martes, 22 de agosto de 2017

Palas, un mundo sin piedad

AQUERAS MONTAÑAS
Palas (2969 m)
Sábado, 19 de agosto de 2017



            Jean Rameau, pseudónimo del escritor francés Laurent Labaigt, en su novela “L’ami des montagnes”, se refería a este pico como “el malvado de cabeza negra, el más peligroso de la cadena”, y quizá no le faltaba razón. Y es que el corazón de granito de este salvaje territorio, en su explosión en busca de los sentidos del ser humano, hace eones de tiempo, ha conformado un paisaje de una belleza indescriptible, y aunque no está domesticado, ni lo estará del todo jamás, sí podemos decir que algo se ha ido doblegando a lo largo de las dos últimas centurias, desde que comenzaron su descubrimiento los precursores pirineístas franceses, a cuyo territorio también desagua. En 1825, los tenientes Pierre-Eugène Peytier y Paul-Michel Hossard recibían del ejército francés un encargo de triangulación para elaborar un mapa de la zona, cuando pretendidamente ascendían al Balaitous, cometiendo el error de ser al Palas al que estaban subiendo, y lo hicieron por un itinerario de su cara norte, quedando bautizada con ese nombre, la arista de los Geodésicos. 

Imagen de partida, de poca calidad,
pero que atestigua la risa floja por lo que se nos viene encima

Con las primeras luces
            Nosotros, gracias a ellos, sabiendo ya que subíamos al Palas lo hacíamos por esa arista, para bajar por la “normal” de la chimenea de Ledormeur. Sí, entrecomillamos, porque muy normal, muy normal, no sé si es. Lo dejaremos en la “más” normal. La verdad es que por aquí nada es normal, todo es extraordinario, todo es espectacular, todo es grandioso, salvaje, bellísimo… todo sacia cualquier hambre y sed de montaña.

Contemplando el horizonte de luz

Camino del collado d'Arrious
            Los jirones de niebla, cada vez más frecuentes, salen a recibirnos conforme vamos subiendo el Portalet, unos penachos que llevan la etiqueta d’Ossau. Inconfundible. Llegamos al aparcamiento de Soques antes que el alba, como una hora antes, en la que como trece luciérnagas por el interior del bosque sólo podemos ir apreciándolo olfativamente… que no es poco. Media hora zigzagueando por el hayedo en brumas no es suficiente para conocer su vida en este ambiente, pero se aproxima bastante. Cruzamos el arroyo por la palanca dejando el bosque atrás, en lo suyo, en su húmeda oscuridad. Ya por encima de la raya de esas nieblas que modulan el paisaje, las primeras luces nos pillan con otro de los grandes del territorio a la vista, el Midi y su inseparable Peireget, que emergen por encima de ellas, como no queriendo perderse nuestras andanzas.

El pico Arrious se refleja en el lago de su mismo nombre

Enfilando el objetivo, por encima de las nieblas de Artouste
            Estamos en el mundo Arrious, hay que entenderlo, y como en una familia, todo aquí lleva su apellido. Seguimos subiendo por su barranco, pasamos por su cabaña, aunque en la puerta ponga de Bergers. Dejamos también atrás el desvío para subir al collado de Soba, ruta que lleva a su cordal, que tampoco nos pierde de vista, y a los Arrieles, que enseguida nos tendrán también en su radar. Último empujón para llegar al collado, también d’Arrious. Como dos horas desde el arranque, y más de 800 metros de desnivel. Vamos bien. Dejamos que el sendero siga su caída hacia Artouste, y nosotros tomamos el que gira hacia el este, para meternos en un momento en la cuenca del lago d’Arrious, en cuyas calmas aguas se refleja presumido el pico del mismo nombre.

Paso d'Orteig

Nieblas de Artouste
            Salimos de esta cuenca, y si queremos mirar algo, más vale pararse, porque el sendero te va llevando a una faja elevada sobre el circo de Artouste, con vertiginosa caída. Pero a poco que levantes la mirada, ese ojo que todo lo ve, nuestro bien amado sol, ya nos va haciendo guiños por la silueta del monte que nos hemos puesto hoy como objetivo, justo por ese pitón Von Martin, como diciendo: “… por aquí no, que os quemaréis…”. Paso d’Orteig, con su sirga, más precisa en invierno que ahora, pero que no va mal.

