domingo, 18 de marzo de 2018

Bara-Bibán-Binueste-Bara, por el Guara profundo

IXOS MONS
Por el Guara profundo
Bara (940 m)
Bibán (1.130 m)
Binueste (1.120 m)
Sábado, 17 de marzo de 2018



            La vida es un ir y venir, un intercambio tal que cuando no se produce, ésta se va apagando, dejando paso a otras formas de la existencia, como es el letargo, u otras peores. Lo vemos en las personas, que la actividad les hace estar vivas, cuando dan, cuando reciben, cuando se producen intercambios entre ellas. Lo mismo pasa con el paisaje, con la demografía, con los pueblos. Allí donde llegan los servicios, agua, luz, carretera, suministros, médico, maestro… y tantos otros, hay vida, porque es un ir y venir, un traer y llevar, un caldo de cultivo que genera condiciones de subsistencia, pero cuando eso no ha llegado, o empieza a fallar, paulatinamente  se entra en un proceso, irreversible en la mayor parte de los casos, de agonía, que conduce al abandono, al silencio, a la muerte. “Quién te cerrará los ojos, tierra cuando estés callada” sentenció el ínclito Labordeta.


Restos de Bibán
            De nuevo el mal orache nos echa de nuestro ecosistema natural, que es el Pirineo. De nuevo, tenemos que refugiarnos en nuestros cuarteles de invierno. De nuevo, henos por las sierras de Guara, unas sierras calladas, demográficamente deprimidas, demográficamente abandonadas, demográficamente pasto del olvido, de lo que se aprovecha el medio para ir colonizando lo que un día fue suyo. Unas tierras, decimos, que todavía se estremecen ante cada amanecer, ante cada atardecer, ante cada vez que un ser humano, de tarde en tarde, las transita con sumo respeto, reconociendo lo que son, lo que fueron, reconociendo la belleza en la austeridad, la sencillez en la complejidad de estos sistemas montañosos, las ganas que tienen, en definitiva, de mostrarse todavía en el esplendoroso discurrir de esos caminos de agua que hoy, tras una época de persistentes lluvias, nos hemos encontrado, y que ha hecho que tuviéramos que medirnos con ellos y que nos hayan doblegado a sus corrientes.

Caminos llenos de magia

Abre y cierre de la circular
            Hoy hemos querido sentir ese estremecimiento recorriendo viejos caminos que comunicaban algunos de los hoy despoblados de estas sierras. Bara es el último pueblo del valle de Nocito al que se puede acceder por carretera, en consecuencia aún permanece la actividad, escasa, pero permanece, y las casas en pie, incluso arregladas. A partir de aquí, se abre un mundo de posibilidades para hacer rutas que unan alguno de esos asentamientos que el tiempo desgrana y que las barzas van ganando para sí. Hoy, elegimos la vuelta que une Miz, Bibán y Binueste, aunque sabemos que no lo vamos a tener fácil, porque a una larga época de sequía le está sucediendo una corta de lluvias, que hace que el monte rezume agua por todos sus poros.

Panel informativo del parque

Miz, esta vez no pudo ser
            Al filo de las nueve de la mañana, dejamos Bara con un termómetro anclado en los cero grados, indeciso en si tirar para arriba o para abajo, y nos metemos de lleno en el S-12 del Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara para abrazarnos a un Alcanadre que rebosa agua, que rebosa vida. A los veinte minutos llegamos al supuesto vadeo para dirigirnos a Miz, por el que pasaban los dos niños del pueblo para acudir a la escuela de Bara. El paso es como una quijada con sus muelas, unas piedras clavadas en el lecho del río, una encía vieja, en desuso, y a la que ya le falta un diente, y con el enorme caudal de agua que baja y la corriente que lleva, nos hace desistir.

Molino de Bara

Calzada para la cuesta
            Continuamos el camino, que en cinco minutos recala en el molino de Bara, con sus dos edificios, suponemos que restaurados, porque hace ya años que su rueda no rueda, su molino no muele. Echados de nuevo al camino, podemos disfrutar de una fuente en su orilla. Una cuesta calzada soluciona el desnivel con el que nos encontramos, tomando ya perspectiva sobre el río y las sierras que vamos dejando al sur, como Lupera y Guara. Un río que entre subidas y bajadas nos ponemos de nuevo a su altura, pudiendo contemplar grandes bloques de piedras que aprisionan las aguas a su paso, arrancándoles su rugir hasta que alcanzan esas badinas de limpias aguas que se van sucediendo en su camino.

