jueves, 13 de agosto de 2015

Ibón de Acherito, ibón de medio día

AQUERAS MONTAÑAS
Ibón de Acherito
Martes, 11 de agosto de 2015



           Ibón de medio día. Este podría ser el título de una película, pero no lo es, porque es realidad, y en un arranque de polisemia, podemos decir que no sólo porque te permite llegar a comer a casa, sino por su orientación sureña. Partimos del paraje llamado La Mina, en el codo que hace la Selva de Oza con Guarrinza. Mallo Cristian, de blusa gris y verdes faldas. Apriétate bien la cinturilla, que por ella vamos a discurrir.


Confluencia de caminos
            Aquí cae el GR11 desde el collado de Petraficha, entre este pico y el altivo Chipeta. Y aquí cae, también, el GR 65.3.3 o Camino de Santiago por el Puerto del Palo, que lo hace perpendicular al anterior, y que tiene dos ramales, rodeando el mallo Añarón, uno por el barranco de las Foyas y otro por su verde lomo. A todo ello hay que añadir que en este punto donde se cruzan, justo de él, parte un nuevo trazado que los amigos de Le Chemin de la Liberté han querido hacer llegar, en principio desde el Plató de Lhers, próximo a Lescun, pasando por el puerto de la Cunarda. Este trazado quiere rememorar el éxodo clandestino de las personas que huyeron de la ocupación en la segunda guerra mundial, dirigiéndose hacia nuestro país, de igual modo que de forma contraria lo hicieron paisanos nuestros unos años antes. Es un canto a la libertad. Es un canto a la solidaridad. Es un canto a la reciprocidad. Es un canto a la humanidad. La señalización de este recorrido, en nuestro territorio, está integrada en la estética de la del Parque Natural de los Valles Occidentales.

Peña Forca
            Bien, sin más preámbulos, nos dejamos engullir por el barranco de las Foyas, que nos afoga, porque si ya de por sí el aire se ha tomado el día libre, por aquí dentro se te sube el pavo, y de qué manera. En media hora cruzamos el barranco, donde empieza verdaderamente el ascenso, que ganas le tenemos, a ver si respiramos un poco. El camino está muy bien trazado, de hecho es un recorrido muy habitual por su poca exigencia, propio para familias, que por otra parte es lo que más se ve. Antes de cruzarlo, dejamos atrás el desvío para el Camino de Santiago por la loma de este mallo Añarón. En un punto medio de este ascenso, todavía dando vista al barranco, tenemos el otro desvío, que siguiendo el curso del arroyo nos llevaría al puerto del Palo. Pero nosotros a lo nuestro.

Murallas calizas a poniente
            Poco a poco, el sendero sigue ganando altura hasta subir hasta la cintura de este mallo Cristian, por encima del verde, donde nos vamos encontrando de nuevo esas viejas marcas rojiblancas de la antigua Alta Ruta. Poco a poco, decimos, vamos ya alineándonos con el barranco de Acherito, que aguas recoge del de Anzotiello. Todos los montes de esa sierra a nuestra disposición visual. Todos queremos abarcar con sana ambición, unos hemos visitado, otros no. Chipeta Alto, Petraficha, Quimboa Alto, Anzotiello, Mallo Gorreta, Gorreta de los Gabachos, Chinebral de Gamueta, Mallo de Acherito, Sobarcal, Petrechema, Mesa y Tabla de Tres Reyes... y perdón por los que me dejo. Unos separados, otros no tanto, anuncian con su canto coral esas ansias de ganarse el cielo. Nosotros, de momento, sólo aspiramos a llegar a nuestro cielo de hoy, a nuestro cielo local, que es este ibón de Acherito, al que enseguida llegamos.

