lunes, 21 de abril de 2014

Arco Norte de Sobrepuerto

IXOS MONS
Arco Norte de Sobrepuerto
Martes,15 de abril de 2014


          Se dice que una persona, una tierra, aunque muertas, siguen vivas si viven en ti. Una vez más rescatamos del olvido a estas tierras del Arco Norte de Sobrepuerto, porque aunque muertas no queremos que mueran, aunque vivas queremos que vivan. Volvemos a visitar esta isla desierta en un océano de erizones, este barco varado en una tierra que muere en su agonía, estos parajes maltratados por la historia reciente, estos pueblos con el alma destrozada, con el corazón constreñido, con el cuerpo arruinado, que hacen que todos los días sean jornadas de puertas abiertas. Puertas abiertas para todos aquellos que quieran escudriñar sus calles desdibujadas, sus casas espaldadas, su dignidad pisoteada.

Cordal del Manchoya, con el
más cercano Manchoa
            Otal es uno de los despoblados de estos tristes montes de Sobrepuerto, quizá el más norteño, quizá el más alto, quizá el más importante, y el que vuelve a sentir ese cosquilleo en el estómago, esa sensación de primavera, esa sensación del querer, del sentir. Su agónica iglesia, casi milenaria, de San Miguel está en el punto de mira de una próxima restauración, que va a intentar restablecer su glorioso pasado, su orgullo, su dignidad, su porte, que el abandono y el olvido, como las barzas, han ido fagocitando con el paso del tiempo, pero que nunca sus nuevas piedras podrán aportar lo que han dejado de dar las viejas.

Pastos de puerto
            Partimos de la boca E del túnel de Cotefablo en una mañana que a estas alturas del año todavía no nos merecemos, pero que acogemos con gratitud y con muchas ganas de disfrutar de ella, por algo se nos brinda. Tomamos el PR-HU 117, una de esas cremalleras que cose y descose este viejo tejido que se alza entre esas dos grandes venas como son un Ara y un Gállego, que serán fieles a su tierra hasta la muerte, que la del primero será en un Cinca que ya de mayor traicionará esa fidelidad, y la del segundo se mantendrá hasta el mismísimo padre Ebro.

            Alcanzamos el puerto, que hace de divisoria entre las dos cuencas mencionadas, muga entre las comarcas de Alto Gállego y Sobrarbe, para dar un giro hacia el sur y encaramarnos al cuello del Pelopín, subiendo a este monte a rendir cuentas, y a demostrarle nuestra fidelidad al territorio. Una blanca cordillera se abre ante nosotros, con unas blancas también puntillas que se entretejen con el verde color del pasto, y que las altas temperaturas de estos días repliegan con celeridad hacia sus cuarteles de verano.

Gran hito en la cumbre del Manchoa
             Bajamos al collado de Yosa, donde nos encontramos con esa nueva señalización que emana del Decreto de Senderos Turísticos de Aragón. Estamos en el GR 15, en una senda que sabe a ribera del Ara, y que busca unos nuevos puertos que la refresquen. Pero antes de seguirla no paramos de mirar con el rabillo del ojo a ese Manchoya, próximo ya a cerrar por el este, que junto al Erata, también próximo a hacerlo por el oeste, tensan el que damos en llamar Arco Norte de Sobrepuerto, y que hoy estamos recorriendo para darle una nueva oportunidad de supervivencia en la memoria.

            Pero no, no llegamos hasta el Manchoya, se nos antoja un tanto lejano para la faena de hoy, el que sí abordamos es el Manchoa, su hermano pequeño, algo más próximo, y coronado por un enorme hito de lajas muy bien construido. De nuevo al sendero, que nos lleva hasta Otal, atravesando el barranco de Artosa, una de las grandes venas por las que se desangran estos montes que hace unas décadas iniciaron un nuevo ciclo de su vida que aún no han terminado de asimilar.

