jueves, 26 de junio de 2014

Arnedillo II, de cruces y ermitas

IXOS MONS
Arnedillo II, de cruces y ermitas
Junio de 2014


            Entre cruces y ermitas se halla esta humilde tierra. Una tierra cansada, seca, dejada, que mira para sí, y sus gentes para otro lado. Una tierra olvidada. Sólo de sus aguas se acuerdan. Sólo de sus aguas, y aun así no es poco. Cuatro cruces la protegen, pero no han sido suficientes para haber evitado lo baldío de tanto trabajo, lo baldío de unos bancales arrancados a las pendientes laderas, lo baldío de unos corrales en ruinas. Gargantas silenciadas, gargantas resecas de tanto clamar. Cruces que ya no amparan. Ermitas de postal.

Peña del Castillo, desde la de al lado
            Eso es lo que nos ha inspirado esta segunda visita a este lugar, que no deja de sorprendernos. Lugar verdaderamente privilegiado. Mundo natural, elegido por el mundo natural para obsequiarnos con sus ricas aguas termales, elaboradas en su más íntimo seno uterino durante milenios, y que se nos ofrecen para placebo o verdadero remedio de dolencias, no importa. Es algo que sólo lo sabe el receptor… o quizás no. Pero sí su organismo, que es tan sabio como las aguas, y la tierra que las aprisiona.

Cementerio y torre del castillo
                 Nos hemos vuelto a encontrar un monte desnudo, tan sólo adornado con un escaso tocado, pero esta vez de primavera. Tomillos, romeros, espliegos, jaras, aliagas… más aliagas. Un verdadero milagro entre yesos y areniscas, surge en esta época para verdadero gozo, y a veces, muchas, sólo para “gozo”, del caminante que patea ixos mons sólo por el placer de hacerlo, que patea ixos mons que se saben guardianes de un gran tesoro en sus entrañas.

          Unos montes que las viejas y rancias creencias se empeñaron en sacralizar a base de cruces y ermitas. Unos montes que fueron objeto de símbolos y de pequeños edificios eremíticos con el vano afán de poner pequeños templos en el Gran Templo, con el vano afán de mejorar lo inmejorable. Unos montes, que están ahí mirándote, sin perderte de vista, y que es difícil abstraerse de ello, por lo que hay que ponerle remedio, hay que atender esa llamada.

Prominencia de la Peña del Castillo
            Arnedillo está asentado en el fondo de una olla. Una olla de cuatro asas. Y en cada una de ellas, una cruz. Zopín, Peñas Altas, Peña del Castillo, y la Cruz de la Encineta sobresaliendo por encima de todas ellas. Dos se visitaron el año pasado. Completar el recorrido hemos querido este año, pero no se ha conseguido, porque la del Castillo se ha resistido. Sí, su altivez y la protección que le infiere la peana de rocas a la que está subida, nos lo han impedido, pero lo hemos intentado, llegando hasta la misma base del roquedo y enriscándonos hasta límites que nunca hay que sobrepasar, después de haber sobrepasado, eso sí, varias zonas de zarzas, que te quieren, que te abrazan… hasta rabiar. Nos tenemos que contentar con eso, con el intento, después de haber subido la peña de al lado, por la cara que mira a Peñalba, también enriscándonos, y habernos sorprendido con unos últimos compases domesticados con viejas terrazas, y una pequeña campa arrancada a su propia cumbre. La bajada, por el collado entre ambos, por las terrazas entre ambos, por las zarzas entre ambos. El remanso de paz lo proporciona la ermita de San Miguel y su explanada. Un par de horas, a partes iguales entre frustración y disfrute, pero nos quedamos con esto último.

El Zopín desencajona al Cidacos
            El Zopín es otra cosa. El Zopín ya se deja abrazar sin abrazar. Aparcamiento de caravanas, cruce del barranco, y monte arriba, hasta pasar por debajo de unos viejos corrales y llegar al collado que lo une a la sierra, que también alberga unas eras de la misma época. Cruz del Zopín, que te inclinas hacia el valle, como queriendo ampararlo, sin apenas recompensa. Vuelta al collado, y dirección oeste, con la mirada al frente, a los molinos, que han venido a cambiar de registro la riqueza de estas tierras.

Peñas Altas... ahí vamos
            Dejamos atrás, a nuestra izquierda la sierra, a la que volvemos desviándonos del sendero principal, y tomando otros adivinados al terreno. Y volvemos como de hurtadillas, como a escondidas, para tomarla por sorpresa mientras sus peñas están entretenidas mirando al valle. Subimos a un collado en busca de la cruz de Peñas Altas, sin saber muy bien dónde la tenemos, si a izquierda o a derecha. Intuimos que a derecha. Seguimos. Subimos a lo alto de la peña, acompañados de mamá jabalí y sus cinco o seis rayones. No está la cruz, pero la vemos. Alejada, en otras peñas. No se nos puede resistir. Bajamos la roca por donde la hemos subido. Debajo, terreno aterrazado, tiene que haber caminos; terreno con viejos corrales, tiene que haber caminos. Y sí, los hay, debajo de las aliagas, los hay.