Vista hacia Guarrinza
            Un espacio éste, abierto al sur, y respaldado por un murallón al norte, con suave loma a poniente, que ambas direcciones une. Aquí podemos ver la Peña del Ibón y Agujas de Acherito, con su flamante brecha de Hanas haciendo equilibrio entre ellas. No hay mucho tiempo, nos vestimos de ibón, que nos acoge con amabilidad térmica, bocado y a volver. Está emplazado en una cubeta, exigente, que te quiere para sí y su entorno cercano. Tienes que salir de ella para volver a ampliar la visión y alcanzar horizontes más lejanos, y mucho más lejanos. El volver por el mismo sitio tiene que pasas dos veces por los mismos lugares, pero la visión nunca es la misma, y es algo a lo que hay que sacarle su jugo. Y lo hacemos.



            Bien, no mucho más, vuelta al barranco de las Foyas, vuelta a las calores, y vuelta al punto de partida. Una mañana diez, en buena compañía y con buenos montes. La distancia ha sido de 8,8 km, con 3h 45’ de tiempo total, del que 2h 45’ ha sido en movimiento, con unos 750 metros de D+. Hasta otra…
  


  


miércoles, 12 de agosto de 2015

Lizara - Candanchú, por Igüer y Esper

AQUERAS MONTAÑAS
Lizara - Candanchú
Lunes, 10 de agosto de 2015



            Los cielos de los Valles Occidentales son, una vez más, nuestra referencia para una nueva jornada de montaña. Desde el súper, archi, híper, mega, conocido Lizara vamos a echarla hasta el no menos Candanchú, pero no por la ruta habitual del valle de los Sarrios y Estanés, sino burlando esa línea que sólo aparece en los mapas, pero no en las montañas. El reto es hacerlo sin pasar al territorio del país vecino. Sobre el papel es posible, a ver si sobre el terreno lo es. Pensamos que sí. Vamos.



Hacia el collado, siguiendo las marcas
            Tras dejar un vehículo en Candanchú, nos dirigimos a Lizara, que nos recibe más sereno, más limpio de como estaba ayer, que andaba cargado de nubes en sus montes. No es pronto para salir, lo sabemos, pero la logística nos obliga. Son cerca de las once cuando dejamos el refugio, base de operaciones, pero también de paso. Cruzamos los llanos de Lizara, donde se asienta el dolmen, y comenzamos a tomar altura, siguiendo las marcas rojiblancas de la variante del GR 11, la .1. Pasamos por la caseta del pastor y nos metemos ya de lleno en el barranco de Articuso, que acoge a un exiguo caudal de agua que se esfuerza por agradar dando algún que otro salto, donde el terreno se lo pone fácil.

Con el pastor en el collado del Bozo
            A medida que vamos subiendo se nos va haciendo visible un rebaño de centenares de cabezas. Lanar, aunque no todo, que hay como una veintena de crabetas… tres perros… y el pastor. Los ayudantes caninos nos ven de lejos, y uno de ellos, quizá el líder, se nos acerca con intenciones de prospectar qué es lo que se le acerca al ganado. En seguida nos reconoce como lo que somos, buena chen, y se confía, algo que transmite a los otros dos, que estaban en prevengan. El pastor, que va a ser pasto de nuestras preguntas, anda encorvado, lo que prácticamente descarta que sea foráneo, lo que sería garantía de que no iba a saber más que nosotros. La otra posibilidad es que sea producto nacional, pero no del terreno, que es a la postre lo que ocurre, por lo que tampoco sabe más que nosotros. Collado, charleta y despedida.

Cabecera del valle de Aísa. Napazal. Rigüelo
            Los collados unen valles, pero también los separan. Abren horizontes, pero también los cierran. Éste del Bozo no lo es menos. Dejamos atrás el mundo Lizara, y se nos abre el de Napazal y Rigüelo, la cabecera del valle de Aísa, donde nace el Estarrún. Ante nosotros un nuevo y extenso circo, dominado por el tridente Aspe y Llenas de Bozo y Garganta. Nos salimos ya del GR y sus marcas para, tras un brusco giro hacia el norte, meternos en ese barranco de Igüer, rodeando la Punta Alta de Napazal, en el macizo de Bernera, a la que le sigue la Ruabe de Bernera y el Olibón. Todo ello por nuestra izquierda. La derecha está ocupada por la Llena del Bozo. Entre aquel cordal y este monte, un pequeño, pero recóndito y delicioso valle que su condición de llevar al personal hacia lugares con menos fácil acceso hacen que sea poco transitado.

