Año XV. Entrega nº 993
“La naturaleza no es un lugar para visitar, es el hogar”. Gary Snyder (1930- ).
Sabias palabras del poeta y activista medioambiental estadounidense en las que, a poco que profundicemos, llegaremos a la conclusión de que mientras no nos consideremos parte de ella, mientras no la consideremos como nuestro hogar, no solamente estaremos lejos de alcanzar la felicidad, sino que, por el contrario, estaremos cerca de la enfermedad y muerte prematura. Porque en la naturaleza se encuentra la belleza en sus formas, la perfección en sus mecanismos y la paz que inunda nuestras almas.
En ese afán de acercamiento, hoy nos desplazamos a una de las entrañas del Sobrabe profundo, allí donde pareciera haberse detenido el tiempo para, en ese contacto piel con piel podamos sentirnos acogidos, podamos intimar con unas sierras, con unos barrancos, si no olvidados, sí relegados a un mero accidente geográfico.
Partimos de «el romano “municipium Boletanum”, adscrito a la tribu Galeria, capital de la Boletania», según nos cuenta el divulgador Enríquez de Salamanca. Y en concreto, lo hacemos desde la ermita de San Sebastián que, junto a las de santa Lucía, santa Bárbara y san Andrés, forman parte de una ruta en torno a Boltaña, centro administrativo de la actual comarca de Sobrarbe, que comparte capitalidad con la cercana Aínsa, capital histórica.
Con algún poyaque* improvisado, como luego veremos, comenzamos esta amplia circular, en sentido levógiro. Para ello, nos dirigimos hacia el estrecho puente sobre el río Ara sin pasarlo, para comenzar por el PR-HU 40 en dirección a Jánovas, por un ancho camino, que pronto dejamos para entrar en un sendero a la izquierda, con la indicación de Campodarbe.
Vamos dejando la grata compañía del río para ir formando parte del bosque por un sendero que no ha resistido el peso de las tierras en tramos inclinados, hasta en tres ocasiones, dejando unos pasos un tanto expuestos, pero que con cuidado se pasan sin mayores problemas.
Seguimos ganando altura, lo que nos permite unas vistas aéreas sobre el río Ara que, en febrero, baja mayenco*, y que el Nabaín no le pierde ojo. Combinando sendero con pista, visitamos la cueva de la Sierra, que celosa guarda su entrada entre arbustos, pero que, finalmente, encontramos, entrando a sus oscuras entrañas, donde el tiempo va a otro ritmo.
De nuevo al sendero para continuar por esa diversidad de tránsito, hasta salir a una extensa planicie que, sorprendentemente, con más de 1100 msnm, sería el techo de nuestra ruta, y que nos ofrece unas excelentes vistas sobre el Gran Norte, protagonizado por el macizo de Treserols, y sus montañas espejo orientales, la Suca y Tres Marías, entre otras. La Peña Montañesa, con Cotiella detrás, silenciosamente también nos piden formar parte del elenco, así como el Turbón. Belleza cercana y lejana a nuestro alrededor.
A Campodarbe lo encontramos ahí, a media distancia, en sus cosas, por lo que no queremos molestarlo, de modo que volvemos unas decenas de metros atrás para tomar el sendero señalizado en la dirección del barranco de Sieste. Una travesía que nos va bajando, hasta dar con él y acompañarlo un buen rato, hasta que tenemos que dejarlo, porque se precipita más que nosotros.
Llegamos al punto al que volveremos a la vuelta para continuar con la circular. Ahora toca un tramo que compartiremos, de momento para bajar al seno del Sieste, por un estrecho sendero, jalonado por grandes cajicos, y que abandonamos para entrar a visitar la cascada que ofrece este barranco en las temporadas que lleva agua, que no es todo el año.
Hechos los honores, volvemos al sendero para terminar de bajar al ancho río por aquí, pero que se deja cruzar, un poco antes de dejar que las aguas del barranco Fondo se le incorporen. Unas aguas éstas, que protagonizan la cascada del Confesionario, uno de los atractivos de la ruta, quizá el mayor.
