sábado, 13 de septiembre de 2014

Llena de la Garganta, la eterna segunda

AQUERAS MONTAÑAS
Llena de la Garganta (2.608 m)
Jueves, 11 de septiembre de 2014



            La bella localidad de Aísa encabeza el valle donde se asienta y que lleva su nombre. Un valle que se desparrama en la llamada Solana de Jaca, y que comienza, como casi todos, en un circo, rodeado de altas montañas. Un circo cuya bicefalia le da una singularidad que pocos tienen. Nos estamos refiriendo a los parajes llamados Napazal y Rigüelo, siendo más bien en éste último donde están las fuentes del río Estarrún, que lleva al Aragón las esencias de estos solitarios lugares.

El sol asoma por la Magdalena
            Es un mundo calcáreo que, a lo largo de siglos y milenios, se ha dejado acariciar, y no sólo acariciar, sino modelar, por las aguas que riegan este bello rincón pirenaico, dejándonos una zona kárstica de singular importancia geológica. El devenir de la orogénesis pirenaica ha colocado una corona en la cabecera de este valle. Y esa corona tiene varias perlas, pero tres de ellas destacan sobre las demás. Son el tridente Aspe y las Llenas de la Garganta y del Bozo, una alineación este-oeste que si ya es abrupta en su cara sur, abierta al mediodía, lo es mucho más en su vertiente norte, que ya se asoma hacia ese septentrión húmedo, vegetado, atlántico, que es el valle del Aspe.

Recién superado el embudo
            La historia de hoy comienza con una convocatoria con 24 horas de tiempo, que también está bien. Son propuestas que no se deben rechazar. Y ahí estamos claro. Tres somos los que nos dejamos seducir por la hermana mediana de esta pétrea familia. Tres josemaris en acción, que antes de las nueve de la mañana ya estamos abriendo la puerta de esa valla para acceder a Saleras, desde donde partimos hoy. Un Saleras seco, lánguido, que en dos semanas se ha visto privado de su frescura, y que acoge a un recién nacido río con dificultades para crecer, un río que en otras ocasiones nos hemos visto negros para cruzar, y que ahora se muestra de lo más dócil.

            Las primeras luces de la mañana se nos han venido echando encima a partir ya de Aísa, y ahora es el sol el que quiere tomar su protagonismo como rey del firmamento. Un sol que se levanta vigoroso, con vocación de no perdernos de vista ya en todo el día. Un sol que se va a aburrir y que se va a cebar con nosotros.


Progresando
            Los primeros compases de esta partitura son comunes a los de la sinfonía del Aspe, concretamente hasta bien subido el llamado embudo, que acometemos con la misma paciencia que hemos de tener toda la jornada en este sube piedras sin parar. La gran mole de lomo caído nos ve llegar y se crece. Cuanto más cerca, más crecida. Dejamos que el camino del Aspe se vaya por la derecha, y nos metemos en un mundo de seres de piedra, inanimados en apariencia, que el agua de los siglos nos ha ido dejando con curiosas formas, redondeadas unas y en forma de afilados cuchillos otras, que hacen extremar la atención para evitar que te engullan. Una roca que se muestra blanda con el agua y dura con las gentes que por aquí venimos, aunque sea para admirarla.

La espuma del mar de piedras
            Una hora de entretenido deambular por este mar de piedras y alcanzamos la base de la muralla, cuyas faldas se descomponen en una extensa glera cuya inclinación le impide fijar un sendero estable. Aprovechamos todo lo más que puede hacer por nosotros, dando término en la base de una corta chimenea donde hay que echar las manos para progresar. A partir de aquí, un cuarto de hora de dulce pisar por suelo mixto de roca y tasca que nos sube hasta la cima, y que nos permite asomarnos a los abismos norteños de este macizo. A nuestros pies, un extraordinario valle colgado que desemboca en la chorrota del Aspe hace las delicias visuales, por nombrar algo cercano.

Collarada, Lecherines, Rigüelo, Magdalena
            Aspe y Llena del Bozo se alinean a uno y otro lado. El resto del circo lo componen el pico y punta Napazal, Bozo, Petrito, Mesola y Cucuruzuelo por el oeste. Y por el este, lo que queda  de la Muralla de Borau, Sombrero, Lecherines, con los pies en la cuenca del Aragón, Rigüelo y la Magdalena. Y que me perdonen los que no nombramos. Estamos en la mayor altura de todos ellos, sólo superado por el Aspe. Estamos en un macizo donde el Pirineo, que nace en el Cantábrico, comienza a hacerse adulto, asistiendo a la mayoría de edad de una cordillera que comienza arrastras, sigue de rodillas, y por aquí amenaza con levantarse… y lo consigue. Tras el Bisaurín, es el pico siguiente al filo de los 2.600 metros, que nos encontramos en una cordillera que va decididamente en busca de esa mítica altura de los tres mil metros.

Tras el repaso a la estadística, y a los montes que la encarnan, y mal que nos pese, no queda otra que dejar por aquí tranquilos a estos gigantes de piedra que hagan su labor, y tomar el camino de vuelta, que al hacerlo por el mismo itinerario hemos de ir deshaciendo detalladamente, paso a paso, todo lo hecho en la subida, contabilizando en total 10,3 km, en 6h 45’, de los que 4h han sido en movimiento, para salvar un desnivel de 1.137 metros, haciendo casi 1.200 acumulados. Bien, pa’ chicos ya vale.




Las fotos, en:


El trac, en:

6 comentarios:

  1. No paráis. Con tan buen tiempo y compañía da penita no haberlo hecho... todavia.... Ánimo que por lo menos disfrutamos viendo vuestras marchas.

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    1. Gracias Isidro. Seguro que habrá más ocasiones.

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  2. qué bonito día y pico!, para otra vez, porque además lo tenemos tan cerca que merece varias visitas

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    1. Es cuestión de proponérselo. Gracias, Cacatúa.

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  3. Estupendo día, buena compañía y charla y excelente narrador.

    Un abrazo Chema

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    1. Gracias tocayo. Comparto lo del día y la compañía. Un abrazo para ti.

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