Foyas de Aragüés
            Al llegar al lugar llamado Foyas de Aragüés, este pequeño valle hace un codo de 90º, cambiando su rumbo norte al de este, ya que nos encontramos enfrente una gran muralla, cuya otra vertiente se asoma a la cubeta de Estanés. Hacemos el obligado giro y poco a poco, sin enterarnos alcanzamos ese lugar privilegiado que nos da vista a Esper. Poco a poco y sin enterarnos, decimos, hemos superado esos casi 300 metros desde el collado del Bozo, en una tranquila, muy tranquila hora y media.


Comenzando el descenso
            Lugar, al que podíamos llamar Alto de Esper, con 2.280 m. Dos de la tarde, y con unas vistas increíbles sobre esta extraordinaria cuenca norte de la barrera Aspe-Llenas. Buen momento, buen lugar. A comer. Mientras tanto, no podemos dejar de asomarnos a este también solitario valle, habitado por grandes cantidades de sarrios que están a sus anchas porque se sienten seguros, con comida y bebida cerca. Todas las escorrentías de este circo abierto al norte van a parar a la llamada Chorrota del Aspe, por cuya parte superior pasa la muga. Nuestra labor ahora está en bajar a una cota similar a la del collado del Bozo, por el que hemos pasado a este valle de Igüer, que ahora tenemos que dejar atrás, tenemos que dejar arriba.

No todo es terreno incómodo
            Estamos ante el tramo que se antoja más delicado de la travesía, pues así como la subida ha sido muy paulatina, la bajada va a ser a saco, pero no es terreno descompuesto, y sabemos que hay sendero porque ya lo hemos transitado en una lejana ocasión, aunque fue de subida, que siempre es mejor. Hay sendero, como decimos, y hay hitos, la cuestión es no perderlos y encontrar bien los pasos. Salimos por una cornisa evidente, pero que poco a poco se va guardando para sí esa evidencia, hasta que encontramos la traza buena, lo que nos obliga a cogerla para subir de nuevo al alto, y tomarla bien. Lo hacemos, y vemos con agrado algunas apacibles zonas herbosas entre tanto caos de bolos. Una canal junto a una raya nos baja a una de ellas. Tomamos a la izquierda el camino que nos lleva de nuevo a asomarnos al vacío, pasando cuidadosamente por una travesía horizontal herbosa, que una vez abajo reconocemos ser una especie de faja que circula por encima de un anticlinal con forma similar a la parte superior del lóbulo de la oreja. Con Faja de la Oreja se queda.

Tranquilidad
            Enfrente, al otro lado de este amplio circo, tenemos identificado, y lo vamos viendo ya desde el arranque de la bajada, el punto exacto al que tenemos que llegar, por lo que la gracia está ahora en bajar lo suficiente, pero no más, para perder la menor cota posible. Sabemos, porque también lo hemos pateado, que de la gran brecha que el Aspe hace con la Llena de la Garganta baja un sendero que se encarama a ese punto. Sendero que tarde o temprano tenemos que topar con él. Tras un incómodo, pero corto tramo de bolos, iniciamos el también corto ascenso hacia ese punto en el que tenemos fijadas nuestras miras, y al que se dirige también el citado sendero cimero.


Loma Verde, abierta al Pirineo
            Una vez allí vemos con meridiana claridad ese paso por la faja, que es el más delicado del recorrido. A media ladera, vamos dejando atrás Esper para ir adentrándonos en la Loma Verde, que desagua en un congosto cuyo sendero nos llevaría a la cueva de los Contrabandistas, con llegada a Candanchú por el collado de Causiat, pero no es eso lo que queremos, porque también es terreno galo. Hay que buscar el enlace con la terminal de la silla de la Tuca, algo que visualmente alcanzamos en breves. A ella nos acercamos, que está enclavada en otro collado, que nos abre la vista sobre el mundo Tortiellas, con su ibón que quiere y no puede, le vence el estío. Antes de llegar, en la aproximación, nos encontramos viejas señales de pintura rojiblanca, que pertenecen a un marcaje de los bajos setenta, trazando un itinerario que también tenía la vocación de cruzar longitudinalmente la cordillera, pero por pasos más altos, más agrestes, más comprometidos, más exigentes, más cercanos a las altas cumbre, y del que sabemos su existencia, pero no mucho de su recorrido. Éste tiene que enlazar, aporto, con el que nos encontramos subiendo al collado que da paso a Ip, viniendo de Bucuesa. Pero todo se queda en conjeturas.