El nombre de Confesionario le viene de la leyenda, una más de las numerosas que arrastran estas tierras montañesas y que, en este caso, refiere a «un gigante arrodillado confesando sus pecados a las profundidades de la tierra a través del hueco sagrado», esa oquedad que hay encima, formada por un proceso de acumulación de limos, y que le da el menos decoroso nombre de «el Coño del Mundo», y que visitamos en diciembre del 24 y abril del 25.
Tres horas y media hasta aquí. Antes de acercarnos a este singular paraje, nos asomamos a la poza de Chinchirigoy, que calma las aguas de estos dos hermanados barrancos. Ahora sí, cruzamos con cuidado las aguas para dirigirnos hacia la cueva de las Golondrinas, sobre la que, grácilmente, se descuelga la cascada, amansándose sus aguas frente a ella. Breve bocado… y volvemos sobre nuestros pasos, para cruzar ambos barrancos y subir por el sendero hasta llegar al de Campodarbe, para retomar la circular.
El sendero nos hace pasar, de nuevo, por los dos barrancos, el de Sieste, por encima de la cascada que hemos visitado, y el Fondo, por encima también de su cascada. Tras ello, lo previsto era seguir bajando por el, digamos, camino normal, y aquí viene el poyaque*, porque nada más cruzar este último barranco se abre la posibilidad de subir a Morcat, y claro… como está ahí…
Sin dar mucho tiempo a otras opiniones, emprendemos la subida a este despoblado salvando los más de 200 metros de desnivel. Lo encontramos solitario, rumiando en su pasado de importante enclave, dadas las dimensiones de la mayoría de los pueblos montañeses. Éste se extiende en una amplia llanura, a 1080 msnm desde los que puede mirar por encima del hombro a mucho territorio a su alrededor, y con humildad y una cierta envidieta a ese Gran Norte, nevado durante gran parte del año en aquellas épocas, antes de que Morcat cerrara los ojos para siempre.
La primera mención de este milenario lugar se encuentra en el Cartulario de San Juan de la Peña, nº 50, del historiador Ubieto, que documenta al «señor Ato Garcianis, de Morkato», entre los años 1020 y 1030. De 7 fuegos en los censos de 1495, 1543 y 1609, alumbrados con candil, hasta los años 50 del siglo pasado cuando les llegó la electricidad, al más absoluto abandono, desde que en 1967, José Allué, su mujer Pilar y sus dos hijos, últimos pobladores, cerraran la puerta de casa Buil por última vez, según cuenta Cristian Laglera. en su blog Despoblados en Huesca.
Lucien Briet, viajero impenitente y gran divulgador de las bellezas del Pirineo, tuvo ocasión de visitar Morcat en 1906, llamándole la atención las dimensiones de la pila bautismal del templo, dedicado a Santa María, pues decía que «se podía dar el bautizo por inmersión», en una visita que hizo, «mientras preparaban la comida en casa del párroco». En lo que suponemos sería una larga y agradable sobremesa, le comentaría al visitante «que las casas del pueblo, construidas una tras otra, parecían cinco vagones arrastrados por la iglesia, que hacía las veces de locomotora y en la que el campanario simulaba una pequeña y rechoncha chimenea». Extraído del blog Mirando en la alberca.
Unas breves pinceladas sobre el templo, que nos cuenta Omedes, el maestro del románico, para decir que tiene tres naves, encabezadas por sendos ábsides, aunque el central ya no existe, y que está enraizado a finales del siglo XI, con importantes reformas en el XVII. Está localizado en el extremo norte del pueblo, y es un ejemplo más, de los cientos que hay, de edificaciones milenarias que ven ahogados en su seno los ecos de una devoción anclada en el pasado.
Otros edificios son los de sus casas, que se van viendo afogados por las barzas y el abandono; no están ya ni para recibir los ánimos que les transmitimos. Y con esas, abandonamos este lugar, dominado por las ruinas de su castillo, y que verdaderamente, impresiona por su estructura y su ubicación, hasta el que llega una pista, pero que no tomamos para sentirnos más integrados en la pasada realidad, tomando un sendero que, finalmente, llega a ella.