Vadeando el Alcanadre

Vistas sobre el río
            Otro cuarto de hora y llegamos al punto de abrir la circular. Habiendo renunciado ya a pasar por Miz, nuestros pasos se dirigen directamente hacia Bibán. Llega el momento de pasar el Alcanadre, si no queremos más renuncias. Con agua a la rodilla y con tiento para compensar la fuerte corriente lo vadeamos. Seguimos camino por bosque mixto, a través del que ya vamos tomando altura, con algún claro que nos permite alargar la mirada hacia el río, siempre hacia el río, cuyas generosas aguas van jugueteando con todo lo que se encuentran a su paso, formando una sinfonía de mágicos lugares. Al poco de atravesar el barranco de Melons, cambiamos de término y de comarca, pasando de Sabiñánigo, del Alto Gállego, al de la sobrarbense Boltaña.

Llegando a Bibán

El tiempo pasa despacio
            Pronto vemos ya asomar algunas de las paredes que quedan de las escasas casas de Bibán, a donde llegamos tras dos horas desde Bara. Si pensábamos echar tranquilos un bocado al amor del silencio de este lugar, el mal tiempo que se nos echa encima nos obliga a hacerlo mientras caminamos. Un mal tiempo que nos venía rodeando, y que ya llega en forma de nieve. Vamos bajando hacia el río, que tenemos que cruzar de nuevo para alcanzar la pardineta de Bibán, con una torre de supuesto uso religioso/castrense en ruinas. También lo hacemos del término municipal, volviendo al serrablés. Un collado y bajamos a Binueste, otro despoblado de apenas tres casas, con una balsa en la entrada que suponemos daría abasto a los huertos de las cercanías.

Vuelta a cruzar el río

Binueste
            De bajada, lo hacemos para meternos en el barranco de Binueste, y acompañarlo hasta que también lo tenemos que cruzar, aunque en este caso sin mojarnos, puesto que un árbol caído sobre el cauce nos facilita el paso exigiéndonos un plus de cuidado y equilibrio. Dejamos ya este barranco para ir subiendo los casi cien metros de desnivel que nos llevan hasta el mirador de la Predicadera, una extraordinaria atalaya sobre el lecho del Alcanadre que las aguas y el tiempo han sabido labrar, y poco más, aunque el panel promete las vistas sobre las sierras circundantes, la de Balcez, Sevil, Lupera y Guara, que están a sus cosas, pero ajenas a nuestras miradas.

Alternancia de badinas y saltos de agua

Parroquial de Bara
            En media hora de incesante bajada desde el mirador, y ya con la nieve convertida en agua, alcanzamos el cruce donde cerramos la circular, volviendo ya por camino común al de subida hasta Bara, a donde llegamos en menos de otra media hora más, habiendo concluido una bonita ruta por estas sierras que albergan unos despoblados que han dejado de latir y a los que les aportamos el nuestro. En total, han salido 14,4 km, recorridos en casi cinco horas de tiempo total, del que 3h 50’ ha sido en movimiento, para salvar un desnivel de en torno a los 550 metros de desnivel acumulado D+/D-, en una mañana más que aceptable en lo meteorológico y con una compañía tanto en el medio natural como humano de lujo.




  

domingo, 25 de febrero de 2018

El Real del Mascún, la magia de la piedra y el agua

IXOS MONS
El Real del Mascún
Sábado, 24 de febrero de 2018



            Cada vez nos sentimos más y más atraídos por estas tierras que rezuman belleza. Su pasado reciente, su pasado remoto, sus profundos barrancos, sus extraordinarias formaciones rocosas. Una magia depositada en sus caminos, y que de nuevo nos disponemos a dejarnos envolver por ella. Que ¿de qué hablamos? Pues si lo hacemos de Guara podemos hablar de cualquiera de sus rincones, pero quizá haya uno especial, el Real del Mascún lo llaman… por algo será. Ya lo visitamos hace cuatro años, y ahora tocaba hacerlo con quienes del CP Mayencos han decidido hacer una raya en su calendario de actividades.

