes... y perdón por los que me dejo. Unos separados, otros no tanto, anuncian con su canto coral esas ansias de ganarse el cielo. Nosotros, de momento, sólo aspiramos a llegar a nuestro cielo de hoy, a nuestro cielo local, que es este ibón de Acherito, al que enseguida llegamos.

Vista hacia Guarrinza
            Un espacio éste, abierto al sur, y respaldado por un murallón al norte, con suave loma a poniente, que ambas direcciones une. Aquí podemos ver la Peña del Ibón y Agujas de Acherito, con su flamante brecha de Hanas haciendo equilibrio entre ellas. No hay mucho tiempo, nos vestimos de ibón, que nos acoge con amabilidad térmica, bocado y a volver. Está emplazado en una cubeta, exigente, que te quiere para sí y su entorno cercano. Tienes que salir de ella para volver a ampliar la visión y alcanzar horizontes más lejanos, y mucho más lejanos. El volver por el mismo sitio tiene que pasas dos veces por los mismos lugares, pero la visión nunca es la misma, y es algo a lo que hay que sacarle su jugo. Y lo hacemos.



            Bien, no mucho más, vuelta al barranco de las Foyas, vuelta a las calores, y vuelta al punto de partida. Una mañana diez, en buena compañía y con buenos montes. La distancia ha sido de 8,8 km, con 3h 45’ de tiempo total, del que 2h 45’ ha sido en movimiento, con unos 750 metros de D+. Hasta otra…
  


  


miércoles, 12 de agosto de 2015

Lizara - Candanchú, por Igüer y Esper

AQUERAS MONTAÑAS
Lizara - Candanchú
Lunes, 10 de agosto de 2015



            Los cielos de los Valles Occidentales son, una vez más, nuestra referencia para una nueva jornada de montaña. Desde el súper, archi, híper, mega, conocido Lizara vamos a echarla hasta el no menos Candanchú, pero no por la ruta habitual del valle de los Sarrios y Estanés, sino burlando esa línea que sólo aparece en los mapas, pero no en las montañas. El reto es hacerlo sin pasar al territorio del país vecino. Sobre el papel es posible, a ver si sobre el terreno lo es. Pensamos que sí. Vamos.



Hacia el collado, siguiendo las marcas
            Tras dejar un vehículo en Candanchú, nos dirigimos a Lizara, que nos recibe más sereno, más limpio de como estaba ayer, que andaba cargado de nubes en sus montes. No es pronto para salir, lo sabemos, pero la logística nos obliga. Son cerca de las once cuando dejamos el refugio, base de operaciones, pero también de paso. Cruzamos los llanos de Lizara, donde se asienta el dolmen, y comenzamos a tomar altura, siguiendo las marcas rojiblancas de la variante del GR 11, la .1. Pasamos por la caseta del pastor y nos metemos ya de lleno en el barranco de Articuso, que acoge a un exiguo caudal de agua que se esfuerza por agradar dando algún que otro salto, donde el terreno se lo pone fácil.

Con el pastor en el collado del Bozo
            A medida que vamos subiendo se nos va haciendo visible un rebaño de centenares de cabezas. Lanar, aunque no todo, que hay como una veintena de crabetas… tres perros… y el pastor. Los ayudantes caninos nos ven de lejos, y uno de ellos, quizá el líder, se nos acerca con intenciones de prospectar qué es lo que se le acerca al ganado. En seguida nos reconoce como lo que somos, buena chen, y se confía, algo que transmite a los otros dos, que estaban en prevengan. El pastor, que va a ser pasto de nuestras preguntas, anda encorvado, lo que prácticamente descarta que sea foráneo, lo que sería garantía de que no iba a saber más que nosotros. La otra posibilidad es que sea producto nacional, pero no del terreno, que es a la postre lo que ocurre, por lo que tampoco sabe más que nosotros. Collado, charleta y despedida.

Cabecera del valle de Aísa. Napazal. Rigüelo
            Los collados unen valles, pero también los separan. Abren horizontes, pero también los cierran. Éste del Bozo no lo es menos. Dejamos atrás el mundo Lizara, y se nos abre el de Napazal y Rigüelo, la cabecera del valle de Aísa, donde nace el Estarrún. Ante nosotros un nuevo y extenso circo, dominado por el tridente Aspe y Llenas de Bozo y Garganta. Nos salimos ya del GR y sus marcas para, tras un brusco giro hacia el norte, meternos en ese barranco de Igüer, rodeando la Punta Alta de Napazal, en el macizo de Bernera, a la que le sigue la Ruabe de Bernera y el Olibón. Todo ello por nuestra izquierda. La derecha está ocupada por la Llena del Bozo. Entre aquel cordal y este monte, un pequeño, pero recóndito y delicioso valle que su condición de llevar al personal hacia lugares con menos fácil acceso hacen que sea poco transitado.

Foyas de Aragüés
            Al llegar al lugar llamado Foyas de Aragüés, este pequeño valle hace un codo de 90º, cambiando su rumbo norte al de este, ya que nos encontramos enfrente una gran muralla, cuya otra vertiente se asoma a la cubeta de Estanés. Hacemos el obligado giro y poco a poco, sin enterarnos alcanzamos ese lugar privilegiado que nos da vista a Esper. Poco a poco y sin enterarnos, decimos, hemos superado esos casi 300 metros desde el collado del Bozo, en una tranquila, muy tranquila hora y media.