Palas e ibón d'Arremoulit

Un momento de respiro junto al refugio
            Una pequeña vaguada y pronto alcanzamos visualmente otra cuenca. Cambiamos de mundo, pasamos al d’Arremoulit, con sus lagos, con sus picos, con su refugio, al que hay que llegarse, aunque cueste perder altura. Bocado para reponer fuerzas y al tajo, que en dirección al Palas, en un cuarto de hora abrimos el círculo para tomar dirección norte en busca de esa arista que nos va a subir a la cima. Algo más de una hora entre incómodos bolos de granito para llegar a una amplia plataforma donde la ruta se pone más vertical, y donde aprovechamos para pertrecharnos con el equipo de seguridad, por si en algún momento se hiciera preciso emplearlo.

Preparados para la ascensión

Progresando hacia la brecha de los Geodésicos
            Otro cuarto de hora más, buscando hitos para llegar a la brecha de los Geodésicos, y tomar bien el verdadero comienzo de la arista. A partir de aquí ya entran en acción las manos también. Paso a paso, golpe a golpe, verso a verso… bloque a bloque, vamos ganando esa aproximación a la cumbre que bien se lo hace de rogar. Setenta minutos de delicada cabalgada por estas crestas, por estas enormes rocas, que en aquel colosal y convulso juego tectónico les ha tocado este lugar, les ha tocado apuntar a lo más alto, por encima de todas las demás, por encima de abismales patios, y que son pasto de los mil y un soles, de los mil y un vientos, de las mil y una aguas, hielos, nieves, que las acarician, que las contemplan, que las miman, que las modelan para disfrute de los que por aquí venimos a reptar por sus lomos.  

En plena faena por la arista

Otro tramo de arista -imagen de Josemari-
            Al término de esta alianza hombre-roca, roca-hombre, llegamos a la cima, que no es otra cosa que continuación de la arista. Con enorme alegría y respeto vamos subiendo unos y bajando otros del punto más alto de esta montaña. No cabemos todos, sólo organizándonos, y con mucho cuidado, para el posado mayenco. Bien se vale que debajo, dando cara ya a la cuenca de los Arrieles hay una pequeña plataforma, no muy cómoda, pero al menos cabemos todos para echar un bocado y repasar los montes que nos inundan visualmente. Son tantos que apenas nos da tiempo. Para nombrarlos todos haría falta sacar el catálogo de los dos mil quinientos y tres miles. Sólo destacaremos, y que no se nos enfade ningún otro, los colosos de este impresionante circo, los Arrieles, las Frondiellas, y el padre prior del convento, la joya de esta impresionante corona, el Balaitús.


Llegando a cumbre
Balaitús y Frondiellas
            Tras seis horas de andanzas por barrancos, cuencas lacustres, y aristas desafiantes, finalmente nuestros corazones se hacen uno con el de esta dura montaña. Finalmente, decimos, nuestras expectativas se ven colmadas con tanta belleza. Como siempre, sin duda, el esfuerzo ha merecido la pena. La satisfacción es plena, pero el trabajo a medias, hay que bajar. El día está radiante, aunque no opinen lo mismo los que estén en los fondos de los valles franceses, ahogados por las nieblas. Desde la brecha de los Geodésicos hemos venido coqueteando por esa línea invisible que sólo está en los mapas, y que marca los límites de uno y otro país, incluso la cima lo hace, y los primeros compases del descenso también, hasta entrar en la chimenea de Ledormeur, considerada como la vía normal de ascenso.

De izquierda a derecha: Midi d'Ossau, picos d'Arrious y Lurien, y lago de Artouste

Rapelando -imagen de Raúl-
            Tiene dos tramos, uno inclinado y otro más todavía. Pero aun así y con todo, hay que tomarla sí o sí, porque no es difícil tomar otras, que no conducen a ninguna parte. Hay que estar muy atentos a las pinturas rojas. Y muy atentos también a las piedras, pues la roca está muy suelta y la verticalidad hace que se lancen como proyectiles. Al término de la primera parte y comienzo de la segunda hay un tinglado para montar rápel y asegurar las inseguridades, y hoy, tras un reciente episodio familiar ligado al hombre, a la pared y al vacío, uno las tiene, y no le duelen prendas en aprovecharse de este sistema de descenso, aunque sea el único en hacerlo. Esta segunda parte es como la anterior, pero bastante más inclinada.