La terminal de la Tuca a la vista
            Una vez debajo del telesilla, y asumiendo que va a ser compañero de vista y de viaje durante… no sé, hora y media o dos horas, vamos bajando con paciencia. Nos cruzamos con el camino que viene de Candanchú al Aspe, y lo seguimos en descenso. Una vez llegados a la parte alta de la pista de la Rinconada, hay dos opciones, o tirarnos por ella o seguir por la pista sin dejar de dar vista a esta enorme cuenca de Tortiellas hasta el paso del Pastor, para bajar por el Tobazo. Como se nos antoja esta última más larga, bajamos por la Rinconada, comprobando in situ que no hemos tomado la mejor opción, ya que la otra, al ser más larga es más tendida.


            Más de trescientos metros de desnivel tienen la culpa hasta llegar al fondo del valle, que ya cómodamente nos lleva hasta la base de la estación, comprobando en el ínterin las amplias lazadas de la pista del Tobazo, la que hubiera sido mejor solución. Llegamos al coche con las sombras más largas de lo que pensábamos, son más de las siete y media, pero claro, empezando tarde no se puede terminar pronto. Pues eso, prueba superada, 8h 45’, de los que 4h 50’ han sido en movimiento, para recorrer los casi 15 km, con algo más de 1.100 metros de D+ con dos amigos de lujo, en una hermosa mañana pirenaica, por lugares poco visitados.


            El resumen suele ser el final siempre, pero hoy no lo va a ser. Porque después de estar buenos ratos dándole a la cabeza sobre esos marcajes de hace ya cuatro décadas, de por dónde discurrían, de qué unían, de si habrá documentación de todo ello… no se puede pasar por alto el mencionar que en la merecida velada cervecera nos encontramos con nada más y nada menos que con Pablo Alcay, uno de los montañeros cuya generación fue el espejo en el que en nuestros años mozos nos mirábamos, en aquellos lejanos tiempos de J.O., Jesús Obrero, el club donde iniciamos nuestros pasos por las montañas. Pero eso, siendo bueno, no es lo mejor. Lo mejor es que el ínclito fue el que marcó ese itinerario. No es para flipar? Imaginaos el rato que pasamos.
  




sábado, 8 de agosto de 2015

Ibones y pico Anayet, un mundo de hierro

AQUERAS MONTAÑAS
Ibones y pico Anayet
Jueves 6 de agosto de 2015


            Seguimos por los montes de La Jacetania. Hoy ponemos el punto de mira en los ibones de Anayet, con opción de subir al pico. Una nueva jornada, excesiva en lo meteorológico nos aguarda, calor tropical por la noche e infernal por el día. Pero es lo que hay, y lejos de acobardarnos nos enfrentamos a ello tratando de colarnos entre alguno de sus pliegues.



A pesar de haber nuevo trazado
tomamos el viejo
            Ocho y media de la mañana, que aunque a la sombra del aparcamiento de Canalroya, ya pinta maneras. Cruzamos el puente bajo la finca Anglasé y tomamos la pista a la derecha, que antes de adentrarse en el valle sostiene un indicador para advertir al caminante que el ramal del GR 11 que discurre por Izas y el GR 65.3.1 o Camino de Santiago, siguen siendo uno tomando una senda a mano derecha. Nosotros seguimos en el GR 11 por esta variante, que tiene todos los números para quedarse como única.
  
