lunes, 2 de junio de 2014

El Cuculo

IXOS MONS
El Cuculo (1.550 m)
Viernes, 30 de mayo de 2014


            Hoy, porque es hoy. Cualquier excusa nos parece buena para echarnos al monte. Ahí teníamos al Cuculo, que no paraba de hacernos guiños, y en uno de ellos, en uno que se ha visto solo, sin nieblas, es cuando nos ha querido enamorar para que lo subamos. Son listos estos montes. Nos dejamos querer.

La peña Oroel rasgando el horizonte
            La emprendemos por el barranco de la Carbonera, a unos kilómetros de Santa Cruz de la Serós en dirección al monasterio viejo de San Juan de la Peña. El bosque está como siempre, como nunca. Grandes seres vestidos de árboles, de arbustos, de pequeñas plantas rastreras, es igual, no hay ser pequeño, sólo hay cuerpos pequeños. Todos están ahí, cumpliendo su función, para sí mismos y para el resto de bichos vivientes que nos acercamos para disfrutar de su compañía, de su entorno, de su estar… La vida fluye entre ellos, y entre ellos y nosotros. No hay mejor sensación que la soledad de un bosque, aunque a decir verdad, nunca estás solo en el bosque.

Caminos, siempre caminos
            Con estas y otras reflexiones se nos pasa el rato. Y mejor así, porque si lo que hay que pensar es en el desnivel, otra cosa hubiera sido, porque hay tramos muy, pero que muy empinados. Pues eso, que en una hora escasa nos plantamos en el collado entre el macizo principal, al sur, a nuestra izquierda al llegar, y esa avanzadilla hacia el norte que es el Cuculo, que quiere asomarse sobre los abismos de la Balancha, para decirle a la cordillera que aunque los avatares geológicos lo han dejado ahí, que aunque los movimientos orogénicos han puesto esa gran depresión por en medio, no paran de verse reflejados con gran admiración en las grandes cimas, de donde el tiempo y la erosión dejan cauces como el ocupado por el Aragón, por el Lubierre, por el Estarrún, por el Subordán, o por el Veral, por citar los más cercanos, y eso es algo que esta humilde cima te muestra con orgullo cuando llegas a ella tras cuarenta minutos desde el collado, por senderos entre erizones y tomillos, que con su intenso aroma nos hace más agradable la ascensión.

El bosque encantado
            Sigue el norte amulagao tras la cordillera. Las nubes no se atreven a pasar, pero sí lo hace el viento, su embajador, que llega recio y frío, sin darse cuenta del calendario que manejamos. Al fin y al cabo, ¿qué más le da? Sólo piensa en hacer valer sus fueros. Todo se eriza ante él, todo se arruga ante él, todo se encoje ante él. No hay quien pueda con él.

            De vuelta al collado, las nubes mueven sus caprichosas formas para dejar paso al sol que más calienta, lo que confiere otra temperatura, otro temple. Subimos hasta el macizo principal, pero desistimos acercarnos hasta su extremo oeste, donde está la ermita de San Salvador, que coquetea con los cuatro puntos cardinales, y que soporta los cierzos más airados… y los bochornos… y los fagüeños… todos.

Restos del pozo nevero
            Una vez llegados a la pista asfaltada, la burlamos para patear el sendero, que a tramos vuela al compás de los buitres que merodean el entorno. Pero es hora de bajar de las alturas y tomar asfalto hasta la pradera de San Indalecio, donde lo primero que nos encontramos son esos restos de antiguos pozos neveros, que tanto ayudaban a la economía doméstica de estos pueblos.

            Sendero hasta el monasterio viejo, y la, que sepamos ineludible, carretera hasta el punto de partida. Hemos invertido 4h 20’ de actividad, de los cuales, 3h 25’ han sido en movimiento, para recorrer los 13,6 km y salvar 900 metros de desnivel acumulado de ascenso y los mismos de bajada. Una mañana como otra cualquiera, pero diferente, en un lugar como otro cualquiera, pero diferente.



Las fotos, en:

2 comentarios:

  1. ¡cómo se han llenado ya los valles de color! Invitan al gozo de la contemplación.

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    1. Sí, Isidro, sí. Es un no saber a dónde mirar.

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