martes, 16 de mayo de 2017

El Tossal d'Encanadé y d'Hereu, con ganas de mar

IXOS MONS
El Tossal d'Encanadé (1394 m)
El Tossal d'Hereu (1321 m)
Domingo, 14 de mayo de 2017


            Los Puertos de Beceite, Els Ports según fuentes, se extienden entre las provincias de Teruel, Tarragona y Castellón, y constituyen unas sierras que guardan en sus entrañas unos montes y unos barrancos otrora humanizados por masías, debido a las grandes distancias que hay entre las poblaciones y a la necesidad que había de arrancarle al terreno lo mejor de sí mismo. Son sierras calladas, que guardan para sí secretos de otros tiempos que han llevado a sus tumbas. La piedra seca es la reina del lugar, con ella construían sus casas, sus corrales, y todas las dependencias necesarias para salir adelante con una economía de subsistencia. Tierras colonizadas por el imperio de la naturaleza a medida que se han ido deshumanizando. Con montañas sin grandes alturas, pero con carácter. En una nueva incursión por ellas nos siguen asombrando por su austeridad, por su soledad, algo que les da grandeza, por su lejanía y cercanía al mismo tiempo. Con los amigos Luis, Javier, Víctor y Esteban, de la Cordada, de Alcañiz, y Miguel y Josemari, del CP Mayencos de Jaca, volvemos por estos pagos.

Peñarroya de Tastavins... tras la curva

Peñas de Masmut. A por ellas
            El Tossal d’Encanadé, con sus 1394 metros de altitud es el punto más elevado de la comarca del Matarraña, sólo superado en estas sierras por el Mont Caro, de 1441 metros, máxima cota también de la provincia de Tarragona. Al Encanadé, pues, nos dirigimos, y muy mal se nos tiene que dar la jornada para no subir al d’Hereu, su fiel escudero. Tras abandonar la N-232 en Monroyo, tomamos la A-1414, que a través luego de la A-2413 nos acerca a la localidad de Peñarroya de Tastavins, el municipio más sureño de la comarca. Una localidad que no se esconde al visitante, desde kilómetros antes de llegar a ella se muestra con todas las garantías de que va a agradar. Amparada por su sierra, que deja a la izquierda esas peñas de Masmut, se nos echa encima conforme nos vamos acercando.

En el puente de la Canaleta

Subiendo por la cuesta del Mulero
            Por pista en buen estado, se toma el camino de la Balsa de San Miguel, que en 1,4 km alcanzamos, para dejar los vehículos. Ocho de la mañana, una mañana que se mantiene en la resaca de la ruchada de ayer, que le confiere ese aspecto limpio, pulcro, despejado, tremendamente aromático, con las fragancias que los agradecidos tomillos y romeros exhalan. Seguimos por la pista, que en poco tomamos un sendero a mano izquierda, que nos va bajando al río de los Prados, que con seco lacrimal nos ve pasar por su puente de la Canaleta. Todo ello con el permiso de esas peñas de Masmut que desde su altivez nos ven rodearlas. En diez minutos se toma la llamada cuesta del Mulero, que dura casi una hora, y que por una vía pecuaria señalizada como tal nos va subiendo poco a poco, y a tramos no tan poco a poco hasta un pequeño collado, en el que hay un corral espaldado, y un poco más adelante, arriba en el puerto, a esa casa del Mulero, con sus ruinosas dependencias y su pozo de agua a ras del suelo.

Masía del Mulero

Subiendo por las fajas
            La altura alcanzada nos permite dar vista a poniente, vertiente salpicada también por esas masías grandes, pequeñas, en diverso estado de conservación, pero la mayoría ruinoso. Seguimos fieles a esa vía pecuaria, aunque a tramos ella no lo es con nosotros. Los caminos no los hacen los carteles, los hacen el andar por ellos, pero si no se andan… Bien, nos vamos arrimando a la pared, que permeabilizamos a través de varias lazadas por unas aparentes fajas, que nos dejan en una gran explanada a modo de collado. Si queremos subir al Tossal d’Hereu, es el momento, y como queremos, pues allá vamos. Cinco minutos y cincuenta metros tienen la culpa. Tomamos dirección izquierda, y sin sendero definido alcanzamos los 1321 metros de esta cota, dotada de vértice geodésico. Las vistas son magníficas. Alguna reconocemos, el Arca, el Perigañol, dominando el embalse de la Pena, por ejemplo… y cómo no, ese Tossal dels Tres Reis visitado en la misma fecha hace unos meses.
 