Collado de Palas

Pitón Von Martin... ya si eso pa'otro rato
            Llegados ya al pie de la chimenea, una corta faja nos conduce a continuar el destrepe para llegar al canchal, que tenemos que atravesar, y que en menos de una hora nos lleva hasta el collado del Palas, con un ojo sobre esta cuenca de Arriel, y con el otro sobre la de Arremoulit, que es en la que nos sumergimos para en un cuarto de hora de bolos y más bolos cerrar el círculo. Diez minutos más para alcanzar el refugio, en el que hacemos una breve parada, para a continuación desandar el camino de esta mañana, con las nieblas de Artouste que no ocultan sus intenciones de llegar al paso d’Orteig antes que nosotros, pero que no lo consiguen. Lago d’Arrious, collado, y largo descenso por el barranco hasta la palanca, que da entrada al bosque, del que disfrutamos veinte minutos más de su ambiente.

Ambiente de alta montaña

Hayedo encantado
            Aparcamiento de Soques. Esta es la verdadera cumbre. No podemos ocultar nuestra alegría al llegar a ella, y no es para menos, después de 18,2 km netos, recorridos en 11h 15’ de tiempo total, del que 6h 45’ han sido en movimiento, con un desnivel acumulado superior a los 1950 metros D+/-. Gracias a un monte duro, que a pesar de todo se ha dejado. Gracias a un día insuperable en lo meteorológico. Gracias a María, Carlos V, Josemari, Rafa, Toño, Carlos C, Jose, Manuel, Raúl, Daniel, y especialmente a Julio y David, que han velado en todo momento por nuestra seguridad. Finalmente, ese mundo sin piedad, con que subtitulábamos el encabezamiento, ha permitido que pasemos una extraordinaria jornada de alta montaña, un verdadero lujo entre amigos, y en un entorno, como hemos dicho en algún momento, sal-va-je-men-te bello. Gracias.




domingo, 13 de agosto de 2017

Ferrata de la Zapatilla, sobrevolando Candanchú

VÍAS FERRATAS
La Zapatilla (2225 m)
Sábado, 12 de agosto de 2017



            Tercer verano consecutivo haciendo esta ferrata de la Zapatilla, disfrutona. Sí, disfrutando haciéndola y viendo cómo lo disfrutan los amigos, que todo cuenta. Empieza a ser ya todo un clásico. En este caso, somos 8 los que nos juntamos para ello, en una jornada espectacular en lo meteorológico después de varios días no vamos a decir invernales, pero desde luego, más que estivales.

Preparados para la marcha

Progresando camino de la pedrera
            Una ferrata ésta en la que hay que asumir la aproximación, que no es muy larga, pero sí costosa. La salida se efectúa desde el aparcamiento de Pista Grande de Candanchú, y hay un ligero desnivel hasta llegar al abrevadero de la Rinconada, tras haber atravesado buena parte del circuito de esquí nórdico. Desde aquí, el ascenso es muy fuerte hasta el comienzo de la vía, ya que en poca distancia se superan más de 300 metros, primero por empinadas laderas herbosas, que dan paso al canchal originado en el cono de deyección del Tubo de la Zapatilla. El comienzo de la vía está como a 200 metros por debajo del collado, de modo que ya nos comemos más de la mitad de desnivel, pero como hemos venido a hacer la ferrata, pues eso. Vamos.

Pedazo de subida

Testigos de excepción
            Tras dejar la gota gorda por el canchal, llegamos definitivamente a ese comienzo de vía, con una no muy grande plataforma para ir poniéndonos los avíos del oficio. Una vez enganchados a la línea de vida, esa sirga que nos va a acompañar durante todo el recorrido, incluido el de descenso, nos ponemos a ello. El primer tramo es bastante vertical, pero la roca es buena y no ofrece ninguna dificultad para asirse a ella. En unos cuantos metros llegamos a una pequeña oquedad en la que unos simpáticos animalillos te dan la bienvenida. A partir de aquí sigue una travesía en diagonal, que culmina en otro tramo vertical, con roca más lisa, provista de pequeñas presas artificiales adheridas con químico. Impresiona lo aéreo y expuesto, pero realmente no pasa de IIº desde el inicio.