La dejamos momentáneamente para entrar a la fuente y, de vuelta, la seguimos en dirección a otro despoblado, el de San Velián, hasta un cruce con otra pista, y tomar ya un sendero enfrente que nos va a ir llevando a esta pequeña aldea de no más de dos casas. Aneja a la más importante, casa Broto, que parece conservarse en pie, está la capilla, más abandonada ella, advocada a la Virgen del Carmen, del siglo XVIII. La otra casa, de nombre Salinas, tras la de Broto, fue la última en cerrar la puerta, cuando Martín y Ramona, y Martín su hijo, marcharon definitivamente a Aínsa en torno al año 1962.
Desde los 890 msnm de este enclave sobre el barranco de Sieste, vemos su cabecera, de donde venimos, y también, enfrente, el cauce medio, al que tenemos que bajar, destacando las casas de San Martín y el sendero que tendremos que acometer desde ellas, para volver a Boltaña, que la vemos en la lejanía.
Volvemos, pues, al desvío para continuar el descenso hasta el seno del barranco, saliendo al tramo de las pozas que, la mayor parte del año, respiran tranquilidad, a diferencia de la temporada veraniega, cuando las ganas de esparcimiento de propios y visitantes es con lo que tienen que convivir, viéndose alteradas sus turquesas aguas.
Nos incorporamos al sendero para terminar de bajarlo, hasta cruzar el barranco, definitivamente, a los pies de una ancha cascada, para tomar un sendero a la derecha, que nos lleva a la carretera de las antedichas casas de San Martín, a las que, por poco, no se llega, porque hay que dejarla para continuar por un sendero a la derecha, que nos baja para cruzar el barranco de la Coasta, desde el que iniciamos una larga travesía que rodea la loma homónima.
Nos las prometíamos muy felices pensando en llegar plácidamente, pero hete aquí que los barrancos, en su ánimo de evacuar las persistentes lluvias de estas semanas pasadas, nos encontramos uno, del que no encontramos nombre, pero sí agua, junto al que va el frágil sendero que, finalmente, nos conduce a una explotación ganadera, y desde ella, la pista que nos lleva al punto del inicio de la ruta.
Una ruta por estas sierras calladas, por las que hemos pretendido no sólo ir de visita sino, aunque sea sólo momentáneamente, sentirlas como nuestro hogar, y a lo que le hemos dedicado 8 horas y 50 minutos, para recorrer en torno a 23 km, aunque la limpieza del track los ha dejado en 20,9 km, con un desnivel acumulado de 1085 m D+/-, y que Wikiloc los deja en 918 m D+/-, habiendo alcanzado la altitud máxima que, aunque pareciera fuera la de Morcat, no lo ha sido por poco, siendo el altiplano llegando a Campodarbe, con 1118 msnm.
GLOSARIO
Poyaque: contracción de “pues ya que”, refiriéndose a “ya que estamos aquí…”, para incluir algún objetivo no previsto.
Mayenco: vocablo altoaragonés para definir las crecidas de los ríos, debido a los deshielos de mayo.
Cajico: quejigo, una especie de roble.
BIBLIOGRAFÍA
Por el Pirineo aragonés (rutas del Sobrarbe y la Ribagorza). Cayetano Enriquez de Salamanca. El autor (1974)
Historia de Aragón. Los pueblos y despoblados I. Antonio Ubieto. Anubar (1984)
Historia de Aragón. Los pueblos y despoblados II. Antonio Ubieto. Anubar (1985)
Historia de Aragón. Los pueblos y despoblados III. Antonio Ubieto. Anubar (1986)
RECURSOS DIGITALES
Despoblados medievales en Huesca
Las fotos del autor, con sus comentarios, y el track
*En la senda de inicio hay tres tramos delicados debido al desprendimiento de tierras.
*La publicación de la ruta, así como del track, constituyen únicamente la difusión de la actividad, no asumiendo responsabilidad alguna sobre el uso que de ello conlleve.
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