Rodellar. Dispuestos para la marcha

Bajando al puen d'as Crabas
            Vamos a ello. Con seis grados por debajo de cero, en una mañana que promete, partimos de Rodellar con Toño, Carlos, Olga, Paco, Jose, Javier, Denise y Chema, estos dos últimos bajando drásticamente la media de edad, que no para de subir. Por hacer más atractiva la ruta, optamos por comenzarla bajando al puen d’as Crabas, por el viejo camino a Pedruel, que sin pasarlo continuaba, y lo sigue haciendo, hacia esa localidad atravesando, éste sí, el románico en sus proximidades. Nosotros sí lo pasamos, el d’as Crabas, que ve pasar a un joven Mascún a punto de rendirse al Alcanadre, para ir subiendo ya ese cabezo, alcanzando el llano de las Palomeras, por un terreno de lapiaz por el que se solazan rebaños de cabras asilvestradas.

Puen d'as Crabas

Réplica imaginativa del Pirineo
            Una vez atravesado toca bajar por el paco a un cuello, de San Cristóbal en los mapas, que tomado a la derecha nos lleva al comienzo del barranco de Andrebot. Desde aquí seguimos por debajo de los enormes paredones calizos, que albergan artísticas oquedades en sus alturas, y acrobáticas carrascas en sus fisuras, que nos dicen que luchando se puede salir adelante. Hora y media hasta aquí. En otra media más, el camino nos saca de este barranco a terrenos más soleados, donde nuestros antepasados decidieron poner ese monumento funerario, ese dolmen conocido como de la Losa Mora, con unas vistas, si el día lo permite, como es el caso, sobre el eje pirenaico, que luce sus mejores galas blancas.

En el dolmen de la Losa Mora

Parroquial de San Andrés
            Nos incorporamos al camino y continuamos ruta hacia Nasarre. En poco más de media hora llegamos a sus proximidades, donde nos incorporamos al GR 1, que nos lleva hasta la parroquial de San Andrés, del siglo XI, que restaurada en el XVII y a finales de este pasado, nos ofrece un pequeño edificio de nave única, de estilo románico lombardo, al igual que las lejanas iglesias de Serrablo. Nasarre daba nombre también a alguno de sus habitantes, como a Antonia, según reza en la lápida mejor conservada de su cementerio, Antonia Nasarre Grasa, fallecida a principios de 1958. Si las piedras hablaran. Breve visita al lugar y vuelta sobre nuestros pasos hasta el cruce, para continuar por ese GR 1, aunque bien merece desviarse para conocer el pozo fuente que alberga una pequeña construcción de piedra, en cuyo interior se ve una escalinata que seguro dará acceso a esa surgencia, pero que permanece bajo las aguas, bajo un aspecto de plenitud de las capas freáticas.

Caseta de piedra que alberga el pozo fuente

En la pardina Bellanuga
            Volvemos, ahora sí definitivamente a abrazarnos a ese Sendero Histórico hasta la pardina de Bellanuga que, a juzgar por cómo nos encontramos los suelos de la planta baja de las casas en pie, todavía albergan ganado. Seguimos por ese GR 1 hasta Otín, que dejamos que vaya a Letosa, porque nosotros lo hacemos en dirección contraria, para buscar ya la confluencia con el barranco de Mascún, que pronto conseguiremos. Darse una vuelta por lo que queda de estos despoblados siempre representa un homenaje a sus gentes y sus trabajos, a sus idas y venidas por los caminos que los comunicaban, por sus preocupaciones, por sus sentimientos, por sus ganas de salir adelante en un terreno nada fácil, hasta que se hizo imposible.

Saliendo de Otín

Monumentales robles en el Cajigar
            Seguimos nuestra ruta, y tras atravesar uno de los barrancos que conforman el paisaje, y que daba vida a extensos campos, nos aprestamos a entrar a uno de los tramos mágicos del itinerario, el Cajigar, con gran número de ejemplares caducos y marcescentes, entre los que destacan algunos con un porte impresionante, cuyo tronco no se abarca con tres personas. Nuestro mayor respeto y admiración a estos seres eternos encerrados en rugosos cuerpos cuyas ramas albergan los vientos y los soles desde hace centurias, quizá algún milenio.