Cruz de Peñas Altas
            Bajamos hacia una zona de carrascas que, sorprendentemente, y a diferencia del entorno, está bien cuidada. Finalmente acometemos otra zona de rocas, y en la siguiente tenemos ya la cruz, una cruz que nos descubre el robado vuelo de un enorme buitre que sale del comedero. Una cruz, la de estas Peñas Altas, que también está inclinada al vacío, hacia las gentes, hacia los propios y extraños. ¿La bajada? Eso nos gustaría saber. Posiblemente se puede hacer por la ladera hacia el pueblo, pero no nos fiamos y nos echamos hacia el valle de Antoñanzas, que ahí lo tenemos, rumiando en su tristeza, en su agonía. Tenemos debajo esa asfaltada cicatriz necesaria para otra mayor, para abastecer un embalse que, como todos, traen dudosa riqueza a unos pocos para empobrecer y enrabiar a otros cuantos. Que me pierdo.

            Terrazas y más terrazas. Zarzas y más zarzas. Ansias y más ansias, median hasta llegar a unos corrales, estos ya en uso, para trotar los últimos cientos de metros de carretera y volver a casa. Una encrucijada tarde de monte, en la que en algo más de dos horas hemos unido dos cruces y pateado todo el arco noroeste de este lugar. Gozando.

Arnedillo y la Cruz de la Encineta
             Otra tarde la empleamos en subir a las antenas, ubicadas en la Encineta, y lo hacemos también a saco, por viejos barrancos, con viejos bancales y con viejas y nuevas aliagas, trotando hasta que el jadeo lo permite. Cuando conseguimos tener algo de perspectiva damos con un estrecho sendero, pero que nos parece una autopista, y que intuimos viene del mirador del Sagrado Corazón de Jesús. A la bajada lo comprobaremos. Subiendo, ya sin dejarlo, nos lleva hasta el mismo límite con el bosque de pinos, y el camino se torna casi vertical, o al menos, esonos parece. Subimos a pico hasta un lugar muy próximo ya en la pista que lleva a las antenas. Enfrente, una pequeña prominencia rocosa que alberga un vértice geodésico y un buzón de cima. Sí, estamos en la Cruz de la Encineta, que con sus casi 1.100 metros de altitud se postula lo más alto de lo lugar. Visita a la cruz, más tiesa, más pintada, más cuidada. Se ve que no hay que traer el bote de pintura al hombro. La bajada la hacemos por el mismo camino, que ya sin dejarlo nos lleva a donde sospechábamos, tras hora y media larga entre subir y bajar, con unos 450 metros de desnivel positivo acumulados. Otra buena tarde de pateo.     
                                                              




Ermita de San Miguel
            Y de las ermitas, qué decir? Pues que hemos añadido otra cuenta al rosario. Por la Vía Verde nos llegamos trotando hasta el mirador del Cidacos. Unos 4 kilómetros. A ahí rinde un barranco que nos engulle sin dejar de trotar, hasta que en 10 minutos llegamos a la ermita rupestre de San Tirso, encajada en la roca, con cuevas a sus pies, como viejos cobijos de viejos eremitorios. Agradable explanada con bancos corridos que seguro albergan a decenas de romeros y acompañantes el día de la fiesta. Porque habrá un día de la fiesta, suponemos. En un intento de no volver por el mismo sitio seguimos barranco arriba, explorando caminos, adivinando caminos, errando caminos, imposibles caminos por donde se pierden los jabalíes, por donde las aliagas albergan los desgarros de lanudas
Ermita de Peñalba
ovejas que en estos montes tienen su hogar… pero que, evidentemente, no es el nuestro, y cuando llegas arriba del monte queriendo enlazar con Peñalba, y te das cuenta de que estás rodeado de barranco por todos los lados, no te queda otra que volver por donde has venido, enzarzarte por donde te has enzarzado, y salir a respirar a la Vía Verde de nuevo, que en dirección a Arnedillo abandonamos para meternos, ya por su natural a terminar la visita al resto de ermitas. Peñalba por arreglar, San Miguel arreglada, San Andrés junto al cementerio y bajo las últimas ruinas del castillo, y de la Virgen de la Torre, ya próxima a terminar la faena. Dos horas y media de misticismo y penitencia, de monte y de vida.




            Y así se han ido pasando los días, entre aguas y barros, entre aire y sol. Entre subidas y bajadas, entre barzas y pacíficos paseos. Entre cruces, ermitas y montes. Pero queda mucho por descubrir todavía. Mucho monte olvidado que gusta de visitar y de ser visitado. Muchos caminos adivinados y otros por adivinar. Mucha tarea pendiente para otra vez. Que la habrá. Sin duda.


4 comentarios:

  1. Hola, la cruz de peñas altas no se si seguirá en su lugar, porque pasé por esa zona y no la ví, anunque no sabía que había una cruz. Para llegar a la cruz del castillo puede subirse por un sendero una vez pasada la Ermita de San Miguel. Un cairn indica el incio. El resto es subir y subir, con pendiente pero sin peligro.

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    1. A Peñas Altas he subido tan sólo una vez, y allí estaba la cruz.
      A la de la Peña del Castillo ya he subido dos veces.

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