Preparando los avíos

Progresando por los primeros compases
            Al terminar este último tramo sí que hay que tener cuidado, porque hubiera quedado mejor haber alargado la sirga unos metros más para salir asegurado de estos primeros pasos hasta llegar a terreno más estable. De cualquier modo, se puede hacer sin mayor problema. El espacio que se nos abre es sorprendente, porque desde la base de la estación no se lo puede uno imaginar. Estamos en el costado de poniente de esta gran mole que es la Zapatilla, dando cara en primera vista a Loma Verde, y a grandes montes de los Valles Occidentales. Se impone una parada para echar bocado y trago, aprovechando para contemplar todo lo que la vista da de sí, que no es poco.

Ante todo, seguridad

Entrando en la chimenea -imagen de Rafa-
            De vuelta al tajo hay que abrirse a la derecha, por la zona de hierba, tratando de evitar al máximo la pedrera, hasta que ya es inevitable, y en un brusco giro a nuestra izquierda nos encaramos hacia la pared, con el siguiente objetivo a la vista, un gran orificio vertical a pie de roca, que nos va a engullir para proseguir ferrateando. Y es lo que hacemos, tras volvernos a unir a la sirga comenzamos a trepar por la chimenea, hasta que un par de grapas rojas nos ayudan para auparnos a un pequeño anfiteatro, provisto de dos anillas en la pared, que aprovechamos para ir asegurándonos conforme vamos llegando. La chimenea no pasa de IIIº, pero la mochila nos puede enredar un poco y hay que andar con cuidado.


Esperando agruparnos para continuar

De contemplación -imagen de Jose-
            Una vez aquí todos proseguimos la marcha dirigiéndonos hacia un gran orificio por el que asomarse es una sorpresa mayúscula. Salimos a la mismísima suela de la Zapatilla, y el escenario que se abre a nuestros pies es impresionante. Justo este lugar es uno en los que hay que poner mayor atención, ya que desde el mismo asome hasta la sirga hay que dar como un par de pasos que no admiten errores. Ya todos en la sirga, sólo resta ir subiendo. El primer tramo se realiza por una pequeña canal, que conforme subes va desapareciendo, quedándote a la total intemperie, pero siempre asegurado a la sirga. Le sigue una pequeña travesía diagonal hacia la izquierda, y luego otro pequeño tramo de subida, para llegar ya al término de la ferrata.

Terminando, en un entorno espectacular

Culminando por la loma herbosa
            Lo primero que te encuentras es una pequeña plataforma, en la que hay que extremar también la precaución, puesto que está abierta a tres aguas. Hacia el sur, sigue la loma, pasando por el punto a tomar para el descenso, pero como opción se puede seguir, como hacemos, para subir por marcado sendero entre la hierba y por roca los últimos metros, llegando hasta la brecha que media para llegar a la verdadera cumbre de la Zapatilla, de 2225 metros de altitud, pero que nos contentamos con pasar un rato al filo de esa brecha.

Extraordinaria panorámica -imagen de Jose-

No es para menos
            Cuando nos cansamos de revisar los montes, los horizontes y la vida que queda todavía por ellos, regresamos sobre nuestros pasos para comenzar el descenso, el vertiginoso descenso, que también está asegurado por sirga. En un cuarto de hora lo realizamos, son menos de 100 metros de desnivel hasta el collado de la Zapatilla, justo en el arranque del Tubo, que los esquiadores de nivel conocen bien. Aún hay quien se anima a auparse a la siguiente cota, como si a la conquista de la isla de Perejil se tratara.

Bajando hacia el collado

            Bajamos hasta el paso de Tortiellas y nos tiramos por la pista, buscando la base de la estación, en una extraordinaria mañana de monte, haciendo esta ferrata de la Zapatilla, variada, divertida, disfrutona, a la que le hemos metido como 7 km, que hemos recorrido en 4h 35’ de tiempo total, del que 2 horas han sido en movimiento, con un desnivel acumulado de unos 740 metros, todo ello con muy buen tiempo y muy buena compañía. Para repetir, vamos.