En el Tossal d'Hereu
El Arca, Perigañol, y a sus pies el embalse de la Pena
            Con las mismas, para abajo, y continuar ruta. Vamos por un altiplano azotado por los cierzos más airados. Hoy no, pero hay evidencias de ello, se ven árboles, arbustos, castigados por el viento. Pasamos por el dominio del mas de Zapater, tan en ruinas como cualquier otro, incluso el pozo de nieve, que clama a gritos una restauración y puesta en valor. Nos metemos por el bosque, y al salir de él se muestra a la vista nuestro objetivo, algo lejano aún, por cierto. Poco a poco nos vamos acercando y metiendo en el barranco del Caldú, en el que todavía permanecen pequeños aterrazamientos que permitían un mejor aprovechamiento del terreno.

Naturaleza salvaje

Subiendo por el barranco del Caldú
            Antes de culminarlo, en el collado del Curandero, aunque cerca, sin sendero alguno trazado, hay que tomar ya rumbo este (izquierda), para subir monte a través hasta la cima de esta montaña, provista también de vértice geodésico. Su cara oriental es un cortado muy próximo ya a la muga con Castellón. Echando la vista arriba, al fondo, unas brumas nos impiden ver el mar, ese mar que estas tierras no conocen, pero que ven si se aúpan. Alguna foto, más contemplación, bocado, y por el mismo trazado para abajo, hasta el barranco, que dejamos atrás tomando decidida dirección noroeste, para bajar por una ladera boscosa, incómoda, sin traza de senda, pero obligada para llegar, en tierra castellonense, y por viejos caminos luego, hasta el río de la Canal, que al entrar en Teruel, junto al mas de Peret, cambia de nombre a río de los Prados.

Peñas de Masmut. Impresionante

Sendero balizado PR-TE 157
            Cuarenta minutos de pista junto al cauce seco de este río de dos nombres, y nos topamos de nuevo con el PR-TE 157, que viene a nuestro encuentro y se vuelve a Peñarroya por un sendero, que tomamos para tras cruzar el lecho del río ir subiendo y subiendo acercándonos a esas peñas de Masmut por su solana. Se trata de unas formaciones de conglomerados que desafían la verticalidad más absoluta, así como los escaladores que se aventuran por sus vías equipadas. El sendero, éste bien definido y señalizado, sube hasta una pista, que seguimos ya hasta que ya por sendero de nuevo, nos presentamos en los vehículos.

Peirón a la entrada de Peñarroya de Tastavíns

Antiguas balconadas de Peñarroya
            Como el pueblo está cerca, y el camino merece la pena, alargamos hasta allí, pasando antes de entrar por un gran peirón que recuerda la romería que cada siete años se realiza, y que merece la pena detenernos un poco en ello. Esta información encontramos en http://alerce.pntic.mec.es: “Cuenta la leyenda que en el siglo XIV una peste dejó Villabona sin jovencitas. El sacerdote Mosen Pinyol propuso a los siete chicos supervivientes que emprendieran un viaje para encontrar pareja y repoblar Vallibona. Se dirigieron a Peñarroya, hasta llegar exhaustos a su ermita de la Madre de Dios de la Fuente,donde les dio cobijo su ermitaño. Tras rezar a la Virgen y contar sus pretensiones, se pusieron en contacto con una anciana acomodada, que tenía a su cargo a siete nietas…”. El resto de la historia os lo podéis imaginar. Bueno, pues ese es el origen del hermanamiento de ambos pueblos, y de que cada siete años vengan de allá para acá en una larga romería que tardan siete horas en completar.

Parroquial de Santa María la Mayor

            Entre estas y otras historias, llegamos al pueblo, habiendo partido la jornada en la balsa de San Miguel, y que ha dado de sí para recorrer 24,9 km, en los que hemos invertido 7h 10’ de tiempo total, del que 6h 10’ han sido en movimiento, para salvar un desnivel acumulado de 1525 m D+ y 1615 D-, que no está nada mal para una mañana pasada en buenas tierras y con buenas gentes.





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