Primeras imágenes del barranco del Mascún
Formaciones de la Ciudadela
            Enseguida damos vista ya al barranco principal, que se afana en agradar mostrando esas formaciones de roca caliza que el tiempo y los elementos han sabido labrar, y lo siguen haciendo de forma imperceptible, esos pináculos que con forma fálica se aúpan por encima del lecho, como grandes tubos de este gigantesco órgano que lanza su sinfonía perpetua a los cuatro vientos, y que poco a poco nos van engullendo mostrándonos su verdadera dimensión. La Ciudadela llaman a este lugar, mágico también sin duda, donde sobresale la Cuca Bellostas.

Más Ciudadela, con la Cuca Bellostas

Acompañando al barranco de Mascún
            Una vez en el fondo del barranco, sólo nos queda rendirnos a su juego de cruzar una y otra vez el curso de un agua que también lucha por sobrevivir sobre el ávido lecho calizo que la fagocita. Veinte minutos acompañando al agónico cauce hasta llegar hasta donde se hace verdaderamente mayor el Mascún, hasta llegar a la fuente que vigorosa surge de las entrañas de la roca bajo la atenta mirada de ese delfín en lo alto de la roca, que nos queda como vestigio quizá de la vida de sus congéneres por estos otrora lechos marinos.

En la surgencia, bajo el delfín que preside el Mascún inferior
            Y en menos de otra media hora más alcanzamos Rodellar, punto de partida de esta magnífica circular por la Guara profunda, visitando lugares asombrosos, por encima y por dentro de sus entrañas, con un recorrido de 18 km, que hemos hecho en 6h 50’ de tiempo total, del que 5h 5’ han sido en movimiento, con un desnivel acumulado de 1100 m D+/-, en una mañana de lujo, con una compañía de súper lujo.  






domingo, 11 de febrero de 2018

Santa Quiteria, San Cristóbal y la Virgen de la Peña, de santidad rupestre por Bolea y Aniés

IXOS MONS
Ermita de Santa Quiteria
Bolea (670 m)
Eremitorio de San Cristóbal 
Aniés (935 m)
Ermita de la Virgen de la Peña 
Aniés (1050 m)
Sábado, 10 de febrero de 2018



            ”Habiendo un caballero militar de los que guarnecían el vecino castillo de Loarre, salido a caza por aquellos montes y sierras con un halcón, soltólo contra una perdiz distante. La cual, huyendo de su cruel enemigo, se arrojó dentro de la mencionada hondura a donde en seguimiento de la perdiz prosiguió su vuelo el halcón…”.

            Según nos cuenta el maestro Antonio Gª Omedes en su web romanicoaragones.com, así es como da comienzo la narración del Padre Faci acerca de los orígenes legendarios de la ermita de la Virgen de la Peña de Aniés, que como tantas y tantas de nuestras montañas han quedado grabadas en el subconsciente colectivo desde hace siglos, y que aún perduran… Pero a eso ya llegaremos, porque el arranque para esa nuestra visita de hoy viene de lejos.

Explotación trufera con la ermita y sus dependencias como telón de fondo

Peñas que albergan el eremitorio de San Cristóbal
            De nuevo huyendo del mal orache pirenaico para refugiarnos en la antesala de la sierra Caballera, donde también hacía lo suyo… pero menos. Hace poco más de un mes que estuvimos por estas tierras, y volvemos para completar el recorrido. Entonces fuimos desde Bolea hasta el eremitorio de San Cristóbal volviendo sobre nuestros pasos hasta el pueblo, y nos quedamos con las ganas de seguir ruta hasta llegar al santuario de la Virgen de la Peña de Aniés. Pues hoy nos hemos quitado esas ganas, y no sólo hemos llegado hasta Aniés, sino que hemos vuelto hasta Bolea. Bueno, a decir verdad, hasta la ermita de Santa Quiteria, donde damos comienzo y fin a esta circular.

Preparados para la marcha desde la ermita de Santa Quiteria

Gendarmes que custodian la entrada al barranco
            Pues sí, desde esta ermita de Santa Quiteria, de la que tan orgullosos están en Bolea nos abrazamos ya de entrada al PR-HU 111, que con suavidad y sin estridencias se deja transitar metiéndonos poco a poco en ese barranco que el incipiente Sotón ha ido labrando a lo largo del tiempo. Vamos dejando visualmente al otro lado del barranco unos viejos bancales que, cansados de dar, sin nadie que los anime, se emperezan rindiéndose al entorno que agradablemente los va engullendo. Son pequeños corros de tierra que cuando se hacía corto con la del llano, había que ganarle al terreno para engrosar esa economía de subsistencia. Esos del llano, más cercanos al pueblo aún sobreviven la mayoría con almendros y centenarios olivos que hemos dejado atrás.