El track, es el del año pasado, en: http://www.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=13898321

martes, 8 de agosto de 2017

O l'Ibón y el mundo calizo de Berneras

AQUERAS MONTAÑAS
O l'Ibón (2475 m)
Ruabe de Bernera (2455 m)
Bozo de Bernera (2454 m)
Bernera (2432 m)
Sábado, 5 de agosto de 2017



          Lizara nos espera. Esos bonitos llanos a 1500 metros de altitud, con vestigios neolíticos, regados por la chorrota del hoy seco barranco de Audelca, un gran tajo entre dos enormes macizos que presiden la cabecera de este valle de Aragüés del Puerto, y que son el de Bisaurín, con su inseparable Fetás, y el de Bernera. Unos llanos en los que ramonea una pequeña cabaña vacuna, que no es ni la sombra de lo que fue, como lo atestigua la gran proliferación de cardos, fruto de la falta de pastoreo.

Vacas pastando en el llano de Lizara

Recién comenzada la ruta
            Siete hombres, dos mujeres y un solo destino, el hacernos con ese macizo de Bernera en pleno Parque Natural de los Valles Occidentales, en los confines del noroeste del Alto Aragón. Un macizo éste poco visitado, sin saber muy bien por qué, porque también tiene su enjundia. Rocoso, duro, áspero, calizo, con buenas crestas, y con unas excelentes vistas hacia los cuatro puntos cardinales, pero hacia el Valle de los Sarrios, especialmente. Y con esas sanas intenciones partimos del refugio de Lizara, recorriendo sus llanos y subiendo hasta el collado del Bozo, en un recorrido tradicionalmente señalado como el GR 11.1, una variante del GR 11, pero que desde el año pasado lo está también como ese GR 11 en su nuevo trazado, y que una vez admirada la cabecera del valle de Aísa, abandonamos para meternos por el barranco de Igüer, en un brusco giro hacia el norte.

En el collado del Bozo

Lirios, con el valle de Aísa de fondo
            Los lirios, que hasta aquí habíamos visto ya agostados, a partir de ahora gozan ya de su mayor altitud, lo que les confiere frescura y lozanía. Nadie en la montaña, al menos en la visual. Tras la empinada entrada a este recóndito valle, el camino nos da un respiro como de media hora, en el que lo recorremos tranquila y relajadamente. Tras superar una pequeña muralla, dotada de cadena, llegamos al desvío para ir subiendo ya a este macizo. Ante nosotros se nos abre un barranco bicolor: a las blancas calizas de Bernera se enfrenta el característico terreno royo del Olivón, que mejor nos gusta llamarle O l’Ibón, que creemos más genuino, nombre referido al ibón Biello, situado detrás de donde estamos, en el puerto de Bernera, cabecera del Valle de los Sarrios.

Ruabe de Bernera y O l'Ibón

Trepada cimera
            Pero ya llegaremos a verlo, que de momento tenemos que alcanzar el collado para ello. Los 335 metros de desnivel que hay hasta él los hacemos en 35 minutos, que no está nada mal. Tratamos de evitar el fondo de ese pedregoso barranco, y lo hacemos dejándolo a nuestra izquierda, por unas laderas herbosas, que pese a la gran inclinación pensamos más cómodas. Finalmente alcanzamos el collado, que nos ofrece una vertiginosa vista, ahora sí, sobre ese ibón, el Valle de los Sarrios, la Plana Mistresa, Bisaurín, Estanés, y las nieblas que ahogan el territorio galo. Se puede no llegar hasta el collado e iniciar el ascenso cimero siguiendo por la ladera herbosa, pero representa algo más de exposición, aunque por otra parte, si se acomete desde el collado te obliga a trepar por una serie de lajas de buena roca, no exentas también de exposición.

Bellísima panorámica sobre el Valle de los Sarrios y el ibón de Estanés

Últimos pasos para cumbre
            En poco se llega a la cima, que ofrece unas vistas más amplias que desde el collado. Este cordal se alza sobre el barranco de Igüer, al este, y el de los Sarrios al NW, justo encima del circo de O l’Ibón, que alberga a ese ibón Biello, que lucha por resistir la amenaza de la colmatación. Destrepamos hasta el collado, y cambiamos el piso royo por el blanco calizo para auparnos a este cordal norte del macizo de Bernera, que da apellido a otra serie de prominencias que vamos a ir recorriendo. La primera es la Ruabe de Bernera, que pasa apenas advertida para nosotros, absortos ya en el patio que se nos abre a derecha e izquierda, aunque más espectacular y próximo a la derecha, con esos más de trescientos metros en picado sobre el ibón Biello y sus preciosos alrededores.

