Año XV. Entrega nº 997
El Rallar (1282 m)
«Corre el siglo IX, cuando Virila, abad de Leyre, preocupado por el sentido de la vida eterna y el misterio de la eternidad, sale a dar un paseo, y oyendo el canto de un ruiseñor, se queda extasiado escuchándolo, entrando en un profundo sueño. Cuando despierta, ya de noche, vuelve al monasterio y llama a las puertas, cuando las abren se presenta como abad de Leyre, pero nadie lo conoce. Intrigado, un monje consulta libros anteriores y comprueba que 300 años antes había habido un abad con su nombre, que un día había desaparecido. Estando en la iglesia se abre su bóveda y de repente aparece el pajarillo con el anillo abacial, se lo pone al abad y se oye la voz de Dios diciéndole al abad: “Virila, piensa que 300 años han pasado en un momento escuchando el canto de un ruiseñor, imagina que la eternidad a mi lado será un momento”».
Leyre, como todos los centros espirituales de los antiguos reinos, tiene su leyenda, digamos, fundacional. Es uno de los conjuntos monásticos altomedievales más importantes y antiguos de España. Los primeros documentos que se conocen son del año 848, cuando san Eulogio de Córdoba, emprendió un viaje a Francia, deteniéndose aquí. Actualmente, con muy pocas interrupciones desde su fundación, mantienen vivo el monasterio una veintena de monjes «a ritmo del ora et labora, según estableció san Benito (siglo VI)». Un ora et labora que, como otros muchos dichos del mundo clerical de antaño, encierran una doble lectura, quizá la más veraz. Vamos, seguro.
Pues de este sacralizado emplazamiento, que comparte nombre con la sierra, cuya solana lo alberga, partimos para alzarnos a ella, para recorrerla en gran parte, coincidiendo también con la Cañada Real de los Roncaleses, una antigua vía pecuaria que, en unos 130 km, conecta los pastos pirenaicos del Roncal y Belagua con las Bardenas Reales, señalizada como GR 13.
De momento la tomamos, aunque unos pocos metros, porque la abandonamos para ir atajándola por sendero muy frecuentado. Al cabo de veinte minutos abrimos la circular para continuar por el que se abre a la izquierda, que nos va subiendo por entre cajicos* y buxos* hasta llegar al Paso del Rallar, pasando por el mirador del Dedo de Leyre, con unas magníficas vistas sobre el valle, afogado por el embalse de Yesa, el que hay en funcionamiento desde 1959, y su futuro recrecimiento, plagado de controversias y quintuplicando el presupuesto inicial.
Hora y cuarto desde el inicio y llegamos al Paso del Rallar, punto neurálgico para optar por una u otra ruta. La de poniente hacia el Arangoiti, extremo y techo de la sierra; y hacia levante al Paso del Oso. Como la idea es hacer las dos, comenzamos por la de la izquierda, la de poniente, la que nos llevará a ese punto más alto de la sierra.
El Rallar es una prominencia caliza que se asoma a la cuenca de Sangüesa, y que tiene, digamos, dos cabezas. A las dos nos asomamos en un pequeño desvío de la ruta. De nuevo en ella, nos viene un tramo de llaneo, con vistas ya al objetivo, coronado de antenas. Una pequeña bajada en cuyo seno encontramos una torreta de luz, justo donde está el desvío para hacer la ruta de la Foz de Arbayún. Los últimos compases, en franco ascenso por un pedregoso camino, nos llevan a la pista asfaltada, próxima ya al complejo que alberga la cima del Arangoiti.
Siempre que hemos estado aquí, que dicho así parece que lo hayamos hecho muchas veces, y ésta es la segunda, claro, la otra fue en un enero, ha hecho frío y viento, que no hace apacible la estancia, por lo que contemplaciones las justas, un breve bocado, foto de familia junto al vértice geodésico, y de vuelta por donde hemos venido.
Y lo hacemos, esta vez, sin asomarnos a El Rallar, hasta el paso homónimo, por donde pasábamos hace dos horas y cuarenta minutos, para seguir ahora de frente, dando comienzo a la otra ruta clásica de la sierra. Por sendero de bosque, intercalado con algún tramo más incómodo de bolos, vamos avanzando, hasta llegar al desvío del Castellar, otro impresionante asome al valle, con su cruz colonizando el territorio.
De vuelta al camino para llegar a converger con el GR 13 esa cañada seguro que más transitada antaño, y por donde comenzaremos el descenso, pero eso será a la vuelta, que ahora nos espera ese Paso del Oso. Tan sólo cinco minutos recorriendo la ancha y cómoda cañada, para dejarla y tomar un sendero a la derecha que, en un cuarto de hora más, nos lleva a esa singular formación geológica que, a pesar de ese nombre tan rimbombante, no parece que le haga justicia, porque la gran oquedad se asoma a un espectacular abismo.
Cinco horas desde el inicio cuando llegamos al otro extremo de la ruta que, vista en cenital, es lo más parecido a un útero con sus ovarios. Buen rato disfrutando del entorno y volvemos sobre nuestros pasos, para incorporarnos de nuevo a la cañada que, en el punto que se conoce como el Paso de la Cerrada, comenzamos el descenso hasta cerrar la circular como una hora más tarde con un paso más cansino. Sólo nos queda compartir itinerario hasta el monasterio.
Damos por terminada una preciosa ruta en la que hemos combinado la consecución de dos objetivos extremos, más alguno intermedio, habiendo invertido en ello unas 7 horas, para recorrer 12,7 km y salvar un desnivel acumulado de 925 m D+/- (Wikiloc: 798), alcanzando la mayor altitud en los 1355 msnm del Arangoiti, techo de la sierra.
GLOSARIO
Cajico: Quejigo
Buxo: Boj
RECURSOS DIGITALES
Ana Stpaul
Las fotos del autor, con sus comentarios, y el track
*La publicación de la ruta, así como del track, constituyen únicamente la difusión de la actividad, no asumiendo responsabilidad alguna sobre el uso que de ello conlleve.
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