Comienzo del nuevo trazado
al propio tiempo que el de Chiniprés
            Al cabo de media hora, y con el sol inundando ya el valle, surge a mano derecha, también, el PR que sube a Chiniprés, un lugar especial, dominando el codo que hace el río Aragón, desde donde se tiene una panorámica aguas arriba y aguas abajo, extraordinaria. Lo sabemos por otras veces, que hoy no toca. Vemos que por este mismo puente continúa la señalización del GR 11, pero optamos por volver al trazado original, que en su accidentado deambular comprendemos lo acertado de la decisión. Esta margen derecha es más empinada que la izquierda, más expuesta, por tanto, a avalanchas, y por el discurrir del río también más expuesta a sus mordidas en las avenidas. Se vuelve a unir en la cabaña de Lacuás. Seguimos.

Las apresuradas aguas del Canalroya
            El sendero va tomando altura sobre el fondo del barranco, hasta que al cabo de una hora se vuelven a tratar de tú al llegar a la Rinconada. Las aguas, se han ido embraveciendo por el camino, se han ido apresurando, pero aquí están bien pacificadas. Dan vida a un bonito rincón, custodiado por el cordal de Raca, Malacara, Canalroya, Peñablanca, Aneu, Cuyalaret… por la izquierda subiendo. Y por el mundo Anayet a la derecha.

Progresando hacia los ibones
Pequeño repostaje y a encaramarse a los paredones para superar los más de trescientos metros que median hasta ese espléndido plató que aloja a los ibones de Anayet, los grandes, los espectaculares, los más visitados, porque a poniente del pico, en sus faldas también hay otro pequeño grupo de ellos con el mismo nombre. La llegada a este lugar es como siempre ha sido. Su acogida raya lo fantástico. Se deshace en amabilidad, y eso que hay muchos visitantes… pues para todos tiene. Le gusta ser visitado, y se nota. A pesar de ello, denota una cierta tristeza, su lámina de agua está más mermada. Esperemos que sea temporal, debido a esta sequera que padecemos. Mientras todo eso pensamos y comentamos, nuestros pasos siguen enganchados al sendero y nos llevan a asomarnos a la vertiente tensina, al barranco de Culibillas, por donde se alcanza este lugar desde Formigal.


El Midi llena el espacio con su presencia
           Vuelta sobre nuestros pasos. Vuelta a nuestros ibones. Vuelta a encararnos a esos dos pitones volcánicos, el cercano Midi d’Ossau, y el inminente Anayet. Incapaces de describir este singular entorno, hemos pedido ayuda a San Google, que en una de sus millones de páginas nos dice: “… hasta el Circo de la Canal Roya y la cascada de la Rinconada. Caminaremos por los arrecifes devónicos, la orogenia hercínica y el desierto rojo de Pangea, para acabar viendo el antiguo volcán del Anayet. Caminata sencilla por este impresionante valle glaciar…”. Pues eso, que esos depósitos volcánicos que tan artísticamente el tiempo ha ido destripando no hay que dejar de venir a visitarlos.


Llegando al collado
           En poco más de media hora nos presentamos en el collado, ese que separa, o une, según se mire, el vértice del pico. Pero antes de llegar a él, nos sorprende bajando el desparpajo de un chaval, de no más de 10 años, cuando haciéndonos los nuevos le preguntamos que por dónde se sube al pico. Y con una exacta descripción del recorrido nos responde que “… hay que llegar al collado, luego encontraremos un desierto rojo antes de llegar a las cadenas. Y después tenemos la chimenea, que nos llevará a la cima”. Juer con el mozé, no deseamos otra cosa más que le siga la afición y esa capacidad de descripción y de síntesis. Brutal.

Progresando por las cadenas
            Bueno, henos en el collado, donde decide Isidro que alguien tiene que quedarse con las mochilas. Estas cosas, compartidas saben mejor, pero hay que respetar, y al fin y al cabo esto no es nada personal, que es una consecución del grupo. Enfilamos pues con Sara hacia ese desierto rojo, que decía el zagal, que nos deja a los pies de un pequeño tramo de incómoda glera que nos acompaña hasta las cadenas, una travesía horizontal de unas decenas de metros que aseguran nuestros pasos por estas paredes y sus amplios patios. Liberados de nuestras cadenas, volvemos a tener senda bajo nuestros pies hasta llegar a esa chimenea que con cuidado se sube sin mayores dificultades. La mayor de ellas es la cantidad de gente que sube y baja.