Espectacular vista sobre el Bisaurín y toda su depresión norte, hasta el ibón Biello

Chimenea de bajada
            Mientras las nieblas van cociendo a fuego lento todo lo que ellas abarcan sobre el territorio galo, vamos progresando por el cresterío de esta impresionante muralla, porque la idea es esa, la de hacer la integral hasta el Bozo de Bernera, casi en el extremo noroccidental del macizo, pero algunos pasos un tanto delicados aconsejan no hacerlo, por lo que se impone descabalgar y volver a subir. Lo primero, tras un intento fallido, lo hacemos por una chimenea no vertical, tan sólo inclinada, fácil de bajar, a cuyos pies nos aguarda una corta faja, que descendemos con la ayuda de las manos.

El O l'Ibón nos hace pequeños. Impresionante

En el collado de Bernera
            Enseguida alcanzamos el collado de Bernera, punto clave que da juego para las diversas rutas de este macizo de dos fachadas, la sur que da a Lizara y Napazal, y la norte que enhiesta se yergue sobre ese circo de O l’Ibón. Entre ambas, un puerto en el que predomina el karst propio del mundo calizo. Vemos muy cercano el tercer objetivo del día, el Bozo de Bernera, por lo que dejamos las mochilas en el collado y en dos patadas lo alcanzamos, y no sólo eso, sino que lo dejamos atrás para llegarnos hasta el final del cordal. Lo volvemos a pasar de regreso, y descendemos hasta el collado. Con las mochilas ya subimos a culminar esa fachada norte, pasando por suave ladera herbosa, que se alterna con grandes lajas de erosionada caliza.

En el Bozo de Bernera

No es para menos
            Esta otra cima, nuestra cuarta identificada de hoy, está provista de un pequeño buzón de cumbre, y da ya vista a mediodía. Breve descanso, largas miradas al entorno, y tras debatir por dónde bajamos, lo hacemos hacia el lado de poniente, para caer al barranco de Audelca, y enfilar ya la llegada al refugio de Lizara. El camino pasaría por volver al collado de Bernera, pero la ladera nos permite ir acortando por la izquierda hasta asomarnos al punto de partida del verdadero descenso, siendo importante localizar ese primer hito para ir siguiéndolos. Lo encontramos sin ninguna dificultad y eso es lo que hacemos, seguirlos por ese mar de piedras, de foraos, de atormentado karst, que nos lleva a un canchal, por el que perdemos altura con rapidez.

En el Bernera

Bajando por el canchal
            Una plataforma herbosa nos recibe engalanada con gran profusión de lirios. Dejamos atrás la tiranía mineral para bajar ya hasta el mismo fondo del barranco, que con una ligera subida alcanzamos ya el camino, Senda de Camile, y convertido recientemente en GR 11, señalizado como Sendero Turístico de Aragón, que en poco más de media hora nos lleva al cruce con el GR 11.1 que viene, o va nunca se sabe, del collado del Foratón y que en otros cinco minutos más nos baja al refugio de Lizara, donde le damos un homenaje al cuerpo con una buena comida.


Lirios en el barranco de Igüer

Edelweiss
            “Poyaquestamos aquí, si eso podemos hacer…”. Llamamos “poyaques” a esas personas que una sana ambición les lleva al inconformismo, les lleva a no pararse en un monte si se pueden hacer varios, y el “peligro” que tienen es que nunca se sabe lo que piensan, nunca se sabe si en definitiva hacemos menos de lo que han pensado… o quizá más. Nuestro Josemari, el promotor de la salida de hoy, es uno de esos “poyaques”, que ha sabido conjugar las inmensas posibilidades de este gran macizo con el entusiasmo del personal, haciendo una preciosa circular por Bernera, que da apellido a varias prominencias que alberga, salvo a ese O l’Ibón, que supera en altura a todas ellas.


            En el “poyaque” de circular de hoy, han salido 12,4 km, que no son muchos, y que hemos recorrido en un tiempo total de 6h 50’, del que 4h 20’ han sido en movimiento, saliendo un desnivel cumulado de en torno a 1285 metros D+/-. Una mañana diez, en definitiva, gracias al tiempo que se ha sujetado, y especialmente a la buena compañía, aunque sean “poyaques”. Jjjj.