Comenzando el descenso
            Lugar, al que podíamos llamar Alto de Esper, con 2.280 m. Dos de la tarde, y con unas vistas increíbles sobre esta extraordinaria cuenca norte de la barrera Aspe-Llenas. Buen momento, buen lugar. A comer. Mientras tanto, no podemos dejar de asomarnos a este también solitario valle, habitado por grandes cantidades de sarrios que están a sus anchas porque se sienten seguros, con comida y bebida cerca. Todas las escorrentías de este circo abierto al norte van a parar a la llamada Chorrota del Aspe, por cuya parte superior pasa la muga. Nuestra labor ahora está en bajar a una cota similar a la del collado del Bozo, por el que hemos pasado a este valle de Igüer, que ahora tenemos que dejar atrás, tenemos que dejar arriba.

No todo es terreno incómodo
            Estamos ante el tramo que se antoja más delicado de la travesía, pues así como la subida ha sido muy paulatina, la bajada va a ser a saco, pero no es terreno descompuesto, y sabemos que hay sendero porque ya lo hemos transitado en una lejana ocasión, aunque fue de subida, que siempre es mejor. Hay sendero, como decimos, y hay hitos, la cuestión es no perderlos y encontrar bien los pasos. Salimos por una cornisa evidente, pero que poco a poco se va guardando para sí esa evidencia, hasta que encontramos la traza buena, lo que nos obliga a cogerla para subir de nuevo al alto, y tomarla bien. Lo hacemos, y vemos con agrado algunas apacibles zonas herbosas entre tanto caos de bolos. Una canal junto a una raya nos baja a una de ellas. Tomamos a la izquierda el camino que nos lleva de nuevo a asomarnos al vacío, pasando cuidadosamente por una travesía horizontal herbosa, que una vez abajo reconocemos ser una especie de faja que circula por encima de un anticlinal con forma similar a la parte superior del lóbulo de la oreja. Con Faja de la Oreja se queda.

Tranquilidad
            Enfrente, al otro lado de este amplio circo, tenemos identificado, y lo vamos viendo ya desde el arranque de la bajada, el punto exacto al que tenemos que llegar, por lo que la gracia está ahora en bajar lo suficiente, pero no más, para perder la menor cota posible. Sabemos, porque también lo hemos pateado, que de la gran brecha que el Aspe hace con la Llena de la Garganta baja un sendero que se encarama a ese punto. Sendero que tarde o temprano tenemos que topar con él. Tras un incómodo, pero corto tramo de bolos, iniciamos el también corto ascenso hacia ese punto en el que tenemos fijadas nuestras miras, y al que se dirige también el citado sendero cimero.


Loma Verde, abierta al Pirineo
            Una vez allí vemos con meridiana claridad ese paso por la faja, que es el más delicado del recorrido. A media ladera, vamos dejando atrás Esper para ir adentrándonos en la Loma Verde, que desagua en un congosto cuyo sendero nos llevaría a la cueva de los Contrabandistas, con llegada a Candanchú por el collado de Causiat, pero no es eso lo que queremos, porque también es terreno galo. Hay que buscar el enlace con la terminal de la silla de la Tuca, algo que visualmente alcanzamos en breves. A ella nos acercamos, que está enclavada en otro collado, que nos abre la vista sobre el mundo Tortiellas, con su ibón que quiere y no puede, le vence el estío. Antes de llegar, en la aproximación, nos encontramos viejas señales de pintura rojiblanca, que pertenecen a un marcaje de los bajos setenta, trazando un itinerario que también tenía la vocación de cruzar longitudinalmente la cordillera, pero por pasos más altos, más agrestes, más comprometidos, más exigentes, más cercanos a las altas cumbre, y del que sabemos su existencia, pero no mucho de su recorrido. Éste tiene que enlazar, aporto, con el que nos encontramos subiendo al collado que da paso a Ip, viniendo de Bucuesa. Pero todo se queda en conjeturas.

La terminal de la Tuca a la vista
            Una vez debajo del telesilla, y asumiendo que va a ser compañero de vista y de viaje durante… no sé, hora y media o dos horas, vamos bajando con paciencia. Nos cruzamos con el camino que viene de Candanchú al Aspe, y lo seguimos en descenso. Una vez llegados a la parte alta de la pista de la Rinconada, hay dos opciones, o tirarnos por ella o seguir por la pista sin dejar de dar vista a esta enorme cuenca de Tortiellas hasta el paso del Pastor, para bajar por el Tobazo. Como se nos antoja esta última más larga, bajamos por la Rinconada, comprobando in situ que no hemos tomado la mejor opción, ya que la otra, al ser más larga es más tendida.


            Más de trescientos metros de desnivel tienen la culpa hasta llegar al fondo del valle, que ya cómodamente nos lleva hasta la base de la estación, comprobando en el ínterin las amplias lazadas de la pista del Tobazo, la que hubiera sido mejor solución. Llegamos al coche con las sombras más largas de lo que pensábamos, son más de las siete y media, pero claro, empezando tarde no se puede terminar pronto. Pues eso, prueba superada, 8h 45’, de los que 4h 50’ han sido en movimiento, para recorrer los casi 15 km, con algo más de 1.100 metros de D+ con dos amigos de lujo, en una hermosa mañana pirenaica, por lugares poco visitados.


            El resumen suele ser el final siempre, pero hoy no lo va a ser. Porque después de estar buenos ratos dándole a la cabeza sobre esos marcajes de hace ya cuatro décadas, de por dónde discurrían, de qué unían, de si habrá documentación de todo ello… no se puede pasar por alto el mencionar que en la merecida velada cervecera nos encontramos con nada más y nada menos que con Pablo Alcay, uno de los montañeros cuya generación fue el espejo en el que en nuestros años mozos nos mirábamos, en aquellos lejanos tiempos de J.O., Jesús Obrero, el club donde iniciamos nuestros pasos por las montañas. Pero eso, siendo bueno, no es lo mejor. Lo mejor es que el ínclito fue el que marcó ese itinerario. No es para flipar? Imaginaos el rato que pasamos.