Acrobático eremitorio de San Cristóbal

Cuidadín!!!
            El desnivel entre el lecho del río y el sendero se va acortando, hasta que en una hora convergemos debajo mismo de los paredones de conglomerado que albergan el viejo eremitorio de San Cristóbal. El sendero se vuelve gorga y el piso hielo, lo que hace transitarlo con sumo cuidado, al igual que el cruce del barranco antes de iniciar el repentino ascenso al otrora lugar santo que supieron aprovechar en las oquedades que ofrecen estos paredones, que sin vértigo alguno se empinan enhiestos sobre el barranco. Unas escalinatas robadas al vacío es preciso subir si queremos visitar el interior.

            Queremos.

            Lo hacemos.


Interior de la estancia
            Se respira respeto ante el crujir del tiempo, que ha ido dejando un poco a su aire el viejo altar, una pintura mural, y otros elementos de la exigua estancia, cuyo fondo invita a salir al exterior y asomarse al vacío… que también hacemos, contemplando los alrededores desde las alturas. Unos minutos de estancia y retomamos esas escalinatas que desafían al vacío para incorporarnos al sendero que, bajo un enorme morrón de la roca, emboscado sube hasta ese pequeño circo que alberga tramos de hielo, próximos a nuestro camino.

En uno de los puntos del exterior

Camino nevado hacia la Virgen de la Peña
            Una vez fuera del bosque echamos un bocado mientras admiramos las extraordinarias vistas que nos ofrece la atalaya. Un cuarto de hora más de ascenso sorteando el pequeño arroyo que helado se muestra a tramos, media hasta llegar a la pista, no sin antes pasar por lo que queda de unos viejos corrales y los campos que guardaban. La parcialmente nevada pista nos va sacando hacia dar amplitud de vista sobre el somontano de esta sierra de Caballera y la Hoya de Huesca en todo su esplendor, en un prolongado tramo junto al vallado de una finca trufera. En una de las revueltas que da, ajustándose al terreno, en media hora más, llegamos al arranque del sendero que sube al santuario de la Virgen de la Peña, otro de esos privilegiados emplazamientos en los que los vapores de la recurrente leyenda de apariciones marianas han hecho de esta espectacular atalaya un lugar de culto.

Luminoso sendero de subida a la ermita

            Nos encontramos la puerta cerrada… así es que… de vuelta por el mismo sendero hasta la pista que se dirige al pueblo, y que burlamos por una trocha en los últimos compases. Atravesamos Aniés y tomamos el GR 1, que coincide con el Camino Natural de la Hoya de Huesca, que por 5 kilómetros de pista nos acerca hasta las proximidades de Bolea y de su ermita de Santa Quiteria, donde concluye esta bonita circular por el somontano de la sierra de Caballera.


Y desde Aniés de vuelta camino de Bolea

            Una bonita circular, decimos, que en buena compañía y alejándonos de los zarpazos que el mal orache lanza sobre el Pirineo, hemos completado recorriendo 14,7 km en 5 horas de tiempo total, del que 3h 45’ han sido en movimiento, con un desnivel acumulado de en torno a 770 m D+/-.






domingo, 28 de enero de 2018

Pozos de nieve de Santolarieta y peña San Miguel

IXOS MONS
Pozos de nieve de Santolarieta
y peña San Miguel (1126 m)
Sábado, 27 de enero de 2018



            Casi todo son bondades cuando se aborda la montaña de forma lúdica, voluntaria, pero no olvidemos que siempre no ha sido así. El territorio de montaña, como cualquier otro habitado por el ser humano, ha estado, y sigue estando, ocupado por hombres y mujeres que han tenido que apañárselas para sacar de él todos sus recursos. Eso ha conllevado la existencia de infinidad de oficios relacionados con la subsistencia. Hoy en día, esa subsistencia se mide con otros parámetros, por lo que la inmensa mayoría de esos oficios se ha perdido, o está en ese trance. Nuestra pequeña, pero interesante, ruta de hoy gira en torno al hielo, su recogida, almacenaje y distribución, un oficio perdido, ciertamente, debido a la irrupción en nuestras vidas de la energía eléctrica y los modernos electrodomésticos y cámaras industriales, pero que aún con todo, el evidente cambio climático hubiera hecho imposible a nuestras latitudes pirenaicas.