Por la chimenea
            Y al salir de las estrecheces de la chimenea, llegamos a las anchuras de la cima. Anchuras visuales, decimos. Anchuras del alma, también. Estremecedora visión sobre todo nuestro entorno. Empiezas a ver montes, valles, horizontes cercanos, lejanos. Un sinfín de placer capaz de acallar cualquier ruido interno, capaz de sofocar cualquier ahogo, capaz de transportarte a mundos sólo alcanzables desde la cima de una montaña. Hoy ha sido ésta. Nuestros caminos, hoy, han confluido.


Desierto rojo de Pangea
Los momentos de éxtasis siempre terminan igual, siempre terminan volviendo a la realidad. Hay que bajar. Chimenea, cadenas, desierto rojo, collado, Isidro… Todos para abajo, el aire es molesto y buscamos un lugar más protegido para echar un bocado. Lo encontramos, y seguimos la bajada, con la esperanza de que sea feliz hasta abajo, con la esperanza de que no nos pase como todas las veces anteriores, que de forma repentina nos quedamos sin hitos y hay que terminar bajando como los jabalíes, pero sin serlo. De dos horas que dura la bajada, la primera es siguiendo los hitos por un sendero visible en ocasiones, en otras no tanto. De la segunda hora, mejor no hablar. Siempre que hemos hecho esta bajada, y han sido unas cuantas, nos ha pasado lo mismo. Siempre que hemos hecho esta bajada se nos ha quedado la misma cara de tonto. Siempre que hemos hecho esta bajada, hemos perdido la traza y hemos tenido que optar por bajar a la brava por empinadas laderas de hierba por las que hay que hacer verdaderos equilibrios.

Echando humo
            Pero como bien está lo que bien termina, finalmente nos topamos con una de las lazadas del PR de Chiniprés, que seguimos hasta el puente que nos pasa a la pista. Abrasados por el sol, el cansancio, y el mal humor que se te pone cuando repetidamente no eres capaz de resolver el mismo conflicto, nos ponemos a remojo en la fuente del Cerezo. Ya sólo nos resta llegar hasta el coche por cómoda pista. Y para resultarnos cómoda una pista…

            Bueno, pues buena vuelta a este volcán sin cráter. Han salido 20,8 km, con 8h 40’ de tiempo total, de los que 6h 25’ han sido en movimiento, con desniveles acumulados en torno a los 1.500 metros. Pa’ chicos no está mal. A pesar de todo, a gusto. Muy a gusto. Pero seguimos teniendo ahí esa espinita… bueno, otro día.








El Castillo de Acher, abierto a los cielos

AQUERAS MONTAÑAS
Castillo de Acher
Miércoles 5 de agosto de 2015



            De nuevo al monte. Esta vez para saldar una vieja deuda que alguno de nosotros tenía desde la entrada a este último invierno, que se nos fue. Entonces, las malas condiciones meteorológicas dificultaron el alcanzar la cumbre a algunos, y se lo impidieron a otros. Pero sin rencor, con la mayor humildad del mundo, aquí estamos en la confianza de que se nos muestre más propicia esta vez y nos ayude a conseguirlo. Tancaro ha de ser.



Progresando por el bosque
            En un verano sorprendido hasta de sí mismo, viendo al mercurio subir en cohete y bajar en paracaídas, aprovechamos uno de esos días de calor para contrarrestar el frío que aún guardábamos en la memoria de la última vez que estuvimos por aquí. Nueve de la mañana. Selva de Oza, siempre entrañable, nunca defrauda. Aquí somos, que dicen los de lo lugar, Sara, Isidro y servidor picapedrero, para unir los destinos de tres personas y un monte en esta nueva jornada montañera.