Entramos a Otal
            Otal es uno de esos despoblados, como otros tantos cientos y cientos repartidos por toda la geografía pirenaica oscense, con distinto origen, pero con un final muy parecido, que no es otro que el de montones de piedras, montones de amasijos, montones de accidentadas tumbas que entierran, que encierran historias, vidas y muertes de gentes que nacieron, vivieron y murieron entre sus muros. ¿Quién fue el último que nació aquí? ¿Cuándo su bautizo? ¿Y la última boda? ¿Y el último entierro? ¿Y quién te cerró los ojos antes de marchar entre las brumas del último otoño? Nos llegamos a la iglesia, a lo que queda de ella, donde están guardadas todas las respuestas. Una pausada visita por su interior y exterior no es suficiente para arrancarle sus secretos. Ahí se quedan unos y otros, junto a esas piedras que esperan la paleta restauradora, junto a esas tumbas amorradas, junto a sus recuerdos de niñez, de juventud, de madurez, de senectud, y de una muerte que nos resistimos a certificar.

           
Viejas casas, viejos horizontes
Cada paso que damos, cada piedra de sus calles tiene algo que decirnos, pero que no somos capaces de entender. Aun así, insistimos en la visita. Hay unas casas más en pie que otras, con sus interiores que el tiempo desnuda sin rubor, sus corrales, sus pozos, que evidencian una actividad que decisiones lejanas han ahogado despiadadamente. Casa O Royo, la que más se resiste a dejar esos oscuros tiempos, que se aúpa para vivir en el presente, y que lo hace gracias a la caridad de algún transitorio morador que se curra su mantenimiento.

Viejos oficios
            Un bocao y trago median entre nuestra llegada, nuestra salida y nuestro rumiar entre los entresijos del tiempo. Continuamos nuestro deambular por estos parajes que se alegran de nuestra visita, poniendo la vista de nuevo en el cordal que sólo hemos abandonado para hacer acto de presencia entre estos montones de piedras que no paran de crecer, en los que se convierten los despoblados de Sobrepuerto.

Nos asomamos al pasado
Como saliendo del reseco útero de estos montes, alcanzamos un nuevo y nevado collado, desde el que volvemos a dar vista a la cordillera pirenaica, que con algo de envidia anda atenta a nuestras andanzas por estas sierras menores, pero que tiene que entender que amándolas a éstas es también una forma de amarla a ella. Casi media hora de cresteo hasta llegar a otro collado. Llegarnos hasta el Erata no es obligado, pero nos lo tomamos como si lo fuera. Hay que tensar bien el arco, y es lo que hacemos visualmente antes de regresar al cuello anterior para retomar el sendero. Unos collados estos, por donde entran los fríos y desgarradores vientos que han helado el alma de estos pueblos.

Subiendo al puerto 
            Nos vamos encaminando ya hacia nuestro destino de hoy, Yésero. A nuestros pies, el barranco que alberga los todavía vivos Espierre y Barbenuta, que milagrosamente resisten el paso del tiempo. Cruzando todavía algún nevero que se conserva en los paquizos, y que añora el invierno que parece que ya se ha despedido hace algunas semanas, vamos bajando por entre tasca por el lomo que divide estos dos barrancos, siendo el del norte, el de nuestra derecha bajando, por el que debemos de optar. Y lo hacemos metiéndonos ya de lleno en un bosque que tanto tráfico lícito e ilícito habrá visto pasar por sus espesos intestinos, y que tardamos en atravesar como casi otra hora más de marcha. La última de ocho, de las que cinco en movimiento, con sus 17 km, ascendiendo 1.250 metros acumulados, y descendiendo 1.460, en una jornada amarga por haber participado de la amargura, pero luminosa por haber participado de la luz, hundido en sus piedras, en sus barrancos, pero aupado en sus crestas y cuellos, habiendo disfrutado por haber puesto una nueva chincheta en nuestro particular mapa desplegado sobre el territorio, y que nos unirá a él mientras perdure en la memoria.





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