Arrancamos junto a la parroquial de San Mamés y Santa Eulalia

En tiempo pasa lento en el llano
            En una de esas mañanas invernales de dudoso bienestar por el Pirineo, hoy nos acercamos a la Sierra de Guara. Hoy nos acercamos, decimos, a una de las localidades del municipio de Nueno, enclavada al otro lado del congosto del Isuela, a más de mil metros de altitud, colgada en las faldas del Piacuto. Hoy nos acercamos… a Santa Eulalia de la Peña, pero nos gusta más llamarla Santolarieta, y creemos que a ella también. Esta pequeña población pervive todavía en una de las solanas de estas sierras, y sin vértigo contempla una de las vistas más extensas y extraordinarias sobre la Hoya de Huesca.

Comienzo y fin del bucle

El sol llega también al pozo de nieve
            Junto a su parroquial, que reza a San Mamés y Santa Eulalia, dejamos el vehículo para dirigirnos a la parte norte del pueblo, donde sin salir de él nos encontramos la señalización que nos indica hacia Sabayés y Nueno, pero que no hacemos caso porque no es ahí a donde nos dirigimos. Seguimos hasta alcanzar otro cruce, en el que señales del parque nos bifurcan la mirada hacia los dos pozos de nieve que vamos a visitar. Tomamos la opción de hacer la circular en sentido horario, de modo que nos dirigimos hacia el de las Planas.

Pozo de nieve de Las Planas

Gratal, al otro lado del Isuela
            Por un sendero que va burlando un más ancho camino, que hace las veces de cortafuegos para el tendido eléctrico, vamos subiendo hasta que alcanzamos ese primer pozo, que encontramos en muy buenas condiciones, aunque sin la bóveda que informa el panel que debía tener en sus tiempos mozos. Lo alcanzamos al mismo tiempo que el sol, que una loma a levante le va permitiendo el paso. Un sol que hace tiempo ya del que disfruta el Pico Gratal, el Mediodía, y sus adláteres, a poniente y al otro lado del Isuela.

Piacuto, en cuyas faldas está Santolarieta

El norte y el Gran norte se acompasan
            Volvemos sobre nuestros pasos para incorporarnos al sendero, cuyos blandos materiales, ayudados por la fuerte pendiente, han sido profundamente erosionados por la escorrentía de las aguas. Todo ello bajo la atenta mirada del Piacuto, un monte menor que baja del cordal del Pico del Águila, dueño y señor de estos montes. Nuestros pasos nos llevan a una pista, con sus indicadores. De forma experimental tomamos un sendero dirección norte que las tablillas ignoran, pero con baliza con los colores verdes del parque. Lo seguimos como medio kilómetro. Va decididamente encarado hacia el Águila, pero a nuestra derecha ya se abre un paisaje que no pasa desapercibido.

Grandes moles calcáreas modulan el paisaje

Las últimas nieves reposan sobre el fiero abrizor
            El río Flumen se ha sabido labrar su camino a lo largo de eones de tiempo, dejando a uno y otro lado grandes macizos, grandes paredones, con identidad propia. Hablamos de Cienfuens. Hablamos del Picón de Guara, de las crestas de Valleclusa, de las peñas de San Miguel y de Amán, unos fenómenos geológicos de primer orden, apreciados ya por nuestros antepasados de hace milenios, a tenor de los vestigios megalíticos encontrados en los alrededores, como el dolmen de Belsué. El blanco Gran Norte asiente. Ya llevamos tiempo sabiendo que este sendero nos aleja de nuestro siguiente objetivo, pero el paisaje nos encandila de tal manera que tardamos hasta dar la vuelta.

Pozo de nieve del Paco de Lapinosa

Panel informativo del pozo
            De nuevo en la pista, donde una de las tablillas nos encamina hacia el pozo de nieve del Paco de Lapinosa, hacia el que nos dirigimos por estrecho pero marcado sendero. Llegamos a un collado, al que volveremos tras la visita a este otro pozo, que encontramos en las mismas buenas condiciones que el anterior. Vuelta a ese collado para tomar ya decididamente el camino al pueblo, en el que nos detenemos ante el abrigo de La Rajal, para contemplar unas incipientes, pero elocuentes, muestras de pinturas rupestres, los grafitis de antaño. Junto a éste, la presencia de otros abrigos nos lleva a pensar en el punto tan estratégico en el que nos encontramos, ya que se presta al solaz al propio tiempo que a la contemplación y avistamiento cinegético sobre la inmensa llanura que tenemos ante nuestra vista.