Nuestro objetivo, a regañadientes
            El esfuerzo por la empinada trocha del bosque se ve compensado por ese deambular por entre viejas hayas y abetos aprovechando siempre el destilar de sus esencias. Varios barrancos hay que cruzar hasta salir de él. Unos barrancos que agonizan, pero que siguen luchando por mantenerse en pie. Prefieren morir de pie que vivir echados. Nuestros mayores ánimos a la espera de nuevas lluvias que los regeneren… y al bosque, y a nosotros, y a todo bicho viviente.

De supervivencia
            Al cabo de una hora larga el bosque se encuentra bien donde está y no quiere seguirnos. Nos despedimos de él hasta la vuelta y seguimos por marcado sendero. Ese bosque, son todos así, sólo te quiere para él, a veces hasta te afoga, pero hay que perdonárselo todo, porque cuando lo dejas te descubre unos horizontes increíbles. La Peña Forca, con su cara más fuerte, más valiente, la que se enfrenta al gran norte, hace ya rato que nos tiene en su radar; los Agüerris también quieren acudir a la fiesta; su hermano mayor, Bisaurín, todo envidiosote él surge también en la línea sur. A poniente, los montes del mundo Acher, Chipeta, Petraficha, Gorreta de Gabachos, Ginebral de Gamueta, Anzotiello, Mallo Acherito, Petrechema, Ansabère, Mesa y Tabla de Tres Reyes… en fin, todo un universo de solitarios montes que inhiestos se aúpan a ver quién puede más.


Canal que nos sube
a la antecima
            Pero nosotros a lo nuestro. Una gran roca, que dejamos a la derecha, nos desvía bruscamente el rumbo, tornando el que traíamos hacia el este, con el de norte, que nos va acercando poco a poco a la pared, hasta que ya nos va subiendo por glera no muy descompuesta, hasta la misma base de una corta y amplia chimenea que obliga a echar las manos, pero sin mayor dificultad. La recompensa a todo ello es la sorprendente vista que nos alcanza. Sí, porque todos sabemos lo que es un valle y una montaña, todos sabemos que el valle está abajo y la montaña arriba, pero en pocos sitios se ve lo contrario. Sí, un extenso y profundo valle colgado encima de esta montaña con salientes al vacío en sus flancos norte y sur, cual almenas de una fortaleza, le dan el nombre. El apellido lo toma de la zona. Castillo de Acher. Aquí estamos para contemplarte y para dejarnos contemplar, para quererte y para dejarnos querer.


Peña Forca, en toda su extensión
            La agradable brisa se convierte en casi molesta ventolera. El bochorno trae genio, y obliga a un nutrido grupo de personas a ponerse al abrigo de él, a darle la espalda, eso es lo que consigue. Un despistado valle de Guarrinza a nuestros pies, y decimos despistado porque no sabemos dónde estaba cuando se repartieron las orientaciones. Éste, al contrario que la mayoría, en lugar de perpendicular al eje pirenaico, es paralelo… él sabrá. A él vierte el barranco de Lo Barcal, que hunde sus entrañas a levante del Castillo. A poniente, Oza, su selva. Y al sur de la cima, ese valle colgado, valle profundo, valle reseco, calizo, lleno de foyas. Y al sur del macizo, el mundo Bisaurín. Describiendo lo más cercano, ahí nos quedamos.

De bajada
            De vuelta, visitamos el garganchón de esa brecha que alberga uno de los accesos, algo más exigente que la vía normal. Y como el gastro no perdona, parada y fonda. Un joven sarrio es pasto de nuestras miradas. Un sarrio que parece cojo, que parece enfermo, solo en la vida. Nuestros mejores deseos. Enfilamos sendero hacia la canal, que bajamos con sumo cuidado. Glera y camino ya más amable hasta el bosque, que nos beneficia con su sombra. Al cruzarnos con la pista, antes del último tramo de trocha, la tomamos para pasarnos por la Corona de los Muertos, que no le sienta bien esto de las fotos. No es la primera vez que tenemos problemas.

            Bueno, y poco más. Casi los 15 km, en 7 horas, de las que 5 han sido en movimiento, con en torno a 1.500 metros de D+. Buen monte, buena compañía, buena jornada.