Abrigo protegido de La Rajal

Detalle del bóvido milenario
            En veinte minutos llegamos a cerrar el bucle, y antes de entrar en el pueblo nos llama la atención unas viejas eras con su también abandonado molón, que cansado de dar vueltas reposa en sus orillas. Otros cinco minutos más y llegamos al pueblo, donde nos espera fielmente el vehículo, que nos transporta por estrecha y delicada carretera hasta el collado de San Miguel, donde un aparcamiento le sirve de nuevo reposo mientras ascendemos a la peña del mismo nombre. Este collado da vista al profundo barranco que el río Flumen se ha sabido labrar para admiración nuestra. Las vistas hacia el norte no son muy distintas a las ya contempladas en nuestro tránsito por alguno de los tramos del circuito de los pozos de nieve, pero no por ello dejamos de extasiarnos y de admirarlas.


Peña de San Miguel... que vamos

            Nos dirigimos hacia la peña por ancho y bien marcado camino, que al poco tiene que ser ayudado por unos escalones para salvar el desnivel que ya exige la aproximación a la pared, que la hacemos en diez minutos. Este mallo, como el gemelo de Amán, está constituido por conglomerados, en los que se alternan capas sedimentarias de cantos rodados y de arcillas, más blandas éstas, que constituyen los típicos recovecos en el conjunto de la roca, al propio tiempo que fajas horizontales por las que transitar para alcanzar la cumbre. Y para pasar de una a otra hay dispuestas unas escalas metálicas, grapas y cadenas.

Aljibes en los recovecos de la roca

El Picón de Guara, y más próximo el Fraile y Peña Amán
            Estamos ante un enclave estratégico de primer orden, ya que el dominio que se puede vigilar es extraordinariamente vasto en todas direcciones. Es por ello que fue elegido por el avance musulmán para construir una fortificación, ya en el siglo X, y que fue llamada castillo de Sen, conquistada posteriormente por Sancho Garcés de Navarra, aunque no fue definitiva su anexión a las fuerzas cristianas hasta finales del siglo XI, siendo abandonada al poco tiempo debido al avance de la reconquista hacia la tierra llana. Pero de esto hace casi ya mil años, un tiempo geológicamente inapreciable, en el que algo habrá cambiado el manto vegetal, pero poco esas manifestaciones calizas que se alzan hacia el infinito marcando el territorio, y que seguramente admiraron tanto aquellas gentes como lo hacemos también nosotros.

Restos de la ermita de San Miguel

Vista general del conjunto
            El nombre latín del río Flumen seguramente ya venía de otros mil años atrás. Un cauce cuyas aguas habrá traído una y mil veces ya en ese deambular eterno del ciclo del líquido elemento, y que a partir de este congosto labra unas espectaculares hoces sobre materiales blandos en busca ya de la tranquilidad de la tierra llana. A lo largo del ascenso nos encontramos viejos aljibes que proveían de agua al conjunto castrense. También los restos de una torre de vigilancia hacia el norte, que es de donde podía venir el enemigo en su construcción. La parte alta está ocupada por restos del castillo y la ermita, aparte, naturalmente de la magia del lugar, ni un ápice socavada a lo largo de los siglos. Una magia incrustada también en algunas rocas, como testimonio de ese pasado marino.

El Flumen va labrando su camino


Si las piedras hablaran
            Una buena cuadrilla de buitres, que aprovechan las térmicas para elevar su vuelo, observan atentamente nuestro descenso, y que una vez alcanzado el vehículo damos por concluida esta incursión a los confines occidentales del Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, con la vuelta a los montes de Santolarieta, visitando dos de sus pozos de nieve, poniendo la guinda a esa tarta con el ascenso a la peña de San Miguel, en el Salto de Roldán. Una vuelta a la que le hemos metido 2h 10’ de tiempo total, del que en movimiento ha sido de 1h 20’, salvando un desnivel de entorno a 330 metros D+/-, a lo que habría que añadir otra hora más y como 120 metros más de desnivel para alcanzar la guinda de la tarta de hoy.


La imagen de encabezamiento está extraída de abriendohuella